ESTUDIOS SOBRE SAN JUAN: Lecciones 1 a 33

Lección nº 1:
EL VERBO DIVINO (I)
Juan 1: 1-18

La Palabra divina
Juan 1: 1-2
Debemos entender Verbo como la Palabra…La gran idea de Juan es que Jesús es la Palabra creadora, vivificadora e iluminadora de Dios, y la Razón de Dios que sostiene el mundo, que ha venido a la Tierra en forma humana y corporal.
Aquí, al principio, Juan dice tres cosas acerca de la Palabra, es decir, acerca de Jesús.
-La Palabra ya estaba allí en el mismo principio de todas las cosas; es parte de la eternidad y estaba con Dios antes que empezaran el tiempo y el universo.
Si la Palabra estaba con Dios antes que empezara el tiempo, esto quiere decir que Dios ha sido siempre como Jesús.
Dios siempre ha sido, y es, y será como Jesús. Pero la humanidad no lo podía saber ni se podía dar cuenta hasta que vino Jesús.
-Juan sigue diciendo que la Palabra estaba con Dios. Siempre ha habido la más íntima conexión entre Jesús y Dios. Eso quiere decir que nadie nos puede decir cómo es Dios, cuál es la voluntad de Dios para nosotros, cómo son el amor y el corazón y la Mente de Dios nada más que Jesús.
-Por último, Juan nos dice que la Palabra era Dios. El griego, la lengua en que escribió Juan, tiene una manera de decir las cosas que es diferente del español. Cuando Juan dijo que la Palabra era
Dios, no estaba diciendo que Jesús es el mismo que Dios, sino que Jesús es lo mismo que Dios.
Así pues, al principio mismo de su evangelio Juan asegura que en Jesús, y sólo en Él, se ha revelado perfectamente a la humanidad todo lo que Dios ha sido siempre y siempre será, y todo lo que siente sobre los hombres y desea para ellos.

El Creador de todas las cosas, la Vida y la Luz
Juan 1: 3-5
En los tiempos de Juan se habían extendido mucho creencias erradas que amenazaban la sana doctrina… Por eso Juan destaca la obra de Jesús en la creación. De hecho, la relación de Jesús con la creación es algo que se repite en el Nuevo Testamento (Colosenses 1:16; 1 Corintios 8: 6; Hebreos 1: 2)
El Cristianismo siempre ha creído en lo que se llama la creación partiendo de la nada. Nuestra fe es que detrás de todo está Dios, y sólo Él y Dios está íntimamente comprometido con el mundo; lo que no está como es debido en el mundo se debe al pecado humano y cree que Cristo fue colaborador de Dios cuando el mundo fue creado… En Jesús Dios está tratando de recuperar algo que fue siempre suyo.
Vida y luz son dos de las grandes palabras básicas sobre las que se construye el Evangelio de Juan; empieza y termina con la vida (20:31).
En el evangelio la palabra vida (zóé) aparece más de treinta y cinco veces, y el verbo vivir o tener vida (zén) más de quince. Así pues, ¿qué es lo que quiere decir Juan con vida?
Es la voluntad del Padre que envió a Jesús que todos los que le ven y creen en Él tengan vida (6:40). Jesús da la vida a todos los que el Padre le ha dado (17:2).
Una y otra vez el Evangelio usa la frase vida eterna. La palabra que usa Juan para eterna es aiónios, es el adjetivo que se usa a menudo para describir a Dios; por tanto, vida eterna es la vida de Dios. Lo que Jesús nos ofrece de Dios es la misma vida de Dios.
Cuando vino Jesús ofreciendo a los hombres la vida eterna, estaba invitando a todo el mundo a entrar en la misma vida de Dios.
Luz aparece en el Cuarto Evangelio nada menos que veintiuna veces. Juan afirma que Jesús es la luz de los hombres. Cuando Jesús amanece en la vida de una persona, viene la luz. Uno de los miedos más antiguos del mundo es el miedo a la oscuridad.
- La luz que trae Jesús es una luz reveladora, que muestra cómo son las cosas en su verdadero carácter y en su valor real. Nunca vemos cómo son nuestras vidas hasta que las vemos a la luz de Jesús.
-La luz que trae Jesús es una luz que guía. El que no tiene esa luz anda en tinieblas y no sabe adónde va (12:36). Cuando uno recibe esa luz y cree en ella, ya no anda en tinieblas (12:46). Sin Jesús somos como los que van a tientas por una carretera desconocida en un apagón. Con Él, el camino es claro.
Para Juan La luz brilla en la oscuridad, que, por mucho que lo intente, no puede extinguirla. El hombre pecador ama la oscuridad y odia la luz, porque la luz descubre demasiadas cosas.
Pero hay un poder en Jesús que es invencible. La oscuridad le puede odiar, pero nunca se librará de Él… Jesús vino con su luz para que los hombres no tuvieran que vivir en la oscuridad (12:46).

El testigo
Juan 1: 6-8
Juan el Bautista era una voz profética; hacía cuatrocientos años que no se había escuchado la voz de la profecía, y en Juan volvió a resonar.
Juan tiene cuidado de especificar que el lugar de Juan el Bautista en el plan de Dios era alto, pero subordinado al lugar de Cristo. Aquí especifica que Juan no era la luz, sino solamente un testigo de la luz (1:8).
En alguna parte de la Iglesia había un grupo de personas que querían darle a Juan el Bautista una importancia excesiva.
Es más importante fijarnos en que en este pasaje encontramos otra de las grandes palabras clave del
Evangelio: la palabra testigo. Juan nos presenta un testigo tras otro del supremo puesto que corresponde a Jesucristo…
Juan dio testimonio de haber visto descender sobre Jesús al Espíritu Santo. Aquél en el que culminaba el testimonio de los profetas fue el que dio testimonio de Jesús como aquél al que señalaban con su testimonio todos los profetas…

Luz para todos y rechazo
Juan 1: 9-11
Aquí Juan usa una palabra muy significativa para describir a Jesús: dice que Jesús era la luz real (aléthés, que quiere decir verdadero como opuesto a falso)… Sólo Jesús es la luz genuina, la luz real que guía a las personas en su camino.
Su venida disipó las sombras de la duda, las sombras de la desesperación y las tinieblas de la muerte. Gracias a Jesús la amargura de la muerte puede haber pasado para todos los seres humanos… Por eso Jesús es la luz que alumbra a todas las personas que vienen a este mundo… Sólo el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo tiene un corazón suficientemente grande para albergar a todo el mundo.
La Palabra creadora y dinámica de Dios había hecho que el mundo llegara a existir al principio; y desde entonces siempre había sido la Palabra, la Razón de Dios, que ha mantenido el universo como un conjunto ordenado y al ser humano como una persona racional. Si la humanidad hubiera tenido sentido para verle, siempre se le hubiera podido reconocer en el universo (Romanos 1:19-20).
Pero, aunque la acción de la Palabra estaba a la vista de todo el mundo, la humanidad no la reconoció nunca.
Juan dice que la Palabra vino a su propio hogar, pero los suyos no le dieron la bienvenida.
Vino a Palestina, que era la tierra de Dios en un sentido especial, y a los judíos, que eran el pueblo escogido de Dios (Zacarías 2:12; Oseas 9: 3; Jeremías 2:7; 16:18; Éxodo 19:5; Salmo 135:4)…
Era de esperar que aquella nación le hubiera recibido con los brazos abiertos como a un rey que llegara a su nación... Pero le rechazaron. Le recibieron con odio en vez de con adoración.
Aquí tenemos la tragedia de un pueblo que había sido elegido y preparado para una tarea, y que se negó a cumplirla.
Es terriblemente patético lo que se dice aquí: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”… Eso le sucedió a Jesús hace mucho... y le sigue sucediendo en el corazón de muchos hombres hoy en día.




Lección nº 2:
EL VERBO DIVINO (II)
Juan 1: 12-14

Hijos de Dios
Juan 1: 12-13
No todos rechazaron a Jesús cuando vino; hubo algunos que sí le recibieron y a esos les dio Jesús el derecho de llegar a ser hijos de Dios.
Hay un sentido en el que una persona no es hija de Dios por naturaleza, sino que tiene que llegar a serlo.
Hay hijos que siempre son conscientes de lo que sus padres han hecho y hacen por ellos, y aprovechan todas las oportunidades que se les presentan para demostrarles su agradecimiento y tratar de ser la clase de hijos que sus padres querían que fueran. Estos llegan a ser hijos de una manera que otros no alcanzan. Sólo algunos llegan a ser hijos de Dios con la profundidad e intimidad de la verdadera relación entre Padre e hijos.
Juan proclama que sólo podemos entrar en esa relación real y verdadera de hijos con Dios por medio de
Jesucristo. Esta condición de hijos no es el resultado de ningún impulso o deseo humano, ni de ningún acto de la voluntad humana; procede exclusivamente de Dios.
Pero esto tiene también su lado humano. Lo que Dios ofrece, el hombre se lo tiene que apropiar. Puede que un padre humano le ofrezca a su hijo su amor, su consejo y su amistad, y que el hijo no los acepte y siga su propio camino. Así sucede con Dios: El nos ofrece el derecho de llegar a ser hijos, pero no nos obliga a aceptarlo.
Como lo aceptamos es creyendo en el nombre de Jesucristo. ¿Qué quiere decir eso? Es confiar en el nombre de Jesús, poniendo nuestra confianza en lo que Él es: la gran doctrina central de Juan es que en Jesús vemos la misma mente de Dios, su actitud para con los hombres. Si de veras creemos eso, entonces también creemos que Dios es como le vemos en Jesús: tan amable y amoroso como era Jesús. Creer en el nombre de Jesús es creer que Dios es como Él; y es sólo cuando; creemos eso cuando podemos someternos a Dios y llegar a ser sus hijos.
Es lo que es Jesús lo que nos abre la posibilidad de llegar a ser hijos de Dios.

La Palabra hecha carne
Juan 1:14
Aquí llegamos a la afirmación en la que se resume todo el tema que Juan desarrolla en su evangelio. Ha
meditado y escrito acerca de la Palabra de Dios, esa Palabra poderosa, creadora y dinámica, que fue el Agente de la creación; esa Palabra guiadora, directora, controladora, que pone orden en el universo y en la mente humana.
Y ahora dice la cosa más sorprendente y maravillosa de todas: «Esta Palabra se ha hecho una Persona que hemos visto con nuestros propios ojos.» La palabra que usa Juan para ver es theasthai; aparece en el Nuevo Testamento más de veinte veces, y siempre refiriéndose a la vista física. No se trata de una visión espiritual que se percibe con los ojos del alma o de la mente. Juan declara que la Palabra vino de hecho a la Tierra en forma humana.
Aquí es donde Juan se remonta por encima de todos los pensamientos anteriores. Esto es algo totalmente nuevo que Juan introdujo en el mundo griego al que dirige su libro.
Para los griegos esto era algo completamente imposible. El que Dios pudiera asumir un cuerpo era algo que no se les podía ocurrir ni soñar. Para los griegos, el cuerpo era un mal, una prisión en la que el alma estaba enajenada, o una tumba en la que estaba confinado el espíritu.
Y de pronto aparece una novedad totalmente sorprendente: que Dios pudiera y estuviera dispuesto a llegar a ser una persona humana y entrar en esta vida que nosotros vivimos, que la eternidad pudiera aparecer en el tiempo, que el Creador pudiera aparecer en la creación de tal manera que los ojos humanos de hecho le pudieran ver.
Bien puede pasar que a veces estemos tan preocupados por conservar la verdad de que Jesús era plenamente divino que tendamos a olvidar el hecho de que era absolutamente humano. La Palabra se hizo carne; aquí, mejor que en ningún otro pasaje del Nuevo Testamento, se proclama gloriosamente la plena humanidad de Jesús.
Podemos decir que Jesús nos mostró cómo viviría Dios esta vida que vivimos nosotros y, por tanto, que Jesús nos ha mostrado cómo quiere Dios que la vivamos.

Tres grandes conceptos
Juan 1: 14 (continuación)
Ya hemos visto que hay algunas grandes palabras que le bullen a Juan en la mente y dominan su pensamiento y son los temas con los que se elabora todo su mensaje. Aquí tenemos otras tres de esas palabras:

-La primera es gracia. Esta palabra contiene siempre dos ideas básicas.
a) Siempre incluye la idea de algo que es totalmente inmerecido, que no podríamos nunca ganarnos o conseguir por nosotros mismos.
b) Siempre incluye la idea de belleza. En griego moderno quiere decir encanto. En Jesús vemos el atractivo irresistible de Dios; en Jesús nos encontramos con la sencilla amabilidad de Dios.

-La segunda es verdad. Esta palabra es una de las notas dominantes del Cuarto Evangelio.
a) Jesús es la encarnación de la verdad. Él dijo: “Yo soy la verdad” (14:6). Para ver la verdad tenemos que mirar a Jesús y decir: “¡Así es como es Dios!”. Jesús no vino para hablar de Dios, sino para mostrar cómo es Dios, para que la persona más sencilla pudiera conocerle tan íntimamente como el más grande de los filósofos.
b) Jesús es el comunicador de la verdad. Les dijo a sus discípulos que, si seguían con Él, conocerían la verdad (8:31). Le dijo a Pilato que el objeto de su venida a este mundo había sido dar testimonio de la verdad (18:37)
c) Aunque Jesús ya no está corporalmente en la Tierra, nos ha dejado su Espíritu para que nos guíe a toda la verdad. Su Espíritu es el Espíritu de la verdad (14:17; 15:26; 16:13)… Todavía hoy podemos preguntarle a Jesús lo que tenemos que hacer, porque su Espíritu está con nosotros en cada paso del camino.
d) La verdad es lo que nos hace libres (8:32). Siempre hay un cierto poder libertador en la verdad.
La verdad que Jesús nos libera de la frustración, de nuestros temores y debilidades y derrotas. Jesucristo es el mayor libertador del mundo.
e) La verdad puede causar resentimiento. Hubo quienes trataron de matar a Jesús porque les había dicho la verdad (8:40).
f) La verdad se puede rechazar (8:45); a veces porque es demasiado buena para ser verdad, o porque se está demasiado ligado a medias verdades de las que no se puede soltar.
g) La verdad no es nada abstracto, sino algo que hay que hacer (3:21). Es algo que hay que conocer con la mente, aceptar con el corazón y poner por obra en la vida.

-La tercera es gloria. Una y otra vez Juan la usa en relación con Jesucristo.
La vida de Jesucristo fue una manifestación de gloria. Cuando realizó el milagro del agua hecha vino en Caná de Galilea, Juan dice que Jesús manifestó su gloria (2:11).
La gloria que Jesús manifiesta es la gloria de Dios. Él no buscaba su propia gloria, sino la del que le había enviado (7:18). La gloria que estaba en Jesús es la gloria de Dios. Y sin embargo, esa gloria le era exclusiva… Y esa gloria que es suya es la que ha transmitido a sus discípulos (17:22).
Es como si Jesús participara de la gloria de Dios, y sus discípulos participaran de la gloria de Cristo.
En el Antiguo Testamento la gloria del Señor aparecía a veces en situaciones cuando el Señor estaba muy cerca.
La gloria del Señor quiere decir sencillamente la presencia de Dios.
Cuando Jesús vino al mundo se vio en Él la presencia maravillosa de Dios, y esa maravilla era su amor.
Juan vio que la gloria de Dios y el amor de Dios eran una y la misma cosa.




Lección nº 3:
JESÚS: PRIMERO Y ÚNICO
Juan 1:15-18

Plenitud y Gracia
Juan 1: 15-17
Juan empieza este pasaje con el testimonio de Juan el Bautista, en el que le reconoce a Jesús el primer lugar.
Juan el Bautista dice de Jesús: “El que viene detrás de mí era antes que yo”. Puede que Juan esté pensando en términos profundos, no en términos del tiempo, sino de la eternidad; que Jesús existía antes que empezara el mundo, en comparación con el cual cualquier figura humana no tiene la menor importancia. Para Juan, el puesto supremo le correspondía a Jesús, aunque muchos le habían dado a él mismo una importancia excesiva…
Este pasaje continúa diciéndonos tres grandes cosas acerca de Jesús.
a) “De su plenitud es de donde hemos extraído todos”. La palabra que usa Juan para plenitud es una gran palabra: pléróma, que quiere decir la suma total de todo lo que hay en Dios (Colosenses 1:19; 2:9). Quería decir que en Jesús moraba la totalidad de la sabiduría, el poder y el amor de Dios. Por eso Jesús es inagotable. Una persona puede acudir a Jesús con cualquier necesidad, y encontrarla suplida; o con cualquier ideal, y encontrarlo realizado.
En Jesús, el pléróma, la plenitud de Dios, todo lo que hay en Dios, está a disposición de la humanidad.
b) “De Él hemos recibido una gracia tras otra”. En el original griego dice literalmente gracia en lugar de gracia.
¿Qué quiere decir esa extraña frase?
Tal vez debamos entender esta expresión literalmente. En Cristo encontramos gracia en vez de gracia. Las diferentes edades y situaciones de la vida requieren una clase diferente de gracia. Necesitamos una gracia en los días de prosperidad, y otra en los días de adversidad. Necesitamos una gracia en los días primaverales de la juventud, y otra cuando se empiezan a dilatar las sombras de la edad. Así también a Iglesia en distintas circunstancias y momentos…
Cuando una necesidad invade la vida, una gracia la acompaña. Pasa esa necesidad y otra nos asalta, y con ella viene otra gracia. A lo largo de toda la vida estamos constantemente recibiendo gracia en lugar de gracia, porque la gracia de Cristo es adecuada para resolver triunfalmente cualquier situación.
c) Moisés nos dio la Ley, pero la gracia y la verdad nos vinieron por medio de Jesucristo. En la antigüedad, la vida estaba gobernada por la ley. Pero, con la venida de Jesús, ya no tratamos de obedecer la ley de Dios como esclavos, sino de responder al amor de Dios como hijos. Mediante Jesucristo, Dios el Legislador aparece como Dios nuestro Padre, el Dios Juez es el Dios que ama a todas las almas.

El Único que ha visto a Dios
Juan 1: 18
Cuando Juan escribió que nadie ha visto nunca a Dios, todos sus contemporáneos estarían totalmente de acuerdo con él. Estaban fascinados y deprimidos y frustrados por lo que consideraban la distancia infinita y el absoluto desconocimiento de Dios.
En el Antiguo Testamento leemos que Dios le dijo a Moisés: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:20). Cuando Moisés le recuerda al pueblo la promulgación de la Ley, les dice: “Oísteis el sonido de palabras, pero no visteis ninguna forma; no había más que una voz” (Deuteronomio 4:12). En el Antiguo Testamento nadie creía que se pudiera ver a Dios. Los grandes pensadores griegos pensaban lo mismo:
Jenófanes dijo: “Todo son suposiciones”; Platón dijo: “Nunca se podrán encontrar Dios y el hombre”. Celso se reía de la manera como los cristianos llamaban a Dios "Padre", porque “Dios está más allá de todo”. “Como mucho”, dijo Apuleyo, “la humanidad puede percibir un vislumbre de Dios como cuando resplandece un relámpago en una noche oscura: una fracción de segundo, y otra vez la oscuridad”. Como dijo Glover: “Fuera Dios lo que fuera, estaba muy fuera del alcance de la gente normal y corriente”...
Tal vez hubiera rarísimos momentos de éxtasis en los que alguien captaba un atisbo del que llamaban «el Ser Absoluto»; pero las personas ordinarias eran prisioneras de la ignorancia y de la fantasía.
No habría nadie que estuviera en desacuerdo con Juan cuando dijo que a Dios no le ha visto nunca nadie, Pero Juan no se detiene ahí; pasa a hacer la sorprenden y tremenda afirmación de que Jesús nos ha revelado totalmente cómo es Dios.
Aquí vuelve a resonar la nota clave del evangelio de Juan: “Si queréis ver cómo es Dios, mirad a Jesús”.
¿Cómo es posible que Jesús pueda hacer lo que ningún otro ha podido? ¿De qué depende su poder para revelar a Dios a la humanidad?

Juan dice tres cosas acerca de Él.
a)Jesús es único. La palabra griega es monoguenés, que la versión Reina-Valera traduce como unigénito.
Es obvio que un hijo único tiene un lugar exclusivo y un amor exclusivo en el corazón de su padre; así es que esta palabra llegó a expresar la unicidad más que ninguna otra cosa. Es la convicción del Nuevo Testamento que, no hay nadie como Jesús. Sólo Él puede traer a Dios a la humanidad, y a la humanidad a Dios.
b)Jesús es Dios. Aquí tenemos la misma forma de expresión que encontramos en el versículo primero de este capítulo. No quiere decir que Jesús es idéntico a Dios, sino que es uno con Dios en mente, carácter y ser… Verle a Él es ver cómo es Dios.
c)Jesús está en el seno del Padre. Esta es una expresión hebrea que quiere decir en la más íntima relación que puede darse. Hace referencia al niño con su madre; también se usa entre marido y mujer; un hombre habla de su esposa como la mujer de su seno (Números 11:12; Deuteronomio 13:6); se usa de dos amigos que están en plena comunión mutua. Cuando Juan usa esta frase aquí quiere decir que entre Jesús y el Padre existe la más completa e ininterrumpida intimidad.
Precisamente porque Jesús tiene y mantiene esa intimidad con Dios, que le hace ser Uno con Dios, es por lo que puede revelar a Dios a la humanidad.
El Dios distante, incognoscible, invisible e inasequible ha venido al mundo en Jesucristo, y ya no puede ser un extraño para nosotros.




Lección nº 4:
EL TESTIMONIO DE JUAN EL BAUTISTA
Juan 1:19-28

Introducción
Juan empieza la parte narrativa de su evangelio con este pasaje. Ya nos ha presentado en el prólogo lo- que se propone hacer: está escribiendo su evangelio para demostrar que Jesús es la Mente, la Razón, la Palabra de Dios Que ha venido a este mundo como una Persona humana. Una vez que ha expuesto su idea central, ahora empieza la historia de la vida de Jesús.
Juan es el evangelista que más cuidado pone en los detalles del tiempo. Empezando en este pasaje y prosiguiendo hasta 2:11 nos cuenta paso a paso la historia de la primera semana clave de la vida pública de Jesús. Los sucesos del primer día se encuentran en 1:19-28; la historia del segundo día, en 1:29-34; el tercer día se desarrolla en 1:35-39; los tres versículos 1:40-42 nos cuentan la historia del cuarto día; los acontecimientos del quinto día se relatan en 1:43-51; el sexto día queda en blanco, y los acontecimientos del último día de la semana se encuentran en 2:1-11.
En esta misma sección de 1:19 a 2:11, el Cuarto Evangelio nos da tres clases diferentes de testimonio de la grandeza y unicidad de Jesús:
a) Está el testimonio de Juan el Bautista (1:19-34)
b) Está el testimonio de los que aceptaron a Jesús como Maestro y se enrolaron como sus discípulos (1:41-51)
c) Está el testimonio de los poderes maravillosos de Jesús (2:1-11).

Juan el Bautista es interrogado ¿quién eres?
Juan 1: 19-23
Son emisarios de los judíos los que vienen a interrogar a Juan. La palabra judíos (iudaioi) aparece en este evangelio no menos de setenta veces, y los judíos están siempre en la oposición. Son los que se habían organizado contra Jesús.
Juan representa dos cosas: la primera, como hemos visto, es la exhibición de Dios en Jesucristo; pero la segunda es la historia del rechazamiento de Jesucristo por los judíos, la historia del ofrecimiento de Dios y del rechazamiento del hombre, del amor de Dios y del pecado humano, de la invitación de Jesucristo y el rechazo del hombre.
La diputación que vino a entrevistar a Juan estaba formada por dos clases de personas:
a) Primeramente, había sacerdotes y levitas; su interés era muy natural, porque Juan era hijo de Zacarías, que era sacerdote (Lucas 1:5). En el judaísmo, la única cualificación necesaria para ser sacerdote era la ascendencia. Si uno no era descendiente de Aarón, no tenía posibilidad de ser sacerdote; pero, si lo era, nada se lo podía impedir, salvo ciertos defectos físicos que la Ley especificaba. Por tanto, para las autoridades Juan el Bautista era de hecho sacerdote, y era muy natural que los sacerdotes quisieran descubrir por qué se estaba comportando de una manera tan extraña.
b) En segundo lugar, había emisarios de los fariseos. Es muy posible que detrás de todo esto estuviera el Sanedrín. Juan era un predicador que atraía a las multitudes. Una de las funciones del Sanedrín era encargarse de cualquiera que fuera sospechoso de ser un falso profeta. El Sanedrín puede que se considerara obligado a comprobar si ese era el caso de Juan.
Juan no se ajustaba a la idea generalmente aceptada de un sacerdote. Ni tampoco de la de un predicador. Por tanto, las autoridades eclesiásticas miraban con sospecha.

Los emisarios de la ortodoxia, podían pensar en tres cosas que Juan tal vez pretendiera ser:
a) Le preguntaron si era el Mesías. Los judíos estaban esperando, y todavía siguen esperando los que no son cristianos, al Mesías. No había una sola idea del Mesías. Algunos esperaban al que había de traer la, paz a toda la Tierra. Otros esperaban al que había de traer el reinado de la justicia. La mayor parte esperaba un gran héroe nacional que guiara a los ejércitos judíos a la conquista de todo el mundo.
Era frecuente que surgieran supuestos Mesías que provocaban rebeliones. El tiempo de Jesús era especialmente inflamable. Era natural que le preguntaran a Juan si pretendía ser el Mesías… Juan rechazó de plano la sugerencia.
b) Le preguntaron si era Elías. Los judíos creían que, antes que viniera el Mesías, volvería a la Tierra Elías para ser su heraldo y preparar al mundo para recibirle. Especialmente, vendría para resolver todas las disputas. Decidiría quiénes eran judíos y quiénes no lo eran; reuniría las familias que estaban enemistadas. Los judíos creían estas cosas hasta tal punto que la ley tradicional decía que el dinero y las propiedades que estaban en litigio, o las cosas que se hubieran encontrado y no se supiera de quién eran, debían esperar “hasta que viniera Elías”. La creencia en la venida de Elías antes que el Mesías se remonta a Malaquías 4:5. Hasta se creía que Elías ungiría al Mesías como rey a la manera tradicional, y que resucitaría a los muertos para que participaran del Reinado Mesiánico; pero Juan dijo que esos honores no le correspondían a él.
c) Le preguntaron si era el Profeta prometido y esperado. Se creía que Isaías, o más bien Jeremías, volvería cuando viniera el Mesías. Esta creencia se remontaba a la seguridad que Moisés le dio al pueblo en Deuteronomio 18:15: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo; te levantará el Señor tu Dios; a él oiréis.» Era una promesa qué no olvidaba ningún judío. Esperaban y anhelaban que surgiera el Profeta que sería el más grande de todos… Pero Juan rechazó también la idea de que le correspondiera ese honor.
Así que le preguntaron quién era, y su respuesta fue que no era nada más que una voz que llamaba al pueblo a preparar el camino para la venida del Rey… (Isaías 40:3; los cuatro evangelios la citan Marcos 1:3; Mateo 3: 3; y Lucas 3:4).

¿Por qué bautizas?
Juan 1: 24-26
Juan era lo que debiera ser todo verdadero predicador y maestro: sólo una voz, un indicador que señala al Rey. Lo que menos le interesaba era que le miraran a él; quería que le olvidaran y que no vieran nada más que al Rey.
Pero los fariseos estaban alucinados con una idea: ¿Qué derecho tenía Juan para bautizar? Si hubiera sido el Mesías, o Elías o el Profeta, habría sido normal… Pero, ¿por qué había de bautizar Juan?
Lo que hacía el gesto aún más extraño era que el bautismo que se practicaba entonces no era para los israelitas, sino para los prosélitos, los que procedían de otros pueblos y religiones y se convertían a la fe de Israel. A un israelita no se le bautizaba nunca; ya pertenecía al pueblo de Dios por ser descendiente de Abraham y haber sido circuncidado… Juan estaba haciendo con los israelitas lo que sólo había necesidad de hacer con los gentiles: Estaba sugiriendo que el pueblo escogido tenía que ser limpiado. Eso era de hecho lo que Juan creía; pero no contestó directamente.
Dijo: “Yo no bautizo más que con agua; pero hay Uno entre vosotros, aunque no le reconocéis, del que no merezco ni desatar la correa de los zapatos...” Juan no podía haber mencionado nada más servil: el desatar la correa de las sandalias era obligación de los esclavos. Había un dicho rabínico en el que se decía que un discípulo debería estar dispuesto a hacer todo lo que fuera por su maestro excepto únicamente desatarle las sandalias. Eso era un servicio demasiado humillante aun para que se lo hiciera un discípulo a su maestro. Hemos de suponer que para entonces ya había, tenido lugar el bautismo de Jesús, cuando Juan le reconoció. Así es que Juan está diciendo otra vez: “Viene el Rey. Para recibirle como es debido tenéis que limpiaros lo mismo que los gentiles. Preparaos para la entrada del Rey en la Historia”.
La misión de Juan era solamente preparar el camino. La grandeza que le correspondiera procedía de la suprema grandeza de Aquel cuya venida anunciaba.
Es el gran ejemplo de todos los que están dispuestos a empequeñecerse para que se vea a Jesucristo.




Lección nº 5:
EL CORDERO DE DIOS
Y LA MANIFESTACIÓN DEL ESPIRITU DIVINO
Juan 1: 29-34

El Cordero de Dios
Juan 1: 29-31
Con esto llegamos al segundo día de aquella semana clave de la vida de Jesús. Ya entonces habrían tenido lugar el bautismo y las tentaciones de Jesús, que estaría a punto de iniciar la labor para la que había venido al mundo. De nuevo nos introduce el Cuarto Evangelio a Juan presentando espontáneamente a Jesús al pueblo con el máximo respeto. Lo presenta como El Cordero de Dios.
¿Qué tenía Juan en mente cuando pronunció ese título?
a) Es probable que Juan estuviera pensando en el cordero pascual. La fiesta de la Pascua estaba bastante próxima (Juan 2:13). La antigua historia de la Pascua decía que fue la sangre de un cordero inmolado la que protegió las casas de los israelitas la noche que salieron huyendo de Egipto (Éxodo 12: I 1-13). Aquella noche, cuando el ángel de la muerte iba a pasar matando a los hijos mayores de los egipcios, los israelitas tuvieron que untar los lados de sus puertas con la sangre de un cordero inmolado para que, cuando la viera el ángel, pasara de largo. La sangre del cordero pascual los libró de la destrucción… Puede que Juan estuviera pensando: “Ahí tenéis al único sacrificio que os puede librar de la muerte eterna”.
Pablo igualmente se refirió a Jesús como el Cordero Pascual (1 Corintios 5: 7). Hay una liberación que sólo Jesucristo puede ganar para nosotros.
b) Juan era hijo de sacerdote, y conocería todo el ritual del templo y de los sacrificios. Todas las mañanas y todas las tardes se sacrificaba en el templo un cordero por los pecados del pueblo (Éxodo 29:38-42). Mientras el templo estuvo en pie se hicieron estos sacrificios. Aun cuando la gente se moría de hambre en la guerra y el asedio, nunca se omitieron esos sacrificios hasta que el templo fue destruido totalmente el año 70 d.C. Puede que Juan quisiera decir: “En Jesús está el único sacrificio que puede librar al mundo del pecado”.
c) Hay dos grandes figuras del cordero en los profetas (Jeremías 11:19; Isaías 53:7). Ambos grandes profetas contemplaron proféticamente al que, con sus sufrimientos y sacrificio soportados humilde y amorosamente, redimiría a Su pueblo. Tal vez Juan estaba pensando: “Ése es el que ha venido”.
Es indiscutiblemente cierto que, en tiempos posteriores, la profecía de Isaías 53 llegó a ser para la Iglesia uno de los más preciosos anuncios de Jesús en todo el Antiguo Testamento. Es probable que Juan fuera el primero que hiciera la identificación.
Hay tesoros maravillosos en esta frase El Cordero de Dios. Vuelve a aparecer casi obsesivamente en el Apocalipsis, veintinueve veces. Se ha convertido en uno de los títulos más preciosos de Cristo. En una palabra resume el amor, el sacrificio, el sufrimiento y el triunfo de Cristo.

Juan dice que no conocía a Jesús. Eran parientes (Lucas 1:36), y es probable que se trataran en un tiempo. Lo que quiere decir Juan no es que no supiera quién era Jesús, sino que no sabía qué era Jesús. Se le había revelado de pronto que Jesús era en realidad el Hijo de Dios.
De nuevo Juan deja bien claro cuál era su única misión: señalar a Cristo. Juan no era nada, y Cristo lo era todo.

La venida del Espíritu
Juan 1: 32
Algo había sucedido en el bautismo de Jesús que le había convencido a Juan sin dejarle la menor duda de que Jesús era el Hijo de Dios. Como lo comprendieron los padres de la Iglesia hace muchos siglos, fue algo que sólo podía verse con los ojos del alma y de la mente. Pero Juan lo vio, y estaba convencido.
En Palestina, la paloma era un ave sagrada. No se cazaba ni comía. En Génesis 1:2 leemos que el Espíritu creador de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Los rabinos solían explicarlo diciendo que el Espíritu se movía y revoloteaba como una paloma sobre el antiguo caos, alentando en él orden y belleza. La figura de la paloma era una de las que los judíos usaban y amaban más.
Fue en su bautismo cuando el Espíritu descendió sobre Jesús con poder… Debemos recordar que todavía no se había revelado la doctrina cristiana del Espíritu Santo. Tendremos que esperar hasta los últimos capítulos del evangelio de Juan y hasta Pentecostés para verla surgir.
Cuando Juan el Bautista habla del Espíritu Santo lo hace desde la perspectiva del Antiguo Testamento .
¿Qué idea tenían entonces los judíos del Espíritu?
La palabra hebrea para Espíritu es riiaj, que quiere decir también viento. Los judíos asociaban siempre la idea del Espíritu con tres ideas básicas:
a)El Espíritu era poder, como el poder de la tempestad.
b)El Espíritu era vida, la misma dinámica de la existencia humana.
c)El Espíritu era Dios; el poder y la vida del Espíritu estaban más allá de los logros y las capacidades humanas; la venida del Espíritu a la vida de una persona era la venida de Dios. Sobre todo, era el Espíritu el que controlaba e inspiraba a los profetas (Miqueas 3:8; Isaías 59:21; 61:1; Ezequiel 36:26-27).
Podríamos decir que el Espíritu de Dios hacía tres cosas por la persona a la que viniera: Primera, traía a las personas la verdad de Dios; segunda, les daba la capacidad de reconocer esa verdad cuando la veían y, tercera, les daba la habilidad y el valor de proclamar aquella verdad.
En su bautismo, el Espíritu de Dios vino sobre Jesús de una manera diferente de la que había venido sobre otras personas.
Muchos profetas tenían lo que podríamos llamar experiencias aisladas del Espíritu. Algunos tenían momentos deslumbrantes, de poder extraordinario, de valor sobrehumano; pero esos momentos aparecían y desaparecían. Dos veces (versículos 32 y 33) Juan anota específicamente que el Espíritu permaneció sobre Jesús. No se trataba de una inspiración momentánea, sino que el Espíritu residió en Jesús con carácter permanente. Esa es también otra forma de decir que la Mente y el poder de Dios estaban en Jesús de manera exclusiva y única.

El que bautiza con el Espíritu Santo”
Juan 1: 33-34
Aquí podemos aprender mucho de lo que quiere decir la palabra bautismo. El verbo griego baptizein quiere decir hundir o sumergir. Se puede decir de la ropa que se mete en tinte, o de un barco que se hunde bajo las olas… Cuando Juan dice que Jesús bautizará con el Espíritu Santo quiere decir que Jesús puede traer el Espíritu de Dios a nuestra vida de tal manera que todo nuestro ser quede inundado por el Espíritu.
Ahora bien, ¿qué quería decir este bautismo para Juan el Bautista?
Su propio bautismo quería decir dos cosas:
a) Quería decir limpieza. Quería decir que una persona era lavada de las impurezas que se le hubieran adherido. b) Quería decir dedicación. Quería decir que entraba en una vida nueva, diferente y mejor…
Pero el bautismo de Jesús era el bautismo del Espíritu. Si recordamos la concepción judía del Espíritu podemos decir que cuando el Espíritu toma posesión de una persona suceden ciertas cosas.
a) Su vida se ilumina. Viene a ella el conocimiento de Dios y de su voluntad. Sabe cuál es el propósito de Dios, lo que quiere decir la vida y cuál es su deber. Algo de la sabiduría y de la luz de Dios ha venido a su vida.
b) Su vida se fortalece. El conocimiento sin poder es algo desazonador y frustrante. Pero el Espíritu nos da, no sólo el conocimiento de lo que es la voluntad de Dios, sino también la fuerza y el poder para obedecerla.
c) Su vida se purifica. El bautismo de Jesús con el Espíritu había de ser un bautismo de fuego (Mateo 3:11; Lucas 3:16). La escoria de cosas malas, la mezcla de impurezas se purifican en el crisol del bautismo del Espíritu Santo dejando a la persona limpia y pura.
Finalmente Juan el Bautista certifica con absoluta claridad su testimonio presencial de Jesús y anuncia que Jesús es el Hijo de Dios, dando a conocer a Jesús como el Mesías.




Lección nº 6:
LOS PRIMEROS DISCÍPULOS
Juan 1: 35-51

Andrés y Pedro… ¿Juan?
Juan 1: 35-42
Una vez más vemos a Juan el Bautista señalando más allá de sí mismo. Tiene que haberse dado perfecta cuenta de que al hablar así a sus discípulos acerca de Jesús los estaba invitando a dejarle a él y transferir su lealtad a este nuevo y más excelente Maestro; y sin embargo lo hizo. No cabían los celos en su noble corazón. Había venido a poner al pueblo en contacto, no consigo mismo, sino con Cristo.
Así es que los dos discípulos de Juan siguieron a Jesús a una distancia respetuosa. Entonces Jesús hizo algo muy característico: se volvió y les dirigió la palabra. Es decir: se encontró con ellos a mitad de camino...
Aquí tenemos un símbolo de la iniciativa divina. Siempre es Dios el que da el primer paso. Cuando la mente humana empieza a buscar, y el corazón humano empieza a anhelar, Dios, nos sale al encuentro mucho más que hasta la mitad del camino.
Jesús empezó por hacerles a aquellos dos la pregunta más fundamental de la vida: “¿Qué buscáis?”.¿Serían simplemente pecadores desorientados y confusos, buscando una luz en el camino de la vida y el perdón de Dios?
Hay algunos que lo que buscan es alguna clase de paz, algo que les permita vivir en paz consigo mismos, con sus semejantes y con Dios. En realidad lo que buscan ese Dios, y este objetivo sólo Jesucristo lo puede satisfacer.
Los discípulos de Juan le respondieron a Jesús que querían saber dónde paraba. Le llamaron Rabí, palabra hebrea que quiere decir literalmente “Mi grande”... Era el título de respeto que daban los estudiantes y los buscadores del conocimiento a sus maestros y a los sabios. Juan, el evangelista, estaba escribiendo para los griegos. Suponía que no conocerían la palabra, y se la tradujo por el término griego didáskalos, maestro.
No era sólo por curiosidad por lo que aquellos dos hicieron aquella pregunta. Lo que querían decir era que querían hablar con Él, no sólo en el camino y de pasada, como meros conocidos ocasionales que pudieran cruzarse algunas palabras; querían detenerse con El lo suficiente para hablar de sus problemas y preocupaciones: La persona que quiera ser discípula de Jesús no se dará, por satisfecha con una palabra de pasada, sino querrá tener un encuentro personal con El, no como conocida sino como amiga, en su propia casa.
Jesús les contestó: “¡Venid y ved!”. Jesús los estaba invitando, no sólo a ir con Él para hablar, sino a ir a encontrar lo que sólo Él les podía descubrir.
El autor de este evangelio termina el párrafo diciendo que “eran como las cuatro de la tarde”. Es muy probable que lo diga porque él era uno de aquellos dos, y podía hasta decir exactamente la hora del día y hasta la piedra que había al borde del camino donde encontró a Jesús…

Andrés “halló primero a su hermano Simón”... En los manuscritos griegos hay dos variantes; algunos tienen la palabra próton, que quiere decir primero, y es lo que ha traducido la Reina-Valera; pero otros manuscritos ponen prói, que quiere decir por la mañana temprano, de madrugada, lo que inferiría al siguiente día…
De nuevo Juan explica una palabra hebrea a sus lectores griegos. Mesías, en hebreo, y Jristós, en griego, quieren decir lo mismo: Ungido. En el mundo antiguo se ungía a los reyes en su coronación. Mesías y Jristós quieren decir El Rey Ungido por Dios.
No disponemos de mucha información sobre Andrés, pero lo poco que sabemos nos pinta claramente su carácter. Es uno de los personajes más simpáticos de la compañía de los apóstoles. Tiene dos cualidades sobresalientes.
-Andrés se caracteriza por estar dispuesto a ocupar un segundo lugar… Está claro que vivió a la sombra de su hermano. Muchos es posible que no supieran quién era Andrés, pero todo el mundo sabía quién era Pedro; así es que, cuando hablaban de Andrés, le identificaban como el hermano de Pedro. Andrés no formaba parte del círculo íntimo de los discípulos, como Pedro, Santiago y Juan.
-Andrés se caracteriza por estar pronto a presentarle a otros a Jesús. Son sólo tres veces las que aparece Andrés en escena en la historia evangélica: la primera es aquí, cuando Le trae a Pedro a Jesús; la segunda, en Juan 6: 8-9, cuando le trae a Jesús al muchacho de los cinco panecillos y los dos pescaditos; y la tercera, el incidente de Juan 12:22, cuando trae a los buscadores griegos a la presencia de Jesús… Andrés disfrutaba enormemente trayendo a otros a Jesús: Tenía corazón de misionero.
Cuando Andrés trajo a Pedro a Jesús, Jesús se quedó mirando fijamente a Pedro. La palabra que se usa de esa mirada es emblepein. Describe una mirada concentrada, intensa, a fondo; que lee lo que hay en el corazón. Cuándo Jesús vio a Simón, como se le llamaba, entonces, le dijo: “Te llamas Simón, pero te llamarás Cefas, es decir, una roca”. Petros era el equivalente griego de Cefas, el nombre arameo para roca…Así es que Petros y Cefas no son nombres distintos, sino el mismo en lenguas diferentes.
En el Antiguo Testamento, el cambio de nombre indicaba a veces una nueva relación con Dios. Por ejemplo: Jacob pasó a llamarse Israel (Génesis 32:28), y Abram se cambió por Abraham (Génesis 17:5) cuando entraron en una nueva relación con Dios. Era como si la vida empezara de nuevo y se fuera una persona diferente, y necesitara un nuevo nombre.
Pero lo realmente importante de esta historia es que nos dice cómo mira Jesús a las personas. No ve solamente lo que es en el momento, sino también lo que puede llegar a ser…
Jesús miró a Pedro y vio en él no sólo al pescador galileo sino también al que tenía la posibilidad de convertirse en una roca para su Iglesia… (Esto de ninguna manera debe ser entendido como que Jesús le estaba dando a Pedro alguna dignidad eclesiástica especial)

Felipe y Natanael
Juan 1: 43-51
Jesús dejó el Sur y se marchó a Galilea, al Norte de Palestina. Allí, tal vez en Caná, se encontró a Felipe, y le llamó. Felipe, como Andrés, no podía guardarse la Buena Noticia para él solo; fue a buscar a su amigo Natanael, y le dijo que creía que había descubierto al largo tiempo esperado Mesías en Jesús, el Hombre de Nazaret.
Natanael reaccionó despectivamente. Nazaret era un lugar corriente…Y Natanael reaccionó diciendo que Nazaret no era la clase de pueblo del que se podía esperar nada bueno. Felipe fue prudente. No discutió, sino dijo sencillamente: “¡Ven y ve!”… La mejor presentación del Evangelio es decir: “Ven y ve”. No cabe duda que tenemos que conocer a Cristo personalmente antes de invitar a otros a venir a Él.
Así que Natanael vino, y Jesús pudo ver lo que había en su corazón: “Aquí -dijo Jesús- llega un verdadero israelita en el que no cabe la falsedad”. Ese era un tributo que apreciaría cualquier israelita (Salmo 32:2). Natanael se sorprendió de que se pudiera dar tal veredicto a primera vista, y le preguntó a Jesús que de qué le conocía. Jesús le dijo que ya le había visto cuando estaba debajo de la higuera. Como la higuera es un árbol frondoso, era costumbre sentarse a meditar a la sombra de sus ramas. Parece ser que eso era lo que Natanael había estado haciendo, y probablemente había estado pensando en las promesas de Dios; y ahora se daba cuenta de que Jesús, no sólo le había visto cuando estaba debajo de la higuera, sino también había visto lo que había en lo más íntimo de su corazón.
Seguramente Natanael pensó: “¡Este Hombre no puede ser más que el Ungido de Dios que se nos había prometido y estábamos esperando!”… Y Natanael se rindió incondicionalmente ante el Hombre que le había leído y comprendido y apaciguado y llenado el corazón.
Puede que Jesús sonriera... Entonces hizo referencia a la antigua historia de Jacob en Betel, que vio una escala dorada que conducía al Cielo (Génesis 28:12-13). Era tanto como decir: “Natanael, Yo puedo hacer mucho más que leer tu corazón. Puedo ser para ti y para todos el verdadero Camino, la escala que conduce al Cielo”. Es por Jesús, y sólo por Él, como las almas pueden escalar el camino que conduce al Cielo.
Nos preguntamos: ¿Quién era Natanael?
Según el Cuarto Evangelio fue uno de los componentes del primer grupo de discípulos, pero en los otros tres evangelios ni siquiera se le nombra.
Juan dice que a Natanael le trajo a Jesús Felipe. El nombre de Natanael no aparece nunca en los otros tres evangelios; y en el Cuarto Evangelio no se menciona nunca a Bartolomé. Ahora bien: en la lista de discípulos de Mateo 10:3 y de Marcos 3:18, Felipe y Bartolomé aparecen juntos, como si fuera natural e inevitable relacionarlos. Además, Bartolomé es realmente un apellido, porque quiere decir hijo de Tolmai o Tolomeo. Bartolomé debe de haber tenido otro nombre de pila; y por lo menos es posible que Bartolomé y Natanael sean la misma persona…




Lección nº 7:
EL PRIMER MILAGRO Y SU ENSEÑANZA
Juan 2:1-11

La fiesta de Bodas
Juan 2: 1-2
Jesús hizo la primera de sus señales en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en Él.
Caná de Galilea se llamaba así para distinguirla de otra Caná que había en Celesiria. Era una aldea que estaba cerca de Nazaret.
En Caná había una fiesta de boda en la que se encontraba María, que parece que tenía alguna responsabilidad. Tal vez tenía algo que ver con los preparativos, porque se preocupó cuando se dio cuenta de que faltaba el vino; y tenía suficiente autoridad para decirles a los criados que hicieran lo que les dijera Jesús. Hay un antiguo compendio de introducciones a los libros del Nuevo Testamento que se llama Los prefacios monárquicos, que nos cuenta que el novio era nada menos que el mismo Juan, y su madre Salomé, la hermana de María. No sabemos si estos detalles extra serán ciertos o no, pero la historia se nos cuenta tan gráficamente que no podemos dudar que procede de un testigo presencial.
No se menciona a José, como tampoco en los otros evangelios después de las historias de la Navidad. La explicación más probable es que para entonces ya habría muerto.
La escena nos presenta una fiesta de boda en una aldea. En Palestina, una boda era una ocasión especialísima. La ley judía especificaba que la boda de una virgen se debía celebrar en miércoles. La fiesta de bodas duraba mucho más de un día.
La ceremonia en sí tenía lugar por la tarde, después de una fiesta. Después de la ceremonia se acompañaba a la pareja a su nuevo hogar. Para entonces ya había oscurecido, y la comitiva iba por las calles de la aldea a la luz de antorchas llameantes y con un dosel bajo el que iba la pareja. Los llevaban por un camino intencionadamente más largo para que hubiera más personas que tuvieran oportunidad de felicitarlos. Pero la nueva pareja no se iba para la luna de miel; se quedaban en casa, y recibían visitas toda la semana. Llevaban coronas y se vestían con su ropa de bodas. Los trataban como a un rey y a una reina, hasta dándoles ese tratamiento, y su palabra era ley. En un tiempo en que en la vida había mucha pobreza y un trabajo muy duro, esa semana de fiestas y alegría era algo especialísimo.

Faltó el vino
Juan 2: 3-5
Jesús participaba encantado de una ocasión alegre como esa. Pero algo estuvo a punto de estropearla, se les acabó el vino.
En una fiesta judía el vino era esencial. «Sin vino -decían los rabinos- no puede haber alegría.» No es que la gente se emborrachara; la borrachera se miraba muy mal, y no era frecuente, porque se mezclaban dos partes de vino con tres de agua.
Era una desgracia mayor, y hasta una humillación terrible para los novios, el que faltara el vino en su boda.
Eso explica el que María acudiera a Jesús para decirle lo que pasaba. La traducción de la respuesta de Jesús en la versión Reina-Valera hace que suene muy descortés: “¿Qué tienes conmigo, mujer?”.
Esa es una traducción literal de las palabras; pero no nos permite adivinar el tono.
Seguramente Jesús le estaba diciendo a María sencillamente que lo dejara en sus manos, que Él ya sabía lo que tenía que hacer.
La palabra Mujer (guynai) también puede despistarnos. Nos parece muy ruda y abrupta. Pero es la misma palabra que usó Jesús en la Cruz dirigiéndose a María al confiársela a su Discípulo amado (Juan 19:26). Lejos de ser una manera ruda y descortés de dirigirse a una mujer, era un título de respeto. No tenemos en castellano una expresión que corresponda exactamente; la palabra señora expresa por lo menos la cortesía que se supone en el tono.
Lo dijera como fuera, María no lo tomó como “¡Déjame en paz!”, sino todo lo contrario; así es que fue a los criados y les dijo que hicieran lo que Jesús les dijera.
A la entrada había seis grandes tinajas para el agua. La palabra que la versión Reina- Valera traduce por cántaros (metrétés) equivale a unos cuarenta litros, y se nos dice que en cada tinaja cabrían dos o tres cántaros, es decir, alrededor de cien litros.

El agua en vino
Juan 2: 6-10
Juan está escribiendo su evangelio para los griegos, así es que les explica que estas tinajas se tenían para guardar el agua que se usaba en los ritos de purificación de los judíos.
Jesús dijo que llenaran las tinajas hasta el borde. Juan da ese detalle para que se sepa que allí no se metió más que agua. Y luego les dijo que sacaran algo y se lo llevaran al arjitriklinos; nuestro equivalente del arjitriklinos sería el padrino. Cuando este probó el agua que se había vuelto vino se quedó alucinado. Llamó al novio “¡Tú te tenías guardado el mejor vino hasta ahora!”.
Así es que fue en la boda de unos pueblerinos de Galilea donde Jesús manifestó u gloria; y fue en aquella ocasión cuando sus discípulos captaron otro detalle que les hizo darse cuenta de quién era su Maestro.

Tomamos nota de tres cosas en esta señal maravillosa que realizó Jesús.
a) Tomamos nota de cuándo sucedió: en una fiesta de bodas. Jesús estaba en su ambiente. No era ningún austero
aguafiestas. ¡Todo lo contrario, como vemos aquí! Le encantaba participar de la alegría y el regocijo de una boda, y ayudar en los problemas que se presentaran.
b) Tomamos nota de dónde sucedió: en un humilde hogar de una aldea de Galilea. Este milagro no se realizó en el escenario de una gran ocasión ni en presencia de grandes multitudes, sino en un hogar.
c) Tomamos nota de por qué sucedió. Fue para salvar a una humilde familia galilea para lo que Jesús desplegó su poder. Lo hizo movido por la simpatía, la amabilidad y la comprensión hacia la gente sencilla.

Además, esta historia nos revela dos cosas hermosas sobre la fe que María tenía en Jesús.
a) Instintivamente María acudía a Jesús cuando surgían problemas. Conocía a su Hijo. Él estuvo en el hogar familiar hasta los treinta años, y todo ese tiempo Jesús y María compartieron la vida.
b) Aun cuando María no sabía lo que Jesús iba a hacer, aun cuando parecía que no le había hecho caso, todavía María creía tanto en Él que se dirigió a los servidores y les dijo que hicieran lo que Jesús les dijera. María tenía la fe que puede confiar aun cuando no entiende. No sabía lo que iba a hacer Jesús, pero estaba segura de que lo que hiciera sería lo mejor.
Además, esta historia nos dice algo de Jesús. Respondiendo a María dijo: “Todavía no ha llegado mi momento”. A lo largo de toda su vida Jesús sabía que había venido al mundo para una tarea y con un propósito determinado. Veía su vida, no en función de sus deseos, sino en relación con la voluntad de Dios. No veía su vida en el marco del incesante fluir del tiempo, sino en el de la permanente y definitiva eternidad. La vida de Jesús iba transcurriendo segura hacia el momento para el que Él sabía que había venido al mundo.

La enseñanza
Juan 2: 11
Ahora hemos de pensar en la verdad profunda y permanente que Juan está tratando de enseñarnos con esta historia… En todo su evangelio Juan no escribió nunca ningún detalle superfluo o innecesario. Todo tiene un significado y todo señala más allá.
Había seis tinajas de piedra y a la orden de Jesús, el agua que contenían se volvió vino. Para los judíos, el siete es el número completo y perfecto, y el seis es incompleto e imperfecto. Las seis tinajas de piedra representan a la Ley judía, incompleta e imperfecta. Jesús vino a acabar con las imperfecciones de la Ley y a poner en su lugar el vino nuevo del Evangelio de Su gracia.
Juan nos está diciendo que las imperfecciones se han convertido en perfección en Jesús, y que la gracia se ha vuelto ilimitada, suficiente y más que suficiente para todas las necesidades.
A los judíos, Juan les decía: “Jesús ha venido a cambiar la imperfección de la Ley por la perfección de la gracia”. Y a los griegos: “Jesús ha venido real y verdaderamente para hacer lo que vosotros sólo podíais soñar que vuestros dioses hicieran”.




Lección nº 8:
LA PURIFICACIÓN DEL TEMPLO
Juan 2:12-16

Jesús en Jerusalén
Juan 2: 12-14
Después de la fiesta de boda de Caná de Galilea, Jesús y sus familiares y amigos hicieron una corta visita a Capernaúm, que estaba como a unos treinta kilómetros, en la orilla septentrional del Mar de Galilea.
Poco después, Jesús se puso en camino para celebrar la fiesta de la Pascua en Jerusalén. La Pascua era el 15 de Nisán. Según la ley, todos los varones que vivieran a menos de veinticinco kilómetros de Jerusalén estaban obligados a asistir.
Aquí nos encontramos con un detalle muy interesante… Juan nos cuenta no menos de tres pascuas: la de este pasaje, la de Juan 6:4 y la de Juan 11:55; los otros evangelios sólo mencionan uno. De hecho, en los otros tres evangelios el ministerio principal de Jesús tiene lugar en Galilea; en el Cuarto, Jesús pasa sólo períodos breves en Galilea (2:1-12; 4:43 - 5:1; 6:1 - 7:14); y su actividad principal es en Jerusalén.
Pero sí hay una dificultad que no debemos soslayar. Este pasaje nos refiere el incidente conocido como La purificación del Templo: Juan lo coloca al principio del ministerio de Jesús, mientras que los otros tres evangelistas lo ponen al final (Mateo 21:12s; Marcos 11:15-17; Lucas 19:-45s). Esta diferencia requiere una explicación, y se han propuesto varias.
Se ha sugerido que Juan es el que tiene razón. Pero el suceso encaja mucho mejor al final del ministerio de Jesús. Es una secuela natural del ardiente coraje de Jesús en la Entrada Triunfal, y un preludio previsible de la Crucifixión. Si tenemos que escoger entre la cronología de Juan y la de los otros tres evangelistas, debemos escoger la de estos.
Debemos tener presente siempre que Juan, como ha dicho alguien, tiene más interés en la verdad que en los detalles. No era su propósito escribir una biografía cronológica de Jesús; sino sobre todo, mostrar que Jesús es el Hijo de Dios y el Mesías.
Lo más verosímil es que Juan colocara este incidente emblemático aquí, en el inicio de su historia, para presentar a Jesús como el Mesías de Dios, que había venido para purificar el culto y abrir la puerta de acceso a Dios. No es la fecha el interés principal de Juan, eso era lo de menos. Su interés supremo era demostrar que las acciones de Jesús nos le presentan como el Prometido de Dios. Justamente al principio nos muestra a Jesús actuando como el Mesías de Dios.

La indignación de Jesús
Juan 2: 15-16
Fijémonos ahora en por qué actuó Jesús de esa manera. Su indignación es una cosa aterradora, la figura de Jesús con el azote de cuerdas inspira el máximo temor. Debemos ver qué fue lo que le movió a aquella manifestación de indignación al rojo vivo en los atrios del templo.
La Pascua era la más importante de todas las fiestas judías. Pero no eran sólo los judíos de Palestina los que venían para la Pascua; en aquel tiempo los judíos estaban diseminados por todo el mundo, y no olvidaban su fe ancestral y su madre patria, y era el sueño y el propósito de todos ellos, estuvieran donde estuvieran, el celebrar la Pascua en Jerusalén por lo menos una vez en la vida.
Aunque nos suene a exageración, es probable que tantos como dos millones y cuarto de judíos se reunieran a veces en la Ciudad Santa para celebrar la Pascua.
Había un impuesto que tenían que pagar todos los judíos de diecinueve años para arriba. Era el tributo del templo. De que todos cumplieran dependía el que el ritual y los sacrificios del templo se pudieran llevar a cabo día tras día. El impuesto era de medio siclo, el sueldo de día y medio. Había muchas monedas en circulación, pero el tributo del templo se tenía que pagar en siclos galileos o en los del santuario, que eran las únicas monedas judías; las demás eran paganas y, por tanto, inmundas. Valían para pagar las otras deudas, pero no la que se tenía con Dios.
Los peregrinos llegaban de todas las partes del mundo con toda clase de monedas; así es que, en los atrios del templo se colocaban los cambistas. Si hubieran sido honrados, habrían estado cumpliendo una finalidad justa y necesaria; pero lo que hacían era cobrar una moneda más por cada medio siclo, es decir, una sexta parte más, y otra moneda más por cada medio siclo que tuvieran que devolver al cambiar monedas mayores.
El que los cambistas cobraran comisión cuando cambiaban las monedas de los peregrinos no se veía mal, pero lo que exasperaba a Jesús era que los cambistas abusaran de los modestos peregrinos de la Pascua con comisiones exorbitantes. Era una injusticia social flagrante y desvergonzada y, lo que es peor, se perpetraba en nombre de la verdadera religión.
Además de los cambistas estaban los que vendían becerros, corderos y palomas. Era corriente que una visita al templo fuera acompañada de un sacrificio. Muchos peregrinos querrían hacer una ofrenda de acción de gracias por haber hecho un buen viaje a la Santa Ciudad; además, la mayor parte de los acontecimientos de la vida y de la familia de los judíos tenían su sacrificio apropiado.
Parecería por tanto que se ofrecía una ayuda natural para que se pudieran comprar las víctimas para los sacrificios en los atrios del templo. Podría haber sido así; pero la ley imponía el que los animales que se ofrecieran fueran perfectos y sin defecto. Las autoridades del templo, tenían inspectores que examinaban las víctimas antes del sacrificio. La inspección tenía su precio, pero si i el fiel compraba el animal fuera del templo se lo podían rechazar en la inspección; ya se podía estar seguro de que le encontrarían algún defecto que les permitiera declararlo no apto; y en el templo valían hasta quince veces más…
Aquí había otro abuso descarado a costa de los pobres y humildes peregrinos, a los que se obligaba a pasar por el aro de comprar sus víctimas en el templo si querían hacer un sacrificio... Y de nuevo lo peor del caso era que aquella injusticia se agravaba por el hecho de que se perpetraba en nombre de la más pura religión.
Estas eran las cosas que despertaban la indignación de Jesús. Se nos dice que hizo un azote de cuerdas… Precisamente porque amaba a Dios, Jesús amaba a los hijos de Dios, y le era imposible permanecer impasible contemplando cómo se abusaba de aquella manera de los adoradores de Jerusalén.

Las razones del enojo
Juan 15-16 (continuación)
Pero la historia de la purificación del templo responde a razones todavía más profundas por las que Jesús dio aquel paso tan drástico.
Jesús tenía por lo menos tres razones para hacer lo que hizo.
a) Actuó así porque se estaba profanando la casa de Dios.
En el templo se daba a Dios un culto sin reverencia. La reverencia es una cosa instintiva. El culto sin reverencia puede ser una cosa terrible porque se use la casa de Dios para fines y con medios en los que se olvida la reverencia y la verdadera función de la casa de Dios.
b) Jesús hizo lo que hizo para mostrar que toda esa parafernalia de sacrificios animales era totalmente impertinente. Hacía siglos que venían diciéndolo los profetas (Isaías 1:11-17; Jeremías 7:22; Oseas 5: 6; 8:13 y Salmo 51:16). Jesús actuó así para demostrar que ningún sacrificio animal podrá nunca realizar la reconciliación de la humanidad con Dios.
c) Había todavía otra razón para que Jesús actuara de aquella manera. Marcos añade un curioso detalle que no se encuentra en los otros evangelios: « Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones» (Marcos 11:17), siguiendo con la cita de Isaías 56:7. El templo constaba de una serie de atrios que conducían al templo propiamente dicho y al Lugar Santísimo. La primera parte era el Atrio de los Gentiles; luego venía el Atrio de las Mujeres; después, el de los Israelitas; por último, el de los Sacerdotes. Toda esa compraventa se hacía en el Atrio de los Gentiles que era el único al que podían acceder los que no fueran israelitas. A partir de aquel lugar les estaba prohibida la entrada. Así que si había algún gentil cuyo corazón Dios hubiera tocado, podía llegar al Atrio de los Gentiles para meditar y orar y buscar a Dios. El Atrio de los Gentiles era el único lugar, de oración que conocía.
Las autoridades del templo y los comerciantes judíos estaban convirtiendo el Atrio de los Gentiles en un lugar de confusión en el que era prácticamente imposible orar. Tal vez era eso lo que más angustiaba a Jesús, y puede que por eso Marcos nos conservara la frase que nos lo indica. A Jesús se le conmovían las entrañas porque en la Casa de Oración se le cerraba el acceso a la presencia de Su Padre a los que le buscaban sinceramente.




Lección nº 9:
JESÚS, EL NUEVO TEMPLO
Juan 2: 17-25

El nuevo Templo
Juan 2: 17-22
Era inevitable que una intervención como la de la purificación del templo provocara una reacción inmediata en los que la presenciaron. Era demasiado sorprendente y revolucionario.
Aquí tenemos dos reacciones. La primera es la de los discípulos, que se acordaron de las palabras del Salmo 69:9. El que este versículo les viniera a la memoria era señal de que se estaban dando cuenta cada vez más de que Jesús era el Mesías.
La segunda reacción fue la de los judíos, una reacción muy natural. Le preguntaron a Jesús qué derecho tenía para actuar de esa manera, y le exigieron que presentara inmediatamente Sus credenciales por medio de algún milagro. La cosa era que reconocían que la acción de Jesús indicaba que Él se presentaba como el Mesías.
La contestación de Jesús presenta el mayor problema de este pasaje. ¿Qué fue lo que dijo exactamente? ¿Y qué quería decir?
Juan vio algo especial en las palabras de Jesús. Vio nada menos que una profecía de la Resurrección… Fue solamente su propia experiencia del Cristo viviente lo que les mostró al cabo del tiempo toda la hondura de lo que había dicho Jesús.
Por último Juan dice que “creyeron la Escritura”. Juan se refiere a aquella Escritura que se cernía sobre la Iglesia Primitiva: “No permitirás que Tu Santo experimente la corrupción” (Salmo 16:10). Pedro la citó el día de Pentecostés (Hechos 2:31); Pablo la citó en Antioquía (Hechos 13:35). Expresaba la confianza de la iglesia en el poder de Dios y en la Resurrección de Jesucristo.
Tenemos aquí la verdad imponente de que nuestro contacto con Dios, nuestro acceso a su presencia, no depende de nada que podamos hacer con nuestras manos o diseñar con nuestras mentes. En las calles, en el hogar, en el trabajo, en las montañas, en las carreteras, en la iglesia, tenemos nuestro templo íntimo: la presencia del Cristo Resucitado que está siempre con nosotros por todo el mundo.

El que conoce a todos
Juan 2: 23-25
Juan no nos relata ninguna de las maravillas que realizó Jesús en Jerusalén aquella Pascua; pero Jesús hizo muchos milagros allí, y hubo muchos que, al contemplar sus obras, creyeron en Él.
La pregunta que Juan está contestando aquí es: Si hubo muchos que creyeron en Jerusalén desde el mismo principio, ¿por qué no desplegó Jesús su bandera allí y entonces y declaró abiertamente quién era?
La respuesta es: Jesús conocía demasiado bien la naturaleza humana; sabía que había muchos para los que Él no era más que una maravilla de nueve días; sabía que había muchos que se sentían atraídos por las cosas sensacionales que hacía; sabía que no había nadie que entendiera el camino que había escogido; sabía que había muchos que le habrían seguido mientras siguiera haciendo milagros y maravillas y señales, pero que, si empezara a hablarles de servicio y de autonegación, de rendirse a la voluntad de Dios, o de una cruz y la necesidad de asumirla, se le habrían quedado mirando con una mirada ausente y le habrían dejado solo.
Una de las grandes características de Jesús era que no quería seguidores que no supieran y aceptaran clara y definitivamente lo que implicaba el seguirle a Él. Se negó a aprovecharse de la popularidad del momento. Si Se hubiera confiado a la gente de Jerusalén, le habrían proclamado Mesías allí y entonces, y habrían esperado la clase de acción material que esperaban que tomara el Mesías.
Pero Jesús era un Líder que se negaba a invitar a la gente a que le aceptara hasta que hubieran comprendido lo que aquello implicaba. Insistía en que las personas supieran lo que estaban haciendo.
Jesús conocía la naturaleza humana. Conocía la fragilidad e inestabilidad del corazón. Sabía que una persona se podía sentir arrebatada en un momento de emoción, y volverse atrás cuando descubriera lo que realmente suponía la decisión. Sabía el hambre de sensaciones que hay, en la naturaleza: humana. No quería una multitud vitoreando sin saber por qué, sino una compañía reducida de supiera lo que hacía y estuviera dispuesta a seguirle hasta el final.
Hay algo que debemos notar en este pasaje, porque tendremos ocasión de encontrarlo una y otra vez.

Cuando Juan habla de los milagros de Jesús los llama señales. El Nuevo Testamento usa tres palabras diferentes para las obras maravillosas de Dios y de Jesús, cada una de las cuales nos dice algo de lo que es realmente un milagro.
a) Usa la palabra teras, que quiere decir sencillamente algo maravilloso. Es una palabra que no tiene absolutamente ninguna significación moral. Un truco de prestidigitador podría ser un teras; era simplemente algo inexplicable que le dejaba a uno boquiabierto. El Nuevo Testamento no usa nunca esta palabra sola refiriéndose a las obras de Dios o de Jesús.
b) Usa la palabra dynamis que quiere decir literalmente poder; de ella deriva la palabra dinamita. Se puede referir a cualquier clase de poder extraordinario: del poder de crecimiento, de los poderes de la naturaleza, del poder de una medicina y del genio de un hombre. Siempre tiene el sentido de un poder efectivo que produce resultados y que puede reconocer cualquier persona.
c) Usa la palabra sémeion, de la que se derivan semáforo, semántica y otras muchas, quiere decir señal. Es la palabra favorita de Juan. Para él un milagro no era simplemente un hecho sorprendente, ni el resultado de un poder extraordinario, sino una señal.
Es decir: le decía algo a la gente de la Persona que lo había hecho; revelaba algo de su carácter; descubría algo de su naturaleza; era una acción que permitía comprender mejor y más plenamente cómo era el que lo hacía.
Lo más importante para Juan en los milagros era que decían algo acerca de la naturaleza y el carácter de Dios. Jesús usaba Su poder para sanar a los enfermos, alimentar a los hambrientos, consolar a los afligidos; y el hecho de que Jesús usara su poder de esa manera era una señal de que Dios se preocupa de los dolores y las necesidades de la humanidad. Para Juan, los milagros eran señales del amor de Dios.




Lección nº 10:
EL NUEVO NACIMIENTO
Juan 3: 1-6

El que vino a Jesús de noche
Juan 3: 1-2
La mayor parte de las veces vemos a Jesús rodeado de personas corrientes; pero aquí le vemos en contacto con uno de la aristocracia de Jerusalén. Hay algunas cosas que sabemos de Nicodemo.
-Nicodemo tiene que haber sido rico. Cuando Jesús murió, Nicodemo trajo para preparar su cuerpo para la sepultura «una mezcla de mirra y áloes que pesaba unas cien libras» (Juan 19:39), que sólo podría comprar uno que fuera rico.
-Nicodemo era fariseo. En muchos sentidos los fariseos eran las mejores personas de todo el país. Nunca fueron más de seis mil; formaban una hermandad y se ingresaba en esa hermandad comprometiéndose delante de tres testigos a consagrar su vida al cumplimiento de todos los detalles de la ley tradicional. Para los judíos, la Ley era la cosa más sagrada del mundo; los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, como grandes principios…. Pero los dogmáticos judíos se dedicaron a extraer de cada principio de la Ley un número incalculable de reglas y normas para gobernar cualquier situación imaginable de la vida. En otras palabras: cambiaron la Ley de los grandes principios en un legalismo de reglas adicionales interminables.
Los escribas eran los que deducían todas estas reglas, y los fariseos, los que dedicaban la vida a cumplirlas. Está claro que, por muy equivoco que estuviera un hombre, tenía que tomarlo muy en serio para proponerse obedecer cada una de todos esos millares de reglas: Yeso era precisamente lo que hacían los fariseos.
Nicodemo era fariseo, y es sorprendente que quisiera hablar con Jesús un hombre que tenía esa idea de la bondad y que estaba entregado a esa clase de vida porque estaba convencido de que era la manera de agradar a Dios.
-Nicodemo era uno de los gobernadores de los judíos. La palabra es arjón. Esto quiere decir que eran un miembro el sanedrín, que era el tribunal supremo de los judíos que estaba formado por setenta miembros. En particular, el sanedrín tenía jurisdicción religiosa sobre todos los judíos del mundo, y uno de sus deberes era examinar y dictaminar en el caso de que surgiera un falso profeta. Así que resulta todavía más sorprendente el que Nicodemo quisiera hablar con Jesús.
-Es posible que Nicodemo perteneciera a una familia judía distinguida…
Fue por la noche cuando vino Nicodemo a Jesús, lo que puede haber sido por una de dos razones. Puede que fuera por precaución y puede que fuera por otra razón. Los rabinos decían que la mejor hora para estudiar la Ley era por la noche, cuando no se presentaban distracciones. Durante el día Jesús estaba siempre rodeado de gente. Puede ser que Nicodemo viniera a Jesús por la noche porque quería hablar a solas y sin interrupciones con Él.
Nicodemo era un hombre con inquietudes, con muchos honores pero con un gran vacío en su vida. Vino a hablar con Jesús a ver si encontraba la luz en las tinieblas de la noche.

Nacer de nuevo
Juan 3: 4-6
Cuando Nicodemo se encontró a solas con Jesús le dijo que nadie podía por menos de sentirse impresionado con las señales y milagros que realizaba Jesús. Jesús le contestó que lo realmente importante no eran las señales y los milagros, sino el cambio radical en la vida de una persona, que sólo se podría describir como un nuevo nacimiento.
Cuando Jesús dijo que es necesario nacer de nuevo Nicodemo no le entendió, y su confusión procedía del hecho de que la palabra que la versión Reina-Valera traduce por de nuevo, en griego anóthen, que puede querer decir desde el principio, totalmente, u otra vez, en el sentido de por segunda vez… Pero también puede querer decir de arriba, y, por tanto, de Dios. No nos es posible indicar todos esos sentidos en una sola palabra española; pero los tres están incluidos en la frase nacer de nuevo.
Cuando leemos este pasaje nos parece que Nicodemo entendió la palabra de nuevo solamente en el segundo sentido, es decir, en el más literal. ¿Cómo puede uno que ya es mayor, dijo, meterse otra vez en el seno materno y nacer por segunda vez? No ponía en duda el que tal cambio fuera deseable, eso lo sabía y reconocía Nicodemo demasiado bien, sino que fuera posible. Nicodemo se enfrentaba con el eterno problema del que quiere cambiar, pero no puede cambiarse a sí mismo.
Esta frase nacer de nuevo o renacer recorre todo el Nuevo Testamento… El mundo antiguo conocía muy bien la idea del renacimiento y la regeneración. Lo anhelaba y buscaba por todas partes.
La idea del nuevo nacimiento no es exclusiva del pensamiento del Cuarto Evangelio. En Mateo encontramos la misma gran verdad expresada aún más sencilla y gráficamente: «Si no os volvéis y os hacéis como niños no entraréis en el Reino del Cielo» (18:3). Estas ideas encierran la misma verdad.

Nacer de nuevo es someterse a la voluntad del Padre, transformándonos en ciudadanos del Reino de los Cielos y en Hijos de Dios (Juan 1:12) dispuestos a la obediencia (Juan 14:15 y 21ss). La esencia de la condición de hijos es el amor, y la esencia del amor es la obediencia. Así pues, ser hijos de Dios y estar en el Reino de Dios son la misma cosa… Y como ciudadanos del Reino e Hijos tenemos acceso a la Vida Eterna. El entrar en la vida eterna es llegar a participar de la clase de vida que es la vida de Dios. Es estar por encima de todo lo meramente humano y pasajero, y entrar en el gozo y la paz que pertenecen solamente a Dios.
Aquí tenemos, pues, tres grandes concepciones gemelas: entrar en el Reino del Cielo, llegar a ser hijos de Dios y participar de la vida eterna; y las tres dependen y son productos de la obediencia perfecta a la voluntad de Dios. Aquí es donde se introduce la idea del nuevo nacimiento: es lo que enlaza y armoniza estas tres concepciones.
Nacemos de nuevo por medio de Jesucristo; es cuando Le entregamos nuestros corazones y vidas cuando se produce el cambio: Cuando eso sucede, nacemos de agua y del Espíritu… El agua es el símbolo de la limpieza. Cuando Jesús toma posesión de nuestras vidas, cuando le amamos con todo nuestro corazón, nuestros pecados pasados son perdonados y olvidados. Pero si eso fuera todo, podríamos volver otra vez a arruinar la vida, pero entra en ella un nuevo poder que nos permite ser lo que por nosotros mismos no podríamos ser, y hacer lo que por nosotros mismos no podríamos hacer: el poder del Espíritu. El agua y el Espíritu representan la limpieza y la fortaleza del poder de Cristo que borra el pasado y da la victoria en el futuro.
Por último, en este pasaje Juan establece una gran ley. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. La persona humana no es nada más que carne, y sus posibilidades se limitan a las de la carne. Por sí misma no puede salir de la frustración y del fracaso… Pero la esencia misma del Espíritu es un poder y una vida que están por encima de la vida y el poder humanos, y cuando el Espíritu toma posesión de nosotros, la vida derrotada de nuestra naturaleza humana se transforma en la vida victoriosa de Dios.
Nacer de nuevo es experimentar un cambio tan total que sólo se puede describir como re-nacimiento o re-creación. Este cambio se produce cuando amamos a Jesús y le dejamos entrar en nuestro corazón.




Lección nº 11:
EL HIJO DEL HOMBRE LEVANTADO
Juan 3: 7-15

La autoridad de Jesús para hablar de las cosas Divinas
Juan 3: 7-13
Nicodemo no entendía a Jesús…
El no comprender puede ser por varias razones. Puede ser porque no se ha llegado al nivel de experiencia y de conocimientos necesarios para poder captar la verdad. Si alguien se encuentra en esa situación, nuestro deber es hacer todo lo posible para explicarle las cosas, para que pueda captar el conocimiento que se le ofrece… Pero hay veces que no se entiende porque no se quiere entender: “No hay peor ciego que el que se niega a ver”. Una persona puede cerrar la mente a una verdad que no quiere reconocer o aceptar.
¿Era así Nicodemo? La enseñanza acerca del nuevo nacimiento que procede de Dios no debería haberle parecido extraña. Ezequiel, por ejemplo, había hablado repetidas veces del corazón nuevo que ha de ser creado en los seres humanos (Ezequiel 18:31; 36:26).
Nicodemo era un experto en la Sagrada Escritura, y los profetas habían escrito mucho acerca de la experiencia de la que estaba hablándole Jesús. Si una persona no quiere renacer, le resultará incomprensible lo que quiere decir el nuevo nacimiento. Si uno no quiere cambiar, le cerrará voluntariamente los ojos y la mente y el corazón al poder que le puede cambiar. Tal vez esto pasaba con Nicodemo…
La punta de la contestación de Jesús está en que la palabra griega para espíritu, pneuma, también quiere decir viento: Lo mismo sucede con la palabra hebrea rúaj, que también quiere decir espíritu y viento. Así es que Jesús le dijo a Nicodemo: “Tú puedes oír y sentir el viento (pneuma); pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Puede que no entiendas cómo y por qué sopla el viento, pero puedes sentirlo. Puede que no entiendas de dónde viene la tempestad ni adónde va, pero puedes observar sus efectos en las nubes y los árboles. Hay muchas cosas del viento que no puedes entender, pero sus efectos están a la vista”. Y prosiguió: “El Espíritu (Pneuma) es exactamente lo mismo. Puede que no sepas cómo obra; pero puedes ver sus efectos en las vidas humanas”.
Hay un montón de cosas en este mundo que usamos todos los días sin saber cómo funcionan. Son los menos entre nosotros los que saben cómo funcionan la electricidad, la radio, la televisión y hasta el coche, entre otras muchas cosas; pero no por eso decimos que no existen, pero eso no nos impide usarlos y disfrutar de todas sus ventajas.
Puede que no entendamos cómo obra el Espíritu, pero su efecto en las vidas de las personas está a la vista de todo el .mundo.
El argumento incontestable a favor del Evangelio son las vidas cambiadas de los que lo han aceptado. Nadie debiera descartar una fe que es capaz de hacer que los malos se hagan buenos.
Jesús dijo a Nicodemo: “He tratado de ponértelo fácil. He usado ejemplos humanos sencillos tomados de la vida diaria, y no has entendido. ¿Cómo esperas entender las cosas profundas si hasta las más sencillas te resultan incomprensibles?”
Hay aquí una seria advertencia para todos nosotros. Es fácil tomar parte en grupos de discusión, ponerse a estudiar y a leer libros, a discutir intelectualmente el Cristianismo; pero lo esencial es experimentar el poder del Evangelio.
Es verdad que es importante tener una comprensión intelectual del orbe de la verdad cristiana; pero es mucho más importante tener una experiencia vital del poder de Jesucristo.
Al leer el Cuarto Evangelio resulta difícil saber cuándo terminan las palabras de Jesús y empiezan las del evangelista. Juan ha pasado tanto tiempo pensando en las palabras de Jesús que pasa imperceptiblemente de ellas a sus propios pensamientos acerca de ellas. Es casi seguro que las últimas palabras de este pasaje son de Juan.
Es como si alguien preguntara: “¿Qué derecho tiene Jesús a decir esto?”
La respuesta de Juan es sencilla y terminante: “Jesús -dice- descendió del Cielo para comunicamos la verdad de Dios. Y, después. De compartir la vida de la humanidad y morir por ella; volvió a su gloria”.
Juan aseguraba que Jesús tenía derecho a hablar así porque conocía personalmente a Dios, porque había venido directamente del Cielo a la Tierra y porque lo que Él decía no era sino la verdad de Dios, porque .Jesús era y es la encarnación de la Mente de Dios.

El Cristo levantado
Juan 3: 14
Juan recuerda una historia extraña del Antiguo Testamento que se encuentra, en Números 21:4-9. En tiempos posteriores aquella imagen de la serpiente se convirtió en un ídolo, y tuvieron que destruirla en tiempo del rey Ezequías, porque la gente había empezado a darle culto (2 Reyes 18:4).
A los mismos judíos les alucinaba este incidente, porque tenían absolutamente prohibido el hacer imágenes. Los rabinos lo explicaban diciendo: “No era la serpiente de bronce lo que daba la vida. Cuando Moisés la puso en alto, los moribundos pusieron su confianza en el que le había mandado a Moisés que lo hiciera. Era Dios mismo el que los sanaba”. El poder sanador no estaba en la serpiente sino en Dios para los que obedecían su premisa…
Juan tomó aquella vieja historia y la usó como una parábola profética de lo que había de suceder con Jesús: “Así es como era necesario que Jesús fuera levantado: para que, cuando los que estamos heridos por el pecado volvamos a El nuestro pensamiento y creamos en El, encontremos la vida eterna”.
Hay aquí un detalle maravillosamente sugestivo. El verbo levantar es hypsún. Lo curioso es que se usa de Jesús en un doble sentido: en el de ser levantado en la Cruz, y en el de ser elevado a la gloria cuando ascendió al Cielo. Se usa de la Cruz en Juan 8:28; 12:32; y se usa de la Ascensión de Jesús al Cielo en Hechos 2:33; 5:31 y Filipenses 2:9; y las dos están inseparablemente relacionadas: ninguna podría haber sucedido sin la otra. Para Jesús la Cruz era el camino a la gloria.

El creer y la Vida Eterna
Juan 3: 15
En este pasaje hay dos expresiones con cuyo sentido nos tenemos que enfrentar. No nos será posible extraerlo en su totalidad, porque es más del que nunca podremos descubrir; pero debemos tratar de captar lo más posible.
1- Está la frase que se refiere a creer en Jesús. Quiere decir por lo menos tres cosas.
a) Quiere decir creer con todo nuestro corazón que Dios es como Jesús nos ha revelado que es. Quiere decir que Dios nos ama, se preocupa de nosotros y que lo que quiere hacer con nuestros pecados es perdonárnoslos. No era fácil para los judíos el creer eso. Veían a Dios como Alguien que les imponía sus leyes y que los castigaba si las quebrantaban. Costó la vida y la muerte de Jesús el decírnoslo. No podemos empezar a ser cristianos hasta que nuestro corazón crea esta Buena Noticia. .
b) Tenemos que creer que Jesús es el Hijo de Dios, que, en Él está la Mente de Dios, que Él conocía a Dios tan bien y estaba tan cerca de Él y era una sola cosa con Él, que nos puede revelar plenamente la verdad acercó de Dios.
c) Pero el creer tiene un tercer elemento. Tenemos que jugarnos el todo por el todo a que lo que Jesús nos dice es la verdad. Tenemos que hacer todo lo que Él nos dice; tenemos que obedecer todo lo que Él nos manda…
2- La segunda gran expresión es la vida eterna. Ya hemos visto que la vida eterna es la misma vida de Dios mismo. Si tenemos la vida eterna, ¿qué es lo que tenemos?
a) Nos da la paz con Dios; estamos en casa con nuestro Padre.
b) Nos da la paz con nuestros semejantes. Si hemos sido perdonados tenemos que ser perdonadores y
miembros de una gran familia unida en amor.
c) Nos da la paz con la vida. Si Dios es Padre, Dios dirige todas las cosas para bien.
d) Nos da la paz con nosotros mismos; ya no vivimos solos, sino Cristo vive en nosotros. Hay una paz
que tiene su cimiento en una fuerza suficiente para vivir: la de Cristo.
e) Nos da la seguridad de que la paz más profunda de esta vida no es más que una sombra de la paz
por venir.




Lección nº 12:
EL AMOR DE DIOS
Juan 3:16-21

De tal manera”
Juan 3: 16
Todos los grandes hombres han tenido un versículo preferido; pero éste se ha llamado “el versículo de todo el mundo”. Para todo corazón humilde, aquí está la quintaesencia del Evangelio. Este versículo contiene varias grandes verdades.
a) Nos dice que la iniciativa de la Salvación pertenece a Dios. Algunas veces se presenta el Evangelio como si se hubiera tenido que pacificar a Dios y persuadirle para que perdonara. A veces se presenta a Dios como inflexible y justiciero, y a Jesús manso, amoroso y perdonador. A veces se predica el Evangelio como si Jesús hubiera hecho algo para que se alterara la actitud de Dios hacia la humanidad, para que se viera obligado a cambiar la sentencia condenatoria por la del perdón. Pero este versículo nos dice que todo empezó en Dios. Fue Dios el que envió a su Hijo porque amaba hasta tal punto a la humanidad entera. No habría Evangelio ni Salvación si no fuera por el Amor de Dios.
b) Nos dice que el manantial de la vida de Dios es el Amor. Se podría predicar una religión en la que Dios contemplara a la humanidad sumida en la ignorancia, la indigencia y la maldad, y dijera: “¡Voy a domarlos: los disciplinaré y castigaré a ver si aprenden!”; o se podría pensar que Dios está buscando la sumisión de la humanidad para satisfacer su deseo de poder y para tener un universo completamente sometido. Pero lo tremendo de este versículo es que nos presenta a Dios actuando, no en provecho propio, sino nuestro; no para satisfacer su deseo de poder ni para avasallar al universo, sino movido por su amor.
Dios no es un monarca absolutista que trata a las personas solamente como súbditos obligados a la más absoluta obediencia, sino un Padre que no puede ser feliz hasta que sus hijos desagradecidos y rebeldes vuelvan al hogar. Dios no azota a la humanidad para que se le someta, sino la anhela y soporta para ganar su amor.
c) Nos habla de la amplitud del amor de Dios. Dios amó y ama al mundo. No sólo a una nación, ni a los buenos, ni a los que le aman a Él, sino al mundo entero: los que no tienen nadie que los ame, los que aman a Dios y los que ni se acuerdan de El, los que descansan en el amor de Dios y los que lo desprecian... Todos están incluidos en el amor universal de Dios. Como dijo Agustín de Hipona, “Dios nos ama a cada uno de nosotros como si no hubiera más que uno a quien amar. Y así, a todos”.

El Amor y el Juicio
Juan 3: 17-18
Aquí nos enfrentamos con una de las aparentes paradojas del Cuarto Evangelio, la del amor y el juicio: Acabamos de meditar sobre el Amor de Dios, y ahora, de pronto, nos encontramos frente a la idea del juicio y la condenación.
Juan acaba de decir que fue porque Dios amaba al mundo de tal manera por lo que mandó a Su Hijo al mundo. Más adelante nos presentará a Jesús diciendo: «Para juicio he venido Yo a este mundo» (Juan 9:39). ¿Cómo es posible que sean verdad las dos cosas?
Es totalmente posible ofrecerle a una persona una experiencia nada más que por amor, y que esa experiencia provoque su juicio. Es totalmente posible ofrecerle a una persona una experiencia que no se pretende que produzca nada más que alegría y bendición, y sin embargo se convierta en un juicio. Supongamos que amamos la buena música y nos sentimos más cerca de Dios en medio de la marea estruendosa de una gran sinfonía que en ninguna otra situación. Y supongamos que tenemos un amigo que no sabe nada de tal música y queremos introducirle en esta gran experiencia, compartirla con él, y ponerle en contacto con la belleza invisible de la que nosotros disfrutamos tanto. No tenemos otra intención que la de darle a nuestro amigo la felicidad de una gran experiencia. Le llevamos a un concierto; y a poco de empezar le vemos inquieto, paseando la mirada por toda la sala, obviamente aburrido. Ese amigo se ha dictado su propia sentencia de no tener cabida en el alma para la buena música. La experiencia diseñada para producirle una nueva felicidad se ha convertido en algo que no es sino un juicio.
Esto nos sucede siempre cuando nos vemos confrontados por la grandeza. Puede que se trate de contemplar una gran obra de arte pictórico, o de escuchar a un gran orador, o de leer un gran libro. Nuestra reacción es nuestro juicio. Si no apreciamos la auténtica belleza ni sentimos emoción estética es que somos insensibles a esa forma de arte.
Cierto turista estaba visitando un gran museo en el que abundaban las obras maestras de un valor incalculable, de belleza intemporal y de indiscutible genio. Al final del recorrido, dijo al guía: “¿Sabe lo que le digo? Que no me parecen gran cosa sus viejas pinturas”. A lo que contestó reposadamente el guía: “Caballero, le recuerdo que estas obras no están en tela de juicio; pero los que las contemplan, sí”.
Todo lo que había mostrado la reacción de aquella persona era su propia lamentable ceguera. Su juicio despectivo se había vuelto contra sí misma.
Y eso es lo que nos pasa en relación con Jesús. Si ante su presencia el alma responde a su maravilla y belleza, se está en el camino de la salvación. Si ante su figura no vemos nada amable, estamos condenados. Nuestra reacción nos ha salvado o nos ha condenado. Dios envió a Jesús por amor. Le envió para nuestra salvación, pero lo que se hizo por amor ha resultado para condenación. No es Dios el que condena; Dios solamente ama; es cada uno el que se condena a sí mismo.

La preferencia por las Tinieblas
Juan 3: 19-21
El que reacciona hostilmente ante Jesús es que prefiere la oscuridad a la Luz.
Lo terrible de las personas que son buenas de veras es que siempre producen un cierto elemento inconsciente de condenación. Esto sucede porque, cuando nos comparamos con ellas, nos vemos tal como somos en realidad. Alcibíades era un genio malogrado, un compañero de Sócrates, al que decía a veces:
¡Sócrates, te odio porque siempre que te encuentro me haces verme como soy en realidad!”… El que está metido en negocios turbios no quiere que se le dirija el reflector; pero el que lleva las cosas claras no le tiene ningún miedo a la Luz.
Es sólo el malhechor el que no se quiere ver a sí mismo ni que nadie le vea. Una persona así es inevitable que aborrezca a Jesucristo, Que le hará verse tal como es, que es lo último que quiere ver. Prefiere sentirse arropado por la oscuridad antes que descubierto por la Luz.

Por su reacción ante Jesucristo, una persona se revela y su alma queda al descubierto. Si le recibe con amor y con anhelo de mejorar, hay esperanza; pero si no ve nada atractivo en Jesús, se condena a sí misma. El que le fue enviado por amor se le ha convertido en un juicio.




Lección nº 13:
HUMILDAD FRENTE AL QUE VIENE DEL CIELO
Juan 3: 22-36

Una sublime humildad
Juan 3: 22-30
Ya hemos visto que uno de los propósitos del autor del Cuarto Evangelio era asegurar que Juan el Bautista ocupaba el lugar que le correspondía como precursor de Jesús, pero no más. Todavía había algunos que estaban dispuestos a llamar a Juan maestro y señor; el autor del Cuarto Evangelio quiere mostrar que Juan ocupaba un lugar importante, pero que el más importante le correspondía exclusivamente a Jesús; y quiere mostrar que el mismo Juan nunca tuvo la menor duda de que Jesús era supremo.
Con ese fin hace referencia al tiempo en que coincidieron los ministerios de Juan y de Jesús; al presentar la coincidencia de los dos ministerios, muestra la superioridad de Jesús más claramente en el contraste.
Una cosa es segura: que este pasaje nos presenta el encanto de la humildad de Juan el Bautista. Estaba claro que la gente estaba dejando a Juan para irse con Jesús. Los discípulos de Juan estaban preocupados. No les gustaba que su maestro quedara en un segundo lugar, ni verle abandonado por las multitudes que se agolpaban para escuchar al nuevo Maestro.
En respuesta a sus quejas habría sido comprensible que Juan se hubiera dado por ofendido, abandonado e injustamente olvidado.
Algunas veces la compasión de un amigo es lo que peor nos cae. Puede hacer que nos sintamos víctimas y que nos han tratado injustamente.

Pero Juan estaba por encima de esas actitudes. Les dijo tres cosas a sus discípulos.
a) Les dijo que nunca había esperado otra cosa. Les recordó que ya les había advertido que no era a él al que le correspondía el puesto más importante, sino que él no era más que un heraldo, el precursor que viene a anunciar y preparar las cosas para la llegada de Otro más importante. Haría más fácil la vida el que hubiera más personas dispuestas a representar papeles secundarios. Muchos quieren ser los protagonistas; pero Juan no era uno de ellos. Sabía muy bien que Dios le había asignado una misión subordinada.
Nos ahorraríamos un montón de resentimiento y de frustración si nos diéramos cuenta que hay ciertas cosas que no nos corresponden, y aceptáramos de corazón e hiciéramos lo mejor posible la labor que Dios nos ha asignado.
El hacer algo secundario para el Señor lo convierte en una gran tarea, porque todo servicio cuenta igual para Dios; cualquier cosa que se hace para Dios es grande por naturaleza.
b) Les dijo que nadie puede recibir más de lo que Dios le dé. Si el nuevo Maestro estaba ganando más seguidores no era porque se los estaba robando a él, a Juan, sino porque Dios se los estaba dando.
¡Cuántos celos, frustraciones y resentimientos nos ahorraríamos si tuviéramos presente que el éxito de los demás se lo da Dios, y estuviéramos dispuestos a aceptar el veredicto de Dios y su elección!
c) Por último, Juan puso un ejemplo que cualquiera podría entender, y más los judíos, porque era parte de su herencia cultural. Llamó a Jesús “el Novio”, y dijo que él, Juan, era “el amigo del Novio”.
Una de las grandes figuras del Antiguo Testamento es la de Israel, que es la novia, con Dios, que es el Novio. La unión que hubo entre Dios e Israel era tan íntima que podría compararse con un matrimonio. Cuando Israel se apartaba tras dioses extraños era como si fuera infiel al vínculo matrimonial (Éxodo 34:15, cp. Deuteronomio 31:16; Salmo 73:27; Isaías 54:5)… El Nuevo Testamento hereda esta alegoría y habla de la Iglesia como la Esposa de Cristo (2 Corintios 11:2; Efesios 5:22-32)…
Esta era la figura que Juan tenía en mente: Jesús había venido de Dios; era el Hijo de Dios; Israel era Su prometida, y Él era el Novio. Juan sólo se reservaba el papel del amigo del Novio.
El amigo del novio, en hebreo shoshben, tenía un papel exclusivo en una boda judía. Era el que arreglaba la boda; repartía las invitaciones, y presidía la fiesta. Era el que traía la novia al novio. También tenía que cuidarse de la cámara nupcial y de que no se introdujeran intrusos. Sólo cuando oía y reconocía la voz del esposo en la oscuridad, le abría la cámara nupcial para que entrara, y se retiraba gozoso cuando había cumplido su cometido y los esposos estaban juntos.
No lo hacía de mala gana, sino considerando un honor el introducir la novia al novio; y, cuando había cumplido su misión, se retiraba contento del centro de la escena:
La misión de Juan había sido traerle Israel a Jesús, el Mesías enviado de Dios, y arreglar sus bodas. Una vez cumplido su cometido estaba contento de desaparecer en la oscuridad. No dijo con envidia que Jesús tenía que crecer y él menguar, sino con júbilo. Nos vendría bien a veces recordar que no es a nosotros a los que tenemos que atraer a la gente, sino a Jesucristo. No es para nosotros para quienes reclamamos la lealtad de la Iglesia, sino para el Novio, el Hijo de Dios.

El que ha venido del Cielo
Juan 3: 31-35
Como ya hemos visto, una de las dificultades del Cuarto Evangelio es saber cuándo hablan los personajes y cuándo es Juan el que añade el comentario. Estos versículos puede que contengan las palabras de Juan el Bautista; pero parece más bien que son el testimonio y comentario del evangelista.
Juan empieza por afirmar la supremacía de Jesús. Si queremos información, tenemos que acudir a la persona que la tiene. Si queremos información acerca de una familia, la obtendremos de primera mano solamente de uno de los miembros de esa familia. Si queremos información sobre una ciudad, la recibiremos de primera mano sólo de alguien que viva o haya estado allí.
De la misma manera, si queremos información acerca de Dios, sólo la podremos obtener del Hijo de Dios; y si la queremos acerca del Cielo y de la vida que se vive allí, sólo la podremos recibir del que vino de allí. Cuando Jesús habla de Dios y de las cosas celestiales, dice Juan, no habla de segunda mano, sino nos cuenta lo que ha oído y visto por sí mismo.
Para decirlo simplemente, como Jesús es el único que conoce a Dios, es el único que puede comunicarnos los hechos acerca de Dios, y eso es lo que es el Evangelio.

Lo que le da pena a Juan es que sean tan pocos los que acepten el Mensaje que nos ha traído Jesús; pero, cuando uno lo recibe, atestigua el hecho de que en su fe la Palabra de Dios es verdad.
En el mundo antiguo, si una persona quería autenticar un documento como, por ejemplo, un testamento o un tratado, le ponía su sello al pie. Ese sello era la señal de que él estaba de acuerdo con el contenido del documento y lo consideraba fidedigno y efectivo. De la misma manera, cuando alguien acepta el Evangelio, afirma y pone su sello atestiguando que cree que lo que Dios dice es cierto.
Y Juan prosigue: podemos creer lo que nos dice Jesús porque Dios derramó en Él su Espíritu en plenitud, sin reservarse nada. Hasta los mismos judíos decían que los profetas recibían de Dios una cierta medida del Espíritu. La totalidad del Espíritu estaba reservada para el Escogido de Dios...
Ahora bien: según la manera de pensar de los judíos, el Espíritu de Dios tenía dos misiones: la primera era revelar a la humanidad la verdad de Dios; y la segunda, capacitar a los seres humanos para reconocer y entender esa verdad cuando venía a ellos. El decir que el Espíritu estaba en Jesús de la manera más completa es decir que Jesús conocía y entendía perfectamente la verdad de Dios.
Para decirlo de otra manera: escuchar a Jesús es escuchar la misma voz de Dios.

La Vida o la muerte
Juan 3: 36
Por último, Juan nos presenta otra vez la alternativa eterna, la vida o la muerte. A lo largo de toda su historia, Dios le había presentado al pueblo de Israel esta gran elección (Deuteronomio 30:15-20; Josué 24:15 y ss.). Se ha dicho que toda la vida se concentra en las encrucijadas. Una vez más, Juan vuelve a su tema favorito: lo que importa es nuestra reacción a Cristo.
Si esa reacción es amor y anhelo, esa persona conocerá la vida. Si es indiferencia u hostilidad, esa persona no cosechará más que la muerte. No es que Dios descargue su ira sobre ella; es que ella se la atrae sobre sí misma.




Lección nº 14:
LA MUJER SAMARITANA
Juan 4: 1-26

Derribando Barreras
Juan 4: 1-9
Palestina no tiene más que 200 kilómetros de Norte a Sur, pero en los tiempos de Jesús el país estaba dividido claramente en tres partes. Al Norte estaba Galilea; al Sur, Judea, y en medio, Samaria.
El camino más corto de Judea a Galilea era a través de Samaria, que se podía hacer en tres días; pero había una enemistad secular entre los judíos y los samaritanos, y esto hacía que fuera más corriente seguir la ruta alternativa, aunque era doble de larga, cruzando el Jordán. Jesús eligió la ruta más corta, posiblemente no sólo para ganar tiempo sino también para cumplir una parte de su misión.
El camino pasaba por el pueblo de Sicar… Era una zona llena de recuerdos históricos. Allí estaba la parcela que había comprado Jacob (Génesis 33:1 ss.). Jacob, ya en el lecho de muerte, le había legado ese terreno a José (Génesis 48:22). Y, cuando José murió en Egipto, llevaron su cuerpo a enterrar allí (Josué 24:32).
El pozo mismo tenía más de 30 metros de profundidad y no se podía sacar agua a menos que se tuviera con qué. Cuando Jesús y su pequeña compañía llegaron allí, Jesús se sentó a descansar. Era el mediodía, cuando más calor hacía, y Jesús estaba cansado y sediento del viaje. Los discípulos se habían adelantado al pueblo a comprar provisiones; lo más probable es que antes de conocer a Jesús ni siquiera habrían pensado en comprar nada de los samaritanos, poco a poco las barreras se iban cayendo.
Mientras Jesús estaba sentado esperándolos, una samaritana vino al pozo. Por qué había de ir allí es un poco sorprendente; porque aquel lugar estaba a más de un kilómetro de Sicar, donde viviría y donde había agua. ¿Sería porque las mujeres del pueblo la tenían marginada por razones sexuales y no le dejaban sacar agua del pozo del pueblo? El caso es que llegó allí dispuesta a sacar agua, y Jesús le pidió que le diera un poco. Y aquí Juan les explica a sus lectores griegos que no había absolutamente ningún trato entre los judíos y los samaritanos.
Pocas historias evangélicas nos revelan tan claramente el carácter y la actitud de Jesús.
a) Nos presenta la realidad de su humanidad: Jesús estaba cansado del viaje, y se sentó agotado y sediento al lado del pozo.
b) Nos presenta el calor de su simpatía. De cualquiera de los líderes religiosos ordinarios, la samaritana habría salido corriendo a toda prisa; pero contestar a Jesús y entablar una conversación con Él parecía la cosa más natural del mundo. ¡Por fin había encontrado a uno que no la condenaba!
c) Nos presenta a Jesús como el que elimina las barreras discriminatorias. La enemiga entre los judíos y los samaritanos era una historia que se perdía en la noche de los tiempos, desde más de siete siglos…
d) Pero había todavía otra barrera más que Jesús elimina en esta ocasión. La Samaritana era una mujer. Los rabinos estrictos tenían prohibido hablar con una mujer fuera de casa. Un rabino no podía hablar en público ni siquiera con su mujer, o con su hermana o hija. Pero Jesús no respetó esa barrera, ni por tratarse de una mujer, ni porque fuera samaritana, ni porque hubiera nada vergonzoso en su vida.
Aquí estaba el Hijo de Dios, cansado, débil y sediento, pasando las barreras de la raza y de las costumbres ortodoxas judías. Aquí tenemos el principio de la universalidad del Evangelio; aquí está Dios, no en teoría, sino en acción.

El agua Viva
Juan 4: 10-15
Notaremos que esta conversación de Jesús con la Samaritana sigue el mismo esquema que la que tuvo con Nicodemo, en donde su interlocutor descubre la verdad por si mismo… Esa era la manera de enseñar de Jesús; y era bien eficaz, porque, como ha dicho alguien, “Hay ciertas verdades que una persona no puede aceptar; tiene que descubrirlas por sí misma”.
La Samaritana toma las palabras de Jesús literalmente, aunque Jesús esperaba que las entendiera espiritualmente. Jesús estaba hablando de agua viva. En la lengua corriente de los judíos, agua viva quería decir agua corriente. Era el agua de manantial en oposición al agua estancada de una cisterna o estanque.
Y ella pasa a hablar de «nuestro padre Jacob». Por supuesto que los judíos habrían negado que los samaritanos fueran hijos de Jacob; pero era una de las pretensiones de los samaritanos que eran descendientes de José; el hijo de Jacob, a través de Efraín y Manasés. La Samaritana le estaba diciendo realmente a Jesús: “¿Es que vas a pretender tú ser más sabio y más poderoso que Jacob? No puedes ni sacar agua del pozo para dármela”.
Pero los judíos le daban otro sentido a la palabra agua. Hablaban a menudo de la sed de Dios que tiene el alma humana, y del agua viva que puede mitigar esa sed (Isaías 12:3; 44: 3; 55:1; Salmo 42:1 y ots.)
Pero la mujer entendió lo que le decía Jesús con un literalismo casi crudo. ¿Estaba ciega porque no quería ver? Entonces Jesús pasó a hacer una afirmación todavía más alucinante, que Él podía darle el agua viva que le quitaría la sed de una vez para siempre (Isaías 49:10). Jesús no hacía sino afirmar que Él era el Ungido de Dios que había venido a inaugurar la nueva era.
Tampoco entonces comprendió la mujer: “Dame esa agua –dijo como siguiendo la corriente a alguien no muy cuerdo- para que ya no tenga nunca sed y no tenga que darme la caminata al pozo todos los días”… Estaba bromeando sobre cosas eternas.

Enfrentando a la Verdad
Juan 4: 15-21
Para Jesús se había terminado el tiempo para los juegos de palabras y las bromas. “Vete a por tu marido, y vuelve con él”, le dijo… La mujer se puso rígida; eso era precisamente lo que le había pasado; no tenía marido… De pronto, no tuvo más remedio que enfrentarse consigo misma, y con su vida andrajosa e inmoral e inadecuada... Nadie se ha visto como es en realidad a menos que se haya visto en la presencia de Cristo; y lo que se ve entonces no es nada halagüeño; uno se da cuenta de pronto de que la vida que vive no vale. Despertamos a nosotros mismos y a nuestra necesidad de Dios.
Así Jesús, empezó por revelarle a esta mujer la condición en que se encontraba; pero luego pasó a revelarle en qué consiste el verdadero culto en el que nuestras almas pueden tener un encuentro con Dios.
A la mujer le habían enseñado a reverenciar el monte Guerizim como el lugar más santo de la Tierra, y a despreciar a Jerusalén. Para ella, lo único que podía saldar el pecado era el sacrificio. Su problema fundamental era ¿Dónde había que presentar ese sacrificio? Lo que quiere saber es: “¿Dónde puedo yo encontrar a Dios?”
Jesús le contestó que el día de las viejas rivalidades humanas estaba llegando a su final; y que estaba próximo el tiempo cuando la humanidad encontraría a Dios en todas partes (Sofonías 2:11; Malaquías 1:11).

El Culto Verdadero
Juan 4: 22-26
Los samaritanos adoraban en ignorancia, dijo Jesús. En más de un sentido, aquello era indudablemente cierto. Los samaritanos no tenían más sagrada escritura que el Pentateuco, es decir, los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, porque habían rechazado todo el resto. Se habían privado, por tanto, de todos los grandes mensajes de los Profetas y de toda la sincera piedad de los Salmos.
Hay muchas personas cuya religión se funda en una especie de temor impreciso de lo que les podría suceder si no tuvieran en cuenta a Dios. Pero la verdadera religión se basa, no en el miedo, sino en el amor de Dios y en la gratitud por lo que Dios ha hecho.
Jesús define el verdadero culto. Dios, dijo, es Espíritu: En cuanto uno se da cuenta de eso, un nuevo haz de luz le envuelve.
Si Dios es espíritu, no está limitado a lugares; y, por tanto, limitar el culto de Dios a Jerusalén o a ningún otro sitio, es poner un límite a Alguien Que, por naturaleza, sobrepasa todos los límites. Si Dios es espíritu, lo que Le ofrezcamos tienen que ser dones del espíritu.
El verdadero culto es cuando una persona, mediante su espíritu, alcanza la amistad y la intimidad con Dios. Este pasaje termina con una gran declaración. Se había desplegado ante la Samaritana un panorama tal que la sorprendía y alucinaba. Contenía elementos por encima de su comprensión, maravillosos. Todo lo que pudo decir fue: “Cuando venga el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, entonces lo entenderemos todo”. Y Jesús le dijo: “Yo, el que estoy hablando contigo, soy el Mesías”.
Es como si Jesús dijera que todo eso no es un sueño de la verdad, sino la verdad misma.




Lección nº 15:
COMPARTIENDO AL SALVADOR DEL MUNDO
Juan 4: 27-42

Compartiendo el descubrimiento
Juan 4: 27-30
No es extraño que los discípulos se quedaran alucinados cuando volvieron de sus recados en el pueblo de Sicar y se encontraron a Jesús hablando con una samaritana… Según las normas rabínicas Jesús apenas podría haber hecho nada más inconveniente que el hablar con aquella mujer; en verdad estaba derribando barreras. Pero por muy sorprendidos que estuvieran los discípulos, no se les ocurrió preguntarle a la mujer qué buscaba, o a Jesús por qué estaba hablando con ella. Empezaban a conocerle; y ya habían llegado a la conclusión de que, por muy sorprendentes que fueran sus acciones, no se podían poner en tela de juicio. Para entonces la mujer ya estaba de camino de vuelta al pueblo sin su cacharro de agua. El hecho de que lo dejara revelaba dos cosas: que tenía prisa en compartir su experiencia extraordinaria, y que ella daba por sentado que volvería a aquel lugar.
Toda su reacción nos dice mucho de la experiencia cristiana verdadera.
a) Su experiencia empezó cuando se vio obligada a enfrentarse consigo misma y a verse tal como era.
b) La Samaritana estaba alucinada con la habilidad que Cristo tenía para ver su interior. Le admiraba Su profundo conocimiento del corazón humano, y del suyo en particular (Salmo 139:1-4).
c) El primer impulso de la Samaritana fue compartir su descubrimiento. Cuando encontró a aquella Persona tan maravillosa, se sintió impulsada a decírselo a otros.
d) El deseo de contarles a otros su descubrimiento acabó con su sentimiento de vergüenza. No cabe duda de que era una marginada; pero entonces fue corriendo a contarles a los demás su descubrimiento.

La comida del Señor: hacer la Voluntad del Padre
Juan 4: 31-34
Para entonces, los discípulos habían vuelto con provisiones, y le dijeron a Jesús que comiera algo; le habían dejado tan cansado y exhausto que se preocuparon al verle con tan poco interés en probar lo que habían traído.
Jesús dijo a sus discípulos que Él tenía una comida que ellos no sabían: “Mi comida es hacer la voluntad del Que Me envió”… La gran clave de la vida de Jesús era la sumisión a la voluntad de Dios. Bien se puede decir que Jesús es la única Persona en todo el mundo que no hizo nunca lo que quería, sino siempre lo que Dios quería… Dios le había enviado y Jesús estaba bajo órdenes… Era el Hombre de Dios.
Cuando vino Jesús al mundo, una y otra vez habló de la misión que se le había confiado (Juan 5:36; 17:4; 10:18; 6:38; 8:29).
Es su gran deseo que seamos como Él fue y es: Hacer la voluntad de Dios es lo único que conduce a la paz y a la felicidad y es lo único que conduce al poder de Dios para nosotros, y por tanto la victoria es segura.

Los campos blancos para la siega…
Juan 4: 35-38
Todo lo que estaba sucediendo en Samaria le había dado a Jesús la visión de un mundo listo para ser cosechado para Dios. Los judíos dividían el año agrícola en seis partes, cada una de las cuales duraba dos meses: siembra, invierno, primavera, cosecha, verano y calor extremo. Jesús está diciendo: “Un proverbio dice: después de sembrar tenéis que esperar por lo menos cuatro meses hasta que llega la siega...” Y entonces Jesús eleva la mirada; Sicar está en medio de una región que sigue siendo famosa por sus cereales, y dice: “¡Fijaos! Los campos ya están blancos y listos para la siega…”
En este caso Jesús está pensando en el contraste que hay entre la naturaleza y la gracia. En la cosecha natural, había que sembrar y esperar; pero en Samaria todo había sucedido con tal divina celeridad que se había sembrado la Palabra y al momento ya estaba lista la cosecha.
Jesús siguió diciéndoles que lo increíble había tenido lugar: el sembrador y el segador se podían alegrar al mismo tiempo. Era algo que nadie podía esperar. Para los judíos la siembra era triste y laboriosa; era la siega la que era alegre (Salmo 136:5s)… El esperado tiempo de Dios está presente: el tiempo en que se anuncia la Palabra y se siembra la semilla; y la cosecha está lista para la recolección.
Había otra enseñanza en aquella situación:
a) Les dijo a sus discípulos que recogerían una cosecha que se habría producido sin su colaboración. Quería decir que El estaba sembrando la semilla; que en su Cruz, por encima de todo, se sembraría la semilla del amor y del poder de Dios, y que llegaría el día cuando sus discípulos salieran por el mundo a recoger la cosecha que su vida y muerte habrían sembrado.
(b) Les dijo a sus discípulos que llegaría el día cuando ellos sembrarían y otros recogerían. Llegaría el día en que la Iglesia Cristiana enviaría evangelistas; ellos no verían la cosecha; algunos morirían mártires; pero la sangre de los mártires sería la semilla de la Iglesia.
Así que en este pasaje hay dos cosas: Se hace notar una oportunidad. La cosecha está esperando que la recojan para Dios; y se hace notar un desafío: a muchos se les concede sembrar, pero no segar… Ningún trabajo ni ninguna empresa que se emprenden para Cristo será un fracaso. Si nosotros no vemos el resultado de nuestros esfuerzos, otros lo verán. No cabe el desánimo en la vida cristiana.

El Salvador del mundo
Juan 4: 39-42
En los acontecimientos que tuvieron lugar en Samaria tenemos el esquema de cómo se extiende muchas veces el Evangelio:
a) Hubo una presentación. Fue la Samaritana la que les presentó a Cristo a los samaritanos. Aquí vemos plenamente desarrollada la necesidad que Dios tiene de nosotros. Pablo dijo: « ¿Cómo van a creer si no hay quién les predique?» (Romanos 10:14)… Jesús no tiene más voz que la nuestra para decirle al mundo cómo murió; no tiene más ayuda que la nuestra para guiarlos hasta Él. No puede haber presentación a menos que haya alguien que presente a Cristo. Además, la presentación hay que hacerla sobre la base del testimonio personal como lo hizo la mujer…
b) Había un contacto personal cada vez más íntimo y un conocimiento que iba en aumento. Una vez que se les presentó a Cristo a los samaritanos, ellos mismos buscaron su presencia y su compañía. Le pidieron que se quedara con ellos hasta que aprendieran de Él y llegaran a conocerle mejor.
c) Hubo descubrimiento y entrega. Los samaritanos descubrieron en Jesús al Salvador del mundo... Juan es el único que usa este glorioso título de Jesús. Lo encontramos aquí y en 1 Juan 4:14. Para Juan era el título de Jesús por antonomasia.
Per este título no lo inventó Juan. En el Antiguo Testamento a Dios se le llama Salvador, Dios de Salvación... Es como si Juan dijera: “Todo lo que veníais soñando se ha hecho realidad en Jesús”.
Haremos bien en no olvidar este título. Jesús no era simplemente un profeta que transmitiera con palabras un mensaje de Dios. Tampoco era simplemente un psicólogo experto que tuviera una habilidad extraordinaria para descubrir lo que hay en la mente humana. Es cierto que dio muestras de poseer esa cualidad en el caso de la Samaritana; pero hizo mucho más. Él no era simplemente un ejemplo. No vino sólo a presentarle a la humanidad cómo había que vivir la vida. Un gran ejemplo puede ser descorazonador y frustrante cuando nos deja impotentes para seguirlo.
Jesús era y es El Salvador. Él es el único que puede rescatar a las personas de la situación terrible y desesperada en que se encuentran; el único que puede romper las cadenas que tienen aherrojadas a las personas a su pasado, y darles poder para enfrentarse con el futuro.
La Samaritana es en realidad un buen ejemplo de cómo actúa el poder salvador de Jesús. La población donde vivía ya la tendría probablemente por una persona irreformable y seguramente ella misma estaría de acuerdo en que jamás sería capaz de llevar una vida respetable. Pero llegó Jesús, y la rescató por partida doble: la capacitó para que se desligara de su pasado, y la introdujo a una nueva vida desde allí en adelante. No hay título que le corresponda a Jesús mejor que El Salvador del Mundo.




Lección nº 16:
UN NOBLE Y SU FE
Juan 4: 43-54

El Testimonio que no se puede refutar
Juan 4: 43-45
Los tres evangelios sinópticos contienen el dicho de Jesús de que a un profeta no se le reconoce en su propia tierra (Marcos 6:4; Mateo 13:57; Lucas 4:24). Era un antiguo y conocido refrán, pero Juan lo introduce en un contexto diferente. En los otros evangelios está en pasajes en los que se cuenta que Jesús fue rechazado por sus propios paisanos galileos, mientras que Juan lo pone aquí en una ocasión en que le aceptaron.
Ya hemos visto que Jesús había salido de Judea y se había dirigido a Galilea para evitar la controversia que estaba provocando su creciente popularidad. Puede ser que Jesús se marchara a Galilea esperando poder retirarse a descansar. Y puede ser que en Galilea pasara exactamente lo mismo que había sucedido en Samaria y que hubiera una respuesta positiva a su enseñanza.
Puede ser que nos encontremos aquí con una de las diferencias del Cuarto Evangelio con respecto a los otros tres. Ya hemos visto que Juan nos relata el ministerio de Jesús en Judea, mientras que los sinópticos se limitan exclusivamente a su ministerio en Galilea. Jesús era judío, de la tribu de Judá y nacido en la ciudad de David, Belén, aunque este hecho no lo sabían los judíos (7.42), que daban por supuesto que Jesús era galileo porque venía de Nazaret, donde había vivido casi toda su vida; y de ahí que le llamaran Jesús Nazareno. Así que es posible que Jesús citara el refrán del profeta que no es reconocido en su tierra refiriéndose a su experiencia en Judea.
En los otros evangelios también se presenta su éxito inicial en Galilea, lo que se suele llamar La primavera galilea.
Sea como fuere, este pasaje y el precedente nos presentan el argumento irrefutable a favor de Cristo. Los samaritanos creyeron en Jesús, no por lo que les dijo otra persona, sino porque ellos mismos le oyeron hablar de cosas nunca jamás oídas. Los galileos creyeron en Jesús, no por lo que les dijera otra persona acerca de El, sino porque le vieron hacer en Jerusalén cosas que no se habían visto en la vida. Lo que Jesús decía y hacía eran credenciales a las que no se podía oponer nadie.
Aquí tenemos una de las grandes verdades de la vida cristiana:
La única prueba convincente del Evangelio es la experiencia cristiana. Puede que a veces tengamos que discutir con la gente hasta que las barreras intelectuales que han levantado se les vengan abajo; pero, en la inmensa mayoría de los casos, lo único realmente convincente es decir: “Yo sé cómo es Jesús, y lo que puede hacer, porque lo ha hecho en mí…” El evangelismo realmente eficaz empieza cuando podemos decir: “Yo sé lo que Cristo ha hecho por mí”.
Aquí nos encontramos otra vez con la tremenda responsabilidad que nos corresponde. Nadie es probable que quiera hacer la prueba a menos que vean su eficacia en nuestra vida. No servirá de mucho el decirle a los demás que Cristo puede traer a su vida gozo y paz y poder, cuando nuestra vida es lúgubre, angustiada y derrotada. Los demás se convencerán de que vale la pena entregarse a Cristo solamente cuando vean que para nosotros ha conducido a una experiencia que da envidia.

Una fe notable
Juan 4: 46-54
Casi todos los comentaristas creen que ésta es otra versión de la historia de la curación del siervo del centurión que se encuentra en Mateo 8:5-13 y en Lucas 7.-1-10; pero hay diferencias notables entre las dos que nos justifican el tratarla como una historia independiente.

Algunos detalles de la conducta del funcionario son un ejemplo para todos.
a) Aquí tenemos a un diplomático que acudió a un carpintero. La palabra griega es basilikós, que se usa para funcionarios del rey, y lo más probable es que se tratara de un hombre de posición elevada en la corte de Herodes. Jesús, por el contrario, no era más que un carpintero del pueblo de Nazaret. Además, Jesús estaba en Caná, y este hombre vivía en Capernaún, que estaba a 35 kilómetros. Por eso le llevó tanto tiempo el volver a su casa.
No se puede imaginar una historia más peregrina que la de un alto funcionario que recorre treinta y cinco kilómetros a toda prisa para pedirle un favor a un carpintero de pueblo…
Lo primero y principal es que este aristócrata se tragó su orgullo. Tenía una necesidad angustiosa, y ni los convencionalismos ni el protocolo le impidieron acudir a Jesús con su necesidad. Su gesto causaría sensación, pero a él no le importaba el qué dirán con tal de obtener la ayuda que tanto necesitaba… Si queremos de veras la ayuda que Jesús nos puede dar, tenemos que ser lo suficientemente humildes para tragarnos nuestro orgullo y no tener en cuenta lo que diga la gente.
b) Aquí tenemos a un diplomático que se negaba a darse por vencido. Jesús le recibió con lo que a primera vista parecería un jarro de agua fría, diciéndole que hay gente que no cree a menos que se la provea de señales y milagros. Puede que Jesús dirigiera esas palabras más a la multitud que se habría reunido a ver que al diplomático mismo. Es probable que hubiera muchos curiosos.
Pero Jesús tenía una manera de asegurarse de que una persona iba en serio. Así actuó con la sirofenicia (Mateo 15: 21-28). Si aquel hombre se hubiera dado la vuelta presumido y airado, si hubiera sido demasiado orgulloso para escuchar la advertencia, si hubiera cedido al desaliento a la primera, Jesús se habría dado cuenta de que su fe no era auténtica. Uno tiene que tomar su situación sinceramente en serio para poder recibir la ayuda de Cristo.
c) Aquí tenemos a un diplomático que tenía fe. No era fácil emprender el camino de vuelta a casa sin llevarse más que la palabra de Jesús de que su muchacho se iba a sanar… Pero tenía la fe suficiente para recorrer otra vez los treinta y cinco kilómetros no llevando nada más que la palabra de Jesús para confortarle el corazón.
Es esencial a la fe el creer que lo que Jesús dice es verdad. A menudo se tiene una especie de anhelo vago de que fueran verdad las promesas de Jesús; pero la única manera de entrar de veras en ellas es creerlas como el náufrago que se aferra a lo que sea que le pueda salvar. Si Jesús dice algo, no es que a lo mejor es verdad: ¡es que tiene que ser verdad!
d) Aquí tenemos a un diplomático que se entregó. No fue un hombre que le sacó a Cristo lo que quería, y luego se fue y se olvidó. El y todos los suyos creyeron. No le sería fácil a él, porque el que Jesús fuera el Mesías iría a contrapelo con todas sus ideas preconcebidas. Ni le sería fácil confesar su fe en Jesús en la corte de Herodes…
Pero este diplomático se enfrentaba con los hechos y los aceptaba. Había experimentado lo que Jesús podía hacer, y no le quedaba más que rendirse a los hechos. Había empezado por un sentimiento de necesidad desesperada, que Jesús le había solucionado; y su sentimiento de necesidad había dejado paso a otro de agradecimiento y amor desbordante. Esa debe ser la historia de cualquier vida cristiana.

Una aclaración necesaria:
Casi todos los investigadores del Nuevo Testamento creen que en este punto se han colocado equivocadamente los capítulos del Cuarto Evangelio. Mantienen que el capítulo 6 debería venir antes que el 5… La razón es que el capítulo 4 termina con Jesús en Galilea (Juan 4:54); el capítulo 5 empieza con Jesús en Jerusalén; el capítulo 6 nos presenta a Jesús otra vez en Galilea, y el 7 empieza dándonos a entender que Jesús acababa de venir a Galilea a causa de la oposición que había tenido que arrastrar en Jerusalén. Los cambios de Jerusalén a Galilea resultan difíciles de seguir. Por otra parte, el capítulo 4 termina: “Esta fue la segunda señal, y Jesús la hizo después de volver de Judea a Galilea” (4:54). El capítulo 6 empieza: “Después de esto, Jesús se fue al otro lado del mar de Galilea”, que sería una secuencia natural. El capítulo 5 nos presenta entonces a Jesús dirigiéndose a Jerusalén para una fiesta, y encontrándose con problemas muy serios con las autoridades judías. Se nos dice de hecho que desde aquel momento empezaron a perseguirle (5:10). Luego, el capítulo 7 empieza diciendo que Jesús se movía por Galilea, y “no quería ir a Judea porque los judíos querían matarle” (7:1).
Aquí no hemos alterado el orden; pero debemos notar que el tomar el capítulo 6 antes del 5 presenta un orden de acontecimientos más natural y fácil de seguir.




Lección nº 17:
UN MILAGRO Y LA CRÍTICA
Juan 5: 1-18

El milagro…
Juan 5: 1-9
Había tres fiestas de guardar: La Pascua, Pentecostés y Tabernáculos. Todos los varones judíos adultos que vivieran a menos de veinticinco kilómetros de Jerusalén tenían obligación de asistir. Si consideramos que el capítulo 6 debe estar antes que el 5, deduciremos que la fiesta era Pentecostés, porque lo que se relata en el capítulo 6 sucedió cerca de la Pascua (Juan 6:4). La Pascua era en el primer plenilunio después del equinoccio de primavera, cuando es ahora la Semana Santa, y Pentecostés siete semanas después.
Juan nos presenta a Jesús asistiendo a las fiestas judías, porque tenía el debido respeto a las obligaciones de la religión de Israel; y sus fiestas no le parecían una molesta obligación sino una deliciosa oportunidad para participar en el culto de su pueblo.
Cuando Jesús llegó a Jerusalén estaba, al parecer, solo. Por lo menos no se menciona a sus discípulos. Se dirigió a la famosa piscina, que se llamaba Bethesdá, que quiere decir Casa de Misericordia…Era lo bastante honda para que se pudiera nadar.
Por debajo de la piscina había una corriente subterránea que a veces borbollaba y se agitaba. Se creía que aquello lo producía un ángel, y que el primero que se metiera en el agua después del borbolleo se curaba de cualquier enfermedad que le aquejara.
Esto parece mera superstición; pero era la clase de creencia que se había extendido por todo el mundo antiguo y que todavía existe en algunos lugares...
Puede que, mientras Jesús iba pasando por allí, le indicaran al enfermo de la historia como caso especialmente lastimoso porque su condición hacía muy difícil, y aun imposible, el que llegara al agua el primero después del borbolleo. No tenía a nadie que le ayudara, y Jesús fue siempre el amigo y el ayudador de los desamparados. No se molestó en echarle un sermón sobre la inutilidad de aquella superstición y de esperar la movida del agua. Su único deseo era ayudar, así es que sanó al que llevaba tanto tiempo enfermo.
En esta historia vemos claramente las condiciones en que operaba el poder de Jesús: daba la orden a la gente y, en la medida en que le obedecían, el poder actuaba en ellos.
La respuesta de este hombre fue inmediata: quería estar bueno, aunque no sabía cómo, porque no tenía a nadie que le pudiera ayudar.
La primera condición para recibir el poder de Jesús es desearlo intensa y sinceramente. Jesús dice: «¿Estás seguro de que quieres cambiar?» Si en lo más íntimo estamos contentos de seguir como somos, no se producirá el cambio.
Luego Jesús se dirigió al hombre para decirle que se levantara…El poder de Dios nunca exime al hombre del esfuerzo…El hombre podría haberle dicho a Jesús, con resentimiento ofendido,
que hacía treinta y ocho años que era el camastro el que cargaba con él, y que no tenía mucho sentido decirle ahora que fuera él el que cargara con el camastro. Pero hizo el esfuerzo con Jesús, ¡y lo imposible sucedió!

La crítica despiadada
Juan 5: 10-18
Un pobre hombre había sido sanado de una enfermedad que, humanamente hablando, era incurable. Podríamos suponer que aquello habría causado una alegría y gratitud general; pero algunos lo miraron como algo malo e impío. El que había sido sanado iba por las calles cargando con su camastro; los guardianes de la ortodoxia judía le pararon y le recordaron que el llevar una carga el día de reposo era quebrantar la Ley.
Ya hemos visto lo que hacían los judíos con la Ley de Dios. Era la Ley una serie de grandes principios generales que se dejaba a cada persona el aplicar y cumplir; pero a través de los años los judíos la habían convertido en miles de reglas y prohibiciones. La Ley decía simplemente que había que considerar el sábado como un día especial, y que en él no tenían que hacer ningún trabajo las personas libres, ni sus esclavos, ni sus animales. Los judíos entonces establecieron que había treinta y nueve clases de trabajos, a los que llamaban «trabajos padres», uno de los cuales era llevar cargas. (Jeremías 17:19-27; Nehemías 13:15-19)… Nehemías 13:15 deja perfectamente claro que lo que estaba en cuestión era trabajar el sábado como si fuera un día ordinario . Pero los rabinos de tiempos de Jesús discutían solemnemente que un sastre quebrantaba el sábado si llevaba ese día una aguja, su herramienta de trabajo, prendida en la solapa. Hasta discutían si era lícito llevar dentadura o piernas postizas u otras prótesis en sábado, o estaba prohibido por ser «cargas». Estaban seguros de que no se debía llevar ninguna clase de adornos superfluos los sábados, por la misma razón.
Para ellos todas estas minucias eran cuestiones de vida o muerte, así que no les cabía la menor duda de que el hombre de este pasaje estaba quebrantando la ley rabínica al llevar la cama a cuestas en sábado:
El hombre se defendió diciendo que el que le había sanado le había dicho que lo hiciera, y él ni siquiera sabía que había sido Jesús.
Algo más adelante Jesús se le encontró en el templo; y el hombre se dio toda la prisa que pudo para decirles a las autoridades que la Persona en cuestión había sido Jesús. No quería buscarle líos a Jesús; pero la ley rabínica decía literalmente: “Si uno transporta cualquier cosa de un lugar público a una casa privada intencionadamente en sábado, será muerto a pedradas”. Aquel hombre estaba tratando de explicar que no era culpa suya lo que estaba haciendo.
Así es que las autoridades dirigieron sus acusaciones contra Jesús. Los verbos del versículo 18 están en el tiempo imperfecto, que describe acciones repetidas en el pasado, como en castellano. Está claro que esta historia nos presenta un ejemplo de algo que Jesús hacía habitualmente.
La defensa de Jesús era alucinante. Dios no dejaba de obrar porque fuera sábado, y Él, Jesús, tampoco. Cualquier judío instruido tendría que reconocer la fuerza del argumento.
Jesús dijo: “Aunque sea sábado, el amor y la misericordia y la compasión de Dios actúan; y Yo también”.
Fue esta última afirmación la que escandalizó a los judíos, porque no podía querer decir nada más que la obra de Dios y la de Jesús eran la misma cosa. Parecía que Jesús se estaba colocando en igualdad con Dios… Jesús enseñaba que siempre hay que ayudar a los necesitados; que no hay tarea más importante que aliviar el dolor o la angustia de alguien, y que la compasión cristiana debe ser como la de Dios: incesante... Otras obras se pueden aplazar, pero no la de la compasión.
Hay otra creencia judía que aparece en este pasaje. Cuando Jesús se encontró con el hombre en el templo le dijo que no pecara más, no fuera que le viniera algo todavía peor. Para un judío, el pecado y el sufrimiento estaban tan unidos como la causa y el efecto. Si uno sufría, sería porque había pecado; y no podría curarse a menos que se le perdonara el pecado. Los rabinos decían: “El enfermo no sale de la enfermedad hasta que se le perdonen sus pecados”.
Había algunos que seguían pecando con la seguridad de que la gracia no se acababa nunca (Romanos 6:1-18). Siempre ha habido personas que han abusado del amor y del perdón y de la gracia de Dios como excusa para pecar. Pero no tenemos más que pensar en lo que costó el perdón de Dios mirando a la Cruz del Calvario para saber que debemos odiar siempre el pecado; pues cualquier pecado quebranta el corazón de Dios.




Lección nº 18:
LA VIDA Y LA MUERTE
Juan 5: 19-29

Introducción: Credenciales del Mesías
Juan 5: 19-29
Este es un pasaje maravilloso, porque está entretejido con pensamientos y expresiones que son las credenciales de Jesús como el Mesías prometido. Muchas de estas credenciales no las vemos ahora tan claramente, pero estarían tan claras como el agua para los judíos, y los dejarían estupefactos.
a) La credencial más clara se encuentra en el título de Jesús como Hijo del Hombre. Sabemos que ese extraño título es muy corriente en los evangelios. Tiene una larga historia. Nació en Daniel 7:1-14…
El detalle importante del pasaje estriba en el hecho de que Daniel se escribió en días de terror y de persecución, y contiene una visión de la gloria que sucedería algún día al sufrimiento que estaba pasando el pueblo de Dios. En Daniel 7:1-7, el vidente describe bajo el simbolismo de bestias a los grandes imperios paganos que han ejercido dominio en el mundo. Todos estos poderes terribles pasarán, y la autoridad y el dominio se le darán a uno semejante a hijo de hombre.
Alguien tendrá que introducir y ejercer ese poder; y los judíos tomaron ese título y se lo aplicaron al Escogido de Dios que algún día traería la nueva era de compasión y amor y paz; y así llegaron a llamar al Mesías esperado El Hijo del Hombre.
b) Pero no es que Jesús presente sus credenciales come el Mesías de Dios sólo en estas palabras, sino que está implícito en frase tras frase. El mismo milagro que había realizado en el paralítico era una señal de que Jesús era el Mesías… (Isaías 35:6).
c) Tenemos la declaración que hace Jesús en repetidas ocasiones de que Él resucitará a los muertos y será su juez. En el Antiguo Testamento, Dios era el único que podía resucitar a los muertos y que tenía el derecho de juzgarlos (Deuteronomio 1: 17; 32:39).
Para Jesús, el hablar así era un acto de un valor sin igual y extraordinario. Tiene que haber sabido que el presentar esas credenciales les sonaría sin duda a blasfemia a los líderes judíos más ortodoxos, y sería atraerse la muerte. Los que oyeran tales afirmaciones no podrían hacer más que una de dos cosas: aceptar a Jesús como el Hijo de Dios, o rechazarle y odiarle como blasfemo.
Ahora vamos a estudiar este pasaje por secciones.

La relación de Jesús con el Padre
Juan 5: 19-20
Así empieza la respuesta de Jesús a la acusación que le habían hecho los judíos de que se hacía igual a Dios. Establece tres cosas acerca de su relación con Dios.
1) Establece su identidad con Dios. La verdad sobresaliente acerca de Jesús es que en Él vemos a Dios: La mente de Jesús es la Mente de Dios; las palabras de Jesús son las palabras de Dios; las acciones de Jesús son las acciones de Dios.
2) Esta identidad no se basa tanto en la igualdad como la obediencia total. Jesús no hacía nunca lo que a Él le parecí mejor, sino siempre lo que Dios quería que hiciera; por eso podemos ver a Dios en Él.
3) Esta obediencia no consiste en sumisión a un poder, sino en amor. La unidad entre Jesús y Dios es la unidad del amor: Hay una identidad tan completa de mente y voluntad y corazón que el Padre y el Hijo son Uno.
Pero este pasaje tiene todavía más que decirnos sobre Jesús.
Nos habla de su completa confianza. A Jesús no le cabía la menor duda de que el futuro estaba en las manos de Dios, y que nadie podía impedirle que hiciera lo que Dios le había enviado a hacer.
Y nos habla de su completa intrepidez: Era seguro que no le entenderían y que sus palabras inflamarían las mentes de sus oyentes y lo pondrían en peligro; pero para Él lo único importante era ser fiel para con Dios, y no el evitar los peligros a que se pudiera exponer.

Vida, Juicio y Honor
Juan 5: 21-23
Aquí vemos tres grandes funciones que pertenecen a Jesucristo como Hijo de Dios.
a) Es el dador de la vida. Juan lo dice en un doble sentido; nadie está plenamente vivo hasta que Jesucristo entra en su vida y él entra en Jesucristo. Después que haya acabado esta vida, se abre una vida incalculablemente más plena y maravillosa para la persona que ha aceptado a Jesucristo. Jesucristo es el dador de la vida tanto en este mundo como en el por venir.
b) Es el que trae el juicio. Juan dice que Dios ha confiado todo el proceso del juicio a Jesucristo. Lo que quiere decir es que el juicio de una persona depende de su reacción a Jesús; nuestra reacción ante Él es la prueba que divide a la humanidad.
c) Es el que recibe el honor. En medio de persecuciones y desprecios, a pesar de lo reducido de su número y de la escasez de su influencia, ante el fracaso y la deslealtad, el Nuevo Testamento y la Iglesia Primitiva nunca pusieron en duda el triunfo final de Cristo.

La Vida y la muerte
Juan 5: 24-29
Jesús dice sencillamente que el aceptarle es la vida, y el rechazarle es la muerte… Dios es como Jesús nos dice que Él es: que es amor; y es entrar en una nueva relación con Dios, y aceptar la clase de vida que Jesús nos ofrece, aunque sea difícil y conlleve sacrificios, en la seguridad de que aceptarla es entrar en el camino definitivo que conduce a la paz y a la felicidad… Rechazarla es tomar el camino que conduce infaliblemente a la muerte y al juicio.
Cuando lo hacemos, entramos en tres nuevas relaciones: Entramos en una nueva relación con Dios: el temor se vuelve amor; entramos en una nueva relación con nuestros semejantes: el egoísmo deja paso al servicio, y el rencor al perdón; y entramos en una nueva relación con nosotros mismos: La debilidad pasa a ser fuerza; el fracaso, éxito, y la tensión, paz.
La persona que acepta a Cristo ha pasado de muerte a vida. Ya en este mundo la vida se convierte en algo nuevo y emocionante; en el mundo por venir la vida eterna con Dios se convierte en una seguridad.
Aquí resaltan las credenciales mesiánicas de Jesús con toda claridad. Él es el Hijo del Hombre; el que trae la vida y el que da la vida; el que resucitará a los muertos a la vida y, cuando hayan resucitado, será su Juez.
En este pasaje Juan parece usar la palabra muertos en dos sentidos.
1) La usa refiriéndose a los que están muertos espiritualmente; a ellos les trae Jesús una vida nueva.
Estar muerto espiritualmente es haber dejado de sentir; es volverse insensible contemplando el mal sin sentir indignación; la miseria y el sufrimiento, sin sentir la espada del dolor y de la piedad que les atraviesa el corazón. Si ha desaparecido la compasión es que el corazón está muerto.
Estar muerto espiritualmente es haber dejado de arrepentirse. El día cuando uno puede pecar en paz es el día de su muerte espiritual; y es fácil deslizarse hacia esa actitud… Para evitar la muerte espiritual debemos mantenernos sensibles al pecado manteniéndonos sensibles a la presencia de Jesucristo.
2) Juan usa también la palabra muertos en sentido literal. Jesús enseña que habrá una resurrección, y que lo que le suceda a cada uno en el más allá estará inseparablemente unido a lo que haya hecho en esta vida. La tremenda importancia de esta vida es que determina nuestro destino eterno. A lo largo de toda nuestra vida escogemos, o el camino que conduce a la vida, o el camino que conduce a la muerte.




Lección nº 19:
EL JUICIO VERDADERO Y EL TESTIMONIO SUPREMO
Juan 5: 30-47

El Juicio verdadero
Juan 5: 30
En el pasaje anterior, Jesús ha reclamado el derecho de juzgar; porque Él no tenía ningún deseo de hacer nada aparte de la voluntad de Dios, su derecho se basaba en que su juicio era el juicio de Dios.
Le es muy difícil a cualquier persona el juzgar a otra con justicia. Si nos examinamos honradamente a nosotros mismos descubriremos muchos motivos que afectarían nuestro juicio…Sólo una persona cuyo corazón y cuyos motivos fueran absolutamente limpios podría .juzgar a otra persona con justicia… Y no existe tal persona aparte de Jesús.
Pero, por otra parte, el juicio de Dios es perfecto. Sólo Dios tiene conocimiento perfecto y, por tanto, su juicio es perfecto porque tiene en cuenta todas las circunstancias.
El derecho de Jesús a juzgar está basado en el hecho de que en Él está la perfecta Mente de Dios. Él no juzga con la inevitable mezcla de motivos humanos, sino con la perfecta santidad, el perfecto amor y la perfecta misericordia de Dios.

El Supremo Testimonio
Juan 5: 31-36
Vemos a Jesús contestando las acusaciones de sus oponentes…
Empieza por admitir el principio universal de que la evidencia exclusiva de una persona acerca de sí misma no se puede aceptar como prueba. Tiene que haber por lo menos dos testigos (Deuteronomio 17: 6; 19: 15
1 Timoteo 5:19). Jesús empezó por admitir plenamente la norma legal de los judíos acerca de la evidencia.
Pero tiene otros testigos. Dice que su testigo es “Otro”, queriendo decir Dios. Volverá a ese punto; pero antes cita a Juan el Bautista, que había dado testimonio de Jesús en repetidas ocasiones (Juan 1:19, 20, 26, 29, 35 y 36). Entonces Jesús hace el elogio de Juan, y desautoriza a las autoridades judías.
Dice que Juan era una lámpara que ardía e iluminaba. La función de la luz es guiar, y Juan guiaba a la gente al arrepentimiento y hacia Dios. Per según la naturaleza de las cosas, una lámpara se agota; al dar luz se consume a sí misma. Juan iba disminuyendo mientras Jesús iba aumentando. El verdadero testigo se consume por Dios.
Al hacer el elogio de Juan, Jesús acusa a los judíos. Estuvieron dispuestos a complacerse con Juan por cierto tiempo, pero nunca le tomaron realmente en serio… Estaban dispuestos a escucharle mientras dijera lo que ellos esperaban, para abandonarle después tan pronto como dijera algo que no les convenía.
Pero Jesús no apeló a la evidencia de Juan. Dijo que no era la evidencia de hombres falibles la que iba a aportar en defensa de sus credenciales.
Entonces aporta el testimonio de sus obras. Eso había hecho también cuando el mismo Juan le mandó a algunos de sus discípulos a preguntarle si era Él el Mesías (Mateo 11:4, y Lucas 7:22). Jesús cita ahora sus obras, no para atraer la atención de nadie hacia sí mismo, sino para señalar al poder de Dios que obraba en Él y por medio de Él. Dios era su supremo Testigo.

El Testimonio histórico
Juan 5: 37-43
Jesús aquí puede querer decir: “Es verdad que Dios es invisible; y también lo es su testimonio, porque es la respuesta que surge en el corazón humano cuando la persona se ve confrontada conmigo...” Cuando nos vemos confrontados por Cristo, vemos en El al que es supremamente amable y supremamente sabio; esa convicción es el testimonio de Dios en nuestro corazón… Puede que aquí Jesús quisiera decir que la convicción de su soberanía en nuestro corazón es el testimonio interior de Dios (testimonio que no se ve).
Puede ser que lo que Juan quería decir es que el testimonio que Dios da de Jesucristo se encuentra en las Escrituras. Los judíos escudriñaban la Ley y, sin embargo, no reconocieron a Cristo cuando vino. ¿Qué les pasó? ¿Cómo fue posible que los mejores estudiantes de la Biblia del mundo, que leían las Escrituras continua y meticulosamente, rechazaran a Jesús? ¿Cómo pudo suceder eso?
Está claro que no leían las Escrituras como es debido. Las leían con la mente cerrada. No para buscar a Dios, sino para encontrar argumentos que apoyaran sus puntos de vista. No amaban a Dios de veras; amaban sus propias ideas acerca de Dios.
Cometían además una equivocación todavía más grave: creían que Dios les había dado una revelación sólo escrita... La revelación de Dios está en la Historia. No se trata de que Dios haya hablado, y nada más; Dios actúa. La Biblia misma no es su revelación, sino el relato de su revelación. Pero ellos adoraban las palabras de la Biblia.
No hay más que una manera adecuada de leer la Biblia: como testimonio de Jesucristo. Entonces, muchas de las cosas que nos dejan perplejos, o que nos inquietan a veces, se ven claramente como etapas del camino, señalando anticipadamente a Jesucristo, que es la suprema revelación, y a cuya luz hay que poner a prueba toda otra revelación.
Los judíos adoraban a un Dios que escribía, más que a un Dios que actuaba; y, por tanto, cuando vino Cristo, no le reconocieron. La misión de la Escritura no es dar la vida, sino señalar al que la da.
Aquí hay dos cosas supremamente reveladoras:
1) En el versículo 34, Jesús había dicho que el propósito de sus palabras era que ellos se salvaran. Aquí dice: “No busco la gloria que me puedan dar los hombres, sino porque os amo y quiero salvaros”.
Aquí hay algo tremendo. Cuando se arma una controversia; ¿cuál es nuestra actitud fundamental? ¿Nos damos por ofendidos? ¿Nos sentimos heridos en el orgullo?... Jesús hablaba como hablaba solamente porque amaba a las personas. Su tono podía ser serio; pero en esa seriedad dominaba el acento del amor anhelante; le centelleaban los ojos, pero la llama era la del amor.
2) Jesús dice: “Al que viene en su propio nombre, a ése sí le recibís”. Había habido una sucesión de impostores que pretendían ser el Mesías, y todos habían tenido seguidores (Marcos 13:6, 22; Mateo 24:5, 24). ¿Por qué sigue la gente a los impostores? Porque son “personas cuyos programas están de acuerdo con los deseos de los demás”… Los mesías impostores venían prometiendo imperios y victoria y prosperidad material; Jesús vino prometiendo una Cruz. La característica del impostor es que ofrece el camino fácil; Jesús ofrece a la humanidad un camino duro para ir a Dios. Los impostores perecieron; pero
Cristo vive.

La mayor Condenación
Juan 5: 44-47
Los escribas y fariseos anhelaban las alabanzas de la gente. Se vestían de forma que todos los pudieran reconocer. Oraban sus rezos de manera que los pudieran oír. Les encantaban los primeros asientos de la sinagoga. Procuraban que los saludaran respetuosamente en las calles. Y precisamente por todo eso no podían escuchar la voz de Dios. ¿Por qué? Mientras uno no se compare nada más que con los demás, encontrará motivos para darse por satisfecho. Pero lo importante no es: “¿Soy mejor que mis vecinos?”, sino: “¿Qué opinión tiene de mí el Señor?”
Mientras nos comparemos con nuestros semejantes, siempre podremos encontrar algunos a los que consideremos inferiores; y eso hace imposible la fe, que nace de un sentimiento de necesidad, como explicó tan claramente Jesús en la parábola del Fariseo y el Publicano (Lucas 18:9-14). Pero cuando nos comparamos con Jesucristo nos vemos reducidos a nuestra estatura real, y entonces nace la fe, porque no podemos hacer otra cosa que confiar en la misericordia de Dios.
Jesús acaba con una acusación que no podría por menos de impactar. Los judíos creían que los libros que les había dejado Moisés eran la mismísima Palabra de Dios. Jesús les dijo: “Si hubierais leído esos libros como es debido, os habríais dado cuenta de que todos Me señalan a Mí”. Y prosiguió: “Vosotros creéis que, porque tenéis a Moisés como mediador, estáis a salvo; pero Moisés es el que os condenará porque él escribió acerca de Mí”…
Aquí tenemos una verdad grande y aterradora. Lo que había sido el mayor privilegio de los judíos se convirtió en su mayor condenación. No se puede condenar a una persona que no haya tenido oportunidad; pero a los judíos se les había concedido un conocimiento superior, que ellos habían descuidado, y que se había convertido en su condenación. La responsabilidad es siempre la otra cara del privilegio.




Lección nº 20:
JESÚS MUESTRA SU PODER Y SU PRESENCIA
Juan 6: 1-21

Los panes y los peces
Juan 6: 1-13
De Capernaún al otro lado del mar de Galilea había una distancia de unos siete kilómetros, que recorrieron en la barca. La gente había estado observando con admiración las obras de Jesús. Era fácil adivinar la dirección que llevaba la barca, así es que se dieron prisa para dar la vuelta a la parte superior del mar por tierra. Dos millas río arriba estaba los vados del Jordán. Cerca de los vados había un pueblo que se llamaba Betsaida Julias, para distinguirla de la otra Betsaida de Galilea; y era hacia ese lugar hacia el que se dirigía Jesús (Lucas 9:10). Cerca de Betsaida Julias, casi a la orilla del lago, había una llanurita en la que solía haber buena hierba. Iba a ser el escenario de un acontecimiento extraordinario.
En un principio Jesús había subido a la colina que hay detrás de la llanura y se había sentado allí con sus discípulos. Luego, el gentío empezó a presentarse en tropel. Habían recorrido a toda prisa 15 km rodeando el lago y vadeando el río. Es probable que los grupos de peregrinos que iban a Jerusalén para la fiesta de la Pascua engrosaran el gentío.
A Jesús se le avivó la compasión a la vista de la multitud. Llegaban hambrientos y agotados. Era natural acudir en primer lugar a Felipe, que era de Betsaida (Juan l: 44) y conocería bien los recursos de la región. Jesús le preguntó dónde se podían obtener alimentos. La respuesta de Felipe era descorazonadora; dijo que, aun en el caso de que se pudiera conseguir, costaría más de 200 denarios dar a cada uno de los presentes aunque nos, fuera más que un bocado. Recordemos que un denario era el salario diario de un obrero…
Pero entonces aparece Andrés en la escena. Había descubierto a un muchaco que llevaba cinco panecillos de cebada y dos pescaditos. Probablemente aquello era su merienda. A lo mejor había salido a pasar el día en el campo, y se había unido al gentío. Andrés, como tenía por costumbre, le trajo a Cristo.
El chico no llevaba gran cosa... El pan de cebada era el de los más pobres y los pescaditos no serían más grandes que sardinas.
Jesús les dijo a sus discípulos que hicieran que la gente se sentara. Tomó en sus manos los panecillos y los pescaditos y dio gracias a Dios por ellos. Al hacerlo estaba actuando como el padre de aquella familia y la gente comió hasta quedar satisfecha. Hasta la palabra que se usa para satisfecha, jortázesthai, quería decir “darse un hartazgo”…
Después Jesús mandó a sus discípulos que recogieran los restos. ¿Por qué? En las fiestas judías se tenía la costumbre de dejar algo para los servidores y no hay duda que eso es lo que harían muchos en esta ocasión… Se recogieron doce cestas llenas de pedazos sobrantes. Sin duda cada uno de los apóstoles tendría su cesta. Así se alimentó la hambrienta multitud, y aun más.
Puede que esta historia represente el milagro más grande de todos, no el de un cambio que se realizó en unos panes y unos peces, sino en unos hombres y unas mujeres. ¿No es éste el milagro que tiene que asumirse en la humanidad, y que estamos seguros de que se repetiría si, siguiendo el ejemplo de Cristo, aprendiéramos todos a compartir?
Fuera como fuera, allí había ciertas personas sin las cuales el milagro no habría sido posible.
Estaba Andrés... Andrés fue el que dijo: “¡A ver lo que puedo hacer yo! Seguro que Jesús hará todo lo demás”. Fue Andrés el que trajo a aquel muchacho a Jesús, lo que fue el primer paso para que se realizara el milagro. No podemos saber nunca lo que puede suceder cuando le traemos a alguien a Jesús.
Estaba el muchacho. No podía ofrecer mucho; pero con aquello tuvo Jesús el material necesario para obrar un milagro. Habría habido un acontecimiento maravilloso menos en la humanidad si aquel chico se hubiera guardado sus panes y sus peces para sí, y nadie se lo habría podido reprochar.
Puede que sintamos no tener más que un poco y nos dé vergüenza traerlo a Jesús; pero eso no es razón para dejar de aportar lo que tenemos y somos: Poco es a menudo mucho en las manos de Cristo.

La reacción de la gente
Juan 6: 14-15
Aquí tenemos la reacción de la multitud. Los judíos esperaban al Profeta que creían que les había prometido Moisés.
Una de las razones fue que estaban ansiosos por respaldar a Jesús porque les había dado lo que ellos querían. Los había curado y los había alimentado; en consecuencia, estaban dispuestos a reconocerle como su jefe. Hay tal cosa como una lealtad interesada…
La actitud del gentío nos desagrada. Pero, ¿somos nosotros tan diferentes? Cuando queremos consuelo en la aflicción, fuerza en la dificultad, paz en el revuelo, ayuda en la depresión, esperanza ante la muerte, no hay nadie tan maravilloso como Jesús, y le hablamos y vamos a Él y le abrimos nuestro corazón; pero, cuando nos viene con alguna seria demanda de sacrificio, con algún desafío al esfuerzo, con el ofrecimiento de alguna cruz, no queremos saber nada de Él. Si nos examinamos el corazón, puede que descubramos que nosotros también queremos a Jesús por lo que le podamos sacar.
Aquella multitud de judíos habría seguido a Jesús al momento porque les daba lo que ellos querían, y deseaban usarle para sus propios fines. Esa actitud todavía prevalece en muchos que quieren los dones de Cristo sin su Cruz; que quieren usarle en vez de dejarle que nos usara Él.


Jesús anima a sus discípulos andando sobre el mar
Juan 6: 16-21
Después de dar de comer a los cinco mil que luego quisieron hacerle rey, Jesús se retiró a solas al monte. El día se extinguió. Llegó la hora que los judíos describían como “la segunda tarde”, el tiempo entre el crepúsculo y la noche. Jesús todavía no había vuelto. No debemos pensar que los discípulos eran tan olvidadizos o descorteses como para dejarse atrás a Jesús; porque, según nos cuenta la historia Marcos, Jesús les había dicho que se le adelantaran (Marcos 6:45), mientras Él trataba de convencer a la gente para que se fuera a casa. Sin duda tenía intención de rodear a pie la cabecera del lago mientras ellos la cruzaban a remo, y reunirse con ellos en Capernaún.
Los discípulos se embarcaron. Como sucede a veces en aquel lago rodeado de montañas, se levantó un fuerte viento que batía las aguas y las convertía en espuma amenazadora. En la colina, Jesús había estado orando en comunión con Dios; cuando se puso en camino, la luna iluminaba la escena como si fuera de día y allá abajo podía ver la barca y a los remeros, bogando a más no poder. Entonces Jesús bajó de la colina.
Debemos recordar dos hechos. Por la parte Norte el lago no tenía más que cuatro millas de ancho, y Juan nos dice que los discípulos habían remado entre tres y cuatro millas; es decir, que estaban ya cerca de su destino. Es natural suponer que en la tormenta procurarían llegar a la orilla lo más pronto posible para buscar cualquier refugio que pudieran encontrar.
Jesús iba andando por la orilla (se nos dice “caminando sobre el mar”) y los agotados discípulos levantaron la vista y, de pronto, le vieron. Era tan inesperado, y llevaban tanto tiempo remando desesperadamente, que se alarmaron como si estuvieran viendo un fantasma. Pero sobre las aguas turbulentas les llegó aquella voz bien amada: “¡No tengáis miedo, que soy Yo!”…
Aquí tenemos precisamente la clase de historia que un pescador como Juan atesoraría con cariño en su memoria. Siempre que la recordara la reviviría: el gris plateado de la luz de la Luna llena (6:4 dice que estaba cerca la Pascua que se llevaba a cabo con el plenilunio), la aspereza de los remos en las manos cansadas, el rugido de la tempestad, las sacudidas de la vela, el sordo murmullo del agua, la sorprendentemente inesperada aparición de Jesús en la orilla, el sonido de sus palabras a través de las olas enfurecidas y el golpe de la barca al tocar tierra.
Al recordarlo, Juan descubrió maravillas que quiso compartir con nosotros:
a) Recordó que Jesús siempre esta vigilante... Juan se dio cuenta de que todo el tiempo que habían estado bregando con los remos y la vela, la mirada amorosa de Jesús había estado sobre ellos.
b) Recordó que Jesús vino al encuentro de ellos... Bajó de la colina para animar a sus discípulos a hacer el esfuerzo final que los pondría a salvo. No nos observa con distante indiferencia; cuando faltan las fuerzas viene a darnos nuevas fuerzas para el esfuerzo final que ha de lograr la victoria.
d) Recordó que Jesús ayuda... Siempre estuvo con ellos y les animó a llegar a la orilla.
d) Jesús siempre habrá de llevarnos al buen puerto. A Juan le pareció recordar que, tan pronto como llegó Jesús, la quilla de la barca tocó tierra, y habían llegado a salvo.




Lección nº 21:
EL PAN DE VIDA
Juan 6: 22-40

Una búsqueda interesada
Juan 6: 22-27
La multitud se había quedado al otro lado el lago y esperaron porque se habían dado cuenta de que no había más que una barca, y que los discípulos se habían ido en ella sin Jesús; así es que dedujeron que Él tendría que estar por allí cerca. Después de esperar algún tiempo; empezaron a darse cuenta de que Jesús no volvía. Habían llegado a la bahía algunos barcos de Tiberíades, tal vez para refugiarse de la tormenta de la noche anterior. Los que estaban esperando se embarcaron y volvieron así a Capernaún.
Al descubrir; para su sorpresa, que Jesús ya estaba allí, le preguntaron que cuándo había llegado. Jesús, sencillamente, no contestó a la pregunta; la cosa no tenía el menor interés y entró en materia de inmediato. “En lo único que estáis pensando es en la comida”, les dijo. Es como si les dijera: “Estáis tan ocupados pensando en vuestro estómago que no os acordáis de vuestra alma”.
Hay dos clases de hambre: el hambre física, que puede satisfacer la comida física; y el hambre espiritual, que aquel alimento no puede saciar.
Lo que Jesús quería decir era que aquellos judíos no estaban interesados nada más que en cosas materiales. Habían recibido una comida inesperadamente gratuita y abundante, y querían más. Pero hay otras hambres que sólo Jesús puede saciar. Está el hambre de verdad: sólo en Jesús se encuentra la verdad de Dios. Está el hambre de vida: sólo en Jesús encontramos vida en abundancia. Está el hambre de amor: sólo en Jesús se encuentra el amor que sobrepuja al pecado y a la muerte. Sólo Jesús puede satisfacer el hambre del corazón y del alma.
Por eso Jesús puede satisfacer el hambre de eternidad: Él es la verdad encarnada de Dios; y Dios es el único que puede satisfacer plenamente el hambre del alma que Él mismo ha creado.

La obra que Dios espera
Juan 6: 28-29
Cuando Jesús hablaba de las obras de Dios, los judíos pensaban en términos de «buenas obras». Estaban convencidos de que se podía ganar el favor de Dios haciendo buenas obras. Para ellos, la humanidad se dividía en tres clases: los buenos, los malos y los de en medio; éstos últimos, si hacían una buena obra, pasaban a la categoría de buenos, y si mala, a la de malos. Así que, cuando los judíos le preguntaron a Jesús sobre las obras de Dios, esperaban que estableciera una lista de cosas. Pero no es eso lo que dice Jesús.
La respuesta de Jesús es sumamente breve: Dijo que lo que Dios espera de nosotros es que creamos en el que Él ha enviado. Él es quien vino a decirnos que Dios es nuestro Padre y nos ama y quiere perdonarnos por encima de todo.
Pero esa nueva relación con Dios desemboca en una cierta clase de vida. Ahora que sabemos cómo es Dios, nuestra vida tiene que reflejar ese conocimiento: La esencia de la vida cristiana es una nueva relación con Dios, una relación que Él nos ofrece, y que hace posible la revelación que Jesús nos ha traído de Dios; una relación que conduce al servicio, pureza y confianza que son un reflejo de Dios en nuestras vidas. Esta es la obra que Dios quiere que hagamos, y para la cual nos capacita.

Los judíos demandan señales
Juan 6: 30-34
La conversación es aquí típicamente judía en terminología, trasfondo y alusiones. Jesús acababa de presentar una gran credencial: creer en Él era la verdadera obra de Dios. “Muy bien, -le dijeron los judíos- ¿luego Tú pretendes ser el Mesías? ¡Demuéstralo!”
Todavía seguían pensando en la alimentación de la multitud, e inevitablemente se retrotrajeron con el pensamiento al maná en el desierto y los rabinos creían firmemente que, cuando viniera el Mesías, repetiría el milagro del maná. La provisión del maná se consideraba la obra cumbre de la vida de Moisés, y el Mesías no podría por menos de superarla. En otras palabras: los judíos estaban desafiando a Jesús a que produjera el pan de Dios para justificar sus pretensiones. No consideraban que el pan que habían comido los cinco mil era el pan de Dios en el sentido que ellos esperaban; procedía de panes terrenales y se había multiplicado como pan terrenal. El maná, creían, había sido otra cosa diferente, y sería la prueba definitiva.
La respuesta de Jesús era doble. En primer lugar, les recordó que no había sido Moisés el que les había dado el maná, sino Dios. Y en segundo lugar, les dijo que el maná no había sido el verdadero pan de Dios, sino sólo un símbolo. El pan de Dios era el que había descendido del Cielo para dar a la Humanidad, no la simple satisfacción del hambre física, sino la vida. Jesús presentaba sus credenciales de que la única verdadera satisfacción se encuentra en Él.

Jesús: El Pan de Vida
Juan 6: 35-40
Este es uno de los grandes pasajes del Cuarto Evangelio, y de todo el Nuevo Testamento. En él encontramos dos grandes líneas de pensamiento que debemos tratar de analizar.
1) En primer lugar, ¿qué quería decir Jesús con: “Yo soy el pan de la vida”?
No basta con tomarlo sencillamente como una frase bonita y poética.
El pan sostiene la vida. Es algo sin lo cual la vida no puede proseguir; pero, ¿qué es la vida? No cabe duda de que es mucho más que la mera existencia física. La vida verdadera es la nueva relación con Dios, esa relación de confianza y obediencia y amor que ya hemos considerado. Esa relación sólo es posible por medio de Jesucristo; sin Él no podemos entrar en ella. Es decir: sin Jesús puede que haya existencia, pero no vida.
Por tanto, si Jesús es esencial a la vida, se le puede describir como el pan de la vida. El hambre de la situación humana termina cuando conocemos a Cristo y, por medio de Él, a Dios. En Él el alma inquieta encuentra reposo; el corazón hambriento encuentra satisfacción.
2) En segundo lugar, este pasaje nos despliega las etapas de la vida cristiana. Vemos a Jesús en las páginas del Nuevo Testamento, en la enseñanza de la Iglesia, a veces hasta cara a cara. Habiéndole visto, acudimos a Él como alguien accesible y entonces creemos en Él. Es decir, le aceptamos como la suprema autoridad acerca de Dios, de nosotros mismos y de la vida. Eso quiere decir que no acudimos a Él por mero interés, ni en igualdad de términos; sino, esencialmente, para someternos. Este proceso nos da la vida. Es decir, nos pone en una nueva relación de amor con Dios, en la que le conocemos como nuestro Amigo íntimo; ahora podemos sentirnos a gusto con el que antes temíamos y no conocíamos.
Esta posibilidad es gratuita y universal. La invitación es para todos los seres humanos. No tenemos más que aceptarlo, y ya es nuestro el pan de la vida. El único acceso a esta nueva relación con Dios es por medio de Jesús; sin Él nunca habría sido posible, y aparte de Él sigue siendo imposible. No hay investigación de la mente ni anhelo del corazón que pueda encontrar a Dios aparte de Jesús.
Detrás de todo este proceso está Dios. Dios no se limita a proveer la meta; también mueve el corazón para que le desee; obra en el corazón para desarraigar la rebeldía y el orgullo que podrían obstaculizar la entrega total. No podríamos ni siquiera empezar a buscarle si no fuera porque Él ya nos ha encontrado.
Lo único que puede frustrar el propósito de Dios es la oposición del corazón humano. La vida está ahí para que la tomemos... o para que la rechacemos.
Cuando la tomamos entra en la vida una nueva satisfacción. El corazón humano encuentra lo que estaba buscando, y la vida deja de ser un mero vegetar para ser algo lleno a la vez de emoción y de paz; y entonces tenemos seguridad hasta más allá de la muerte.
A esta nueva y definitiva experiencia humana, sólo a través de Él, Jesús hace referencia al definirse como el Pan de la Vida, que nos garantiza la Vida Eterna…




Lección nº 22:
EL PAN DE VIDA: SU CUERPO Y SU SANGRE
Juan 6: 41-58

El rechazo de los judíos
Juan 6: 41-51
Este pasaje da las razones por las que los judíos rechazaron a Jesús y, al rechazarle a Él, rechazaron la vida eterna.
Juzgaban las cosas con una escala de valores humana y por motivos externos. Su reacción ante las credenciales de Jesús era recordar el hecho de que Él era el hijo del carpintero y que le habían visto crecer en Nazaret. Eran incapaces de aceptar que Uno que era un artesano y que procedía de una familia humilde pudiera ser un Mensajero especial de Dios.
Dios tiene muchos mensajeros. Su Mensaje supremo nos lo trajo un carpintero galileo, y por eso fue por lo que los judíos lo rechazaron.
Los judíos se pusieron a discutir entre ellos… Lo que más les interesaba era hacerles saber a los demás cuál era su opinión; y lo que menos, lo que Dios pudiera pensar.
Oyeron, pero no aprendieron. Hay diferentes maneras de escuchar. Está la manera de la crítica; la del resentimiento; la de la superioridad; la de la indiferencia, y la del que escucha sólo porque en ese momento no tiene oportunidad de hablar… La única manera de escuchar que vale la pena es la de oír y aprender; y es la única manera de escuchar a Dios.
Los judíos resistieron la atracción de Dios (v. 44)… Solamente aceptan a Jesús los que Dios atrae a Él. La palabra que usa Juan para atraer es helkyein. Lo interesante de la palabra es que casi implica una cierta resistencia. Se usa para tirar de una red cargadísima hacia la orilla (Juan 21:6, 11). Se usa de cuando arrastraron a Pablo y Silas a los magistrados en Filipos (Hechos 16:19). Es la palabra que se usa para desenvainar o tirar de espada (Juan 18:10). Siempre implica algo de resistencia. Dios puede atraer a las personas; pero la resistencia de éstas a veces puede más que el tirón de Dios.
Jesús insiste que Él es el pan de vida, lo que quiere decir que es esencial para la vida; por tanto, el rechazar la invitación y orden de Jesús es perder la vida, y morir…
En la antigua historia de Números, los que rehusaron insistentemente arrostrar los peligros de la tierra prometida después del informe de los exploradores fueron condenados a vagar por el desierto hasta morir. Porque se negaron a aceptar la dirección de Dios, fueron excluidos para siempre de la tierra prometida. Los rabinos creían que los antepasados que murieron en el desierto, no sólo se perdieron la tierra prometida, sino también la vida por venir. El rehusar el ofrecimiento de Cristo es perderse la vida en este mundo y en el venidero, mientras que el aceptarla es hallar la verdadera vida en este mundo y la gloria en el venidero.

Su Cuerpo y su Sangre
Juan 6: 51-58
Estas ideas serían perfectamente normales para los que conocían los sacrificios en el mundo antiguo. La víctima rara vez se quemaba del todo. Por lo general sólo una pequeña porción, aunque todo el animal se ofrecía en sacrificio. Parte de la carne correspondía a los sacerdotes por derecho de su oficio; y otra parte se devolvía a los adoradores, que la usaban para hacer una fiesta con sus amigos en el recinto del templo pagano. En esa fiesta se consideraba que el dios del lugar era el huésped de honor.
Además, una vez que la carne se había ofrecido al dios, se creía que éste había entrado en ella y, por tanto, cuando el adorador la comía, estaba recibiendo igualmente al dios en su cuerpo. Cuando las personas que habían participado de la fiesta se volvían a sus casas, creían que iban literalmente llenas de ese dios…Para los que vivían en aquel mundo de ideas este pasaje no presentaba ninguna dificultad.

Veamos que quiere decir este mensaje de Jesús, refrescado por Juan:
Sin duda que Juan nos quiere decir que, en Jesús, Dios ha asumido la vida humana, enfrentándose con nuestras situaciones, luchando con nuestros problemas, resistiendo nuestras tentaciones, sufriendo nuestros dolores y desarrollando nuestras relaciones humanas.
Por tanto, es como si Jesús dijera: “Alimentad vuestro corazón, vuestra mente y vuestra alma con Mi humanidad… ¡acordaos de que Yo tomé esa vida vuestra y esas luchas vuestras sobre Mí!”
El comer el cuerpo de Cristo es alimentarnos con el pensamiento de su humanidad hasta que nuestra propia humanidad se fortalezca y limpie e impregne de la suya.
Jesús dijo también que hemos de beber su sangre. En el pensamiento judío, la sangre representa la vida. Además, para los judíos la sangre pertenece a Dios. Cuando Jesús dice “tenéis que beber Mi sangre” quiere decir “debéis poner Mi vida en el mismo centro de vuestro ser; y esa vida Mía es una vida que pertenece a Dios”. Cuando Jesús dijo que tenemos que beber Su sangre, quería decir que tenemos que recibir Su vida en lo más íntimo de la nuestra.
¿Qué quiere decir eso? Pensadlo así: figuraos que hay en un estante un libro que una persona no ha leído nunca. Puede que sea el Quijote, la más grande novela de la literatura universal; pero, mientras siga sin leerla, estará fuera de esa persona. Un buen día la toma en sus manos y la lee. La emociona, encanta y conmueve. Argumento y personajes quedan en su memoria; y, a partir de entonces, siempre que quiera, puede recuperar esa maravilla que tiene en su interior, y recordarla y meditarla y saborearla, y alimentar su mente y su corazón con ella. Hubo un tiempo en que aquel libro estaba fuera de la persona. Ahora está dentro de ella, y se puede alimentar de él.
Así sucede con todas las grandes experiencias de la vida: están fuera de nosotros hasta que las asumimos.
Eso es lo que sucede con Jesús. Mientras no sea para nosotros más que el personaje de un libro, está fuera de nosotros; pero cuando entra en nuestro corazón, podemos alimentarnos de la vida y la fuerza y la vitalidad que Él nos da.
Pero Juan quería decir mucho más que eso, y estaba pensando también en la Mesa del Señor…Pero -aquí está la maravilla de este punto de vista-Juan no nos relata la última Cena. Nos aporta su enseñanza acerca de ella, no en el relato del Aposento Alto, sino en el de una comida campestre, en una ladera cerca de Betsaida Julias, junto a las aguas azules del mar de Galilea…
En el pensamiento de Juan, la mesa de la comunión y la del comedor de casa, la comida campestre en la playa o en la montaña se parecen en que en todas gustamos y tocamos el pan y el vino que nos traen a Cristo.
El Cristianismo sería muy pobre si Cristo estuviera limitado a las iglesias. Juan está convencido de que le podemos encontrar en cualquier sitio, porque el mundo está lleno de Él.




Lección nº 23:
PALABRAS DE VIDA ETERNA
Juan 6: 59-71

Dura es esta palabra…”
Juan 6: 59-62
No nos sorprende que los discípulos de Jesús encontraran difícil de entender su predicación en la sinagoga de Capernaún.
Pero la palabra griega que se usa aquí es skléros, duro, que quiere decir, no difícil de entender, sino difícil de aceptar. Los discípulos sabían muy bien que Jesús había estado presentándose como la misma vida de Dios que había descendido del Cielo, y que nadie podía vivir esta vida ni enfrentarse con la eternidad sin someterse a Él.
Aquí nos encontramos con una verdad que vuelve a aparecer en cada época. Una y otra vez no es la dificultad intelectual lo que impide que muchos se hagan cristianos, sino la altura de la demanda moral de Cristo. En el corazón de toda religión tiene que haber misterio, por la sencilla razón de que allí está Dios. Es natural que las personas no podamos comprender plenamente a Dios. Cualquier sincero pensador aceptará que tiene que haber misterios.
La dificultad real del Cristianismo es doble. Demanda un acto de rendición a Cristo, aceptarle a Él como la autoridad final; y demanda un estándar moral de la más alta calidad…
Los discípulos se daban cuenta de que Jesús se había presentado como la misma vida y Mente de Dios venida a la Tierra; la dificultad de la gente era aceptar aquello como verdad, con todas sus consecuencias. Hasta el día de hoy hay muchos que rechazan a Cristo, no porque se lo pone difícil al intelecto, sino porque desafía a la vida.
Jesús continúa afirmando que algún día los hechos demostrarían que tenía razón. Lo que decía era en realidad: “Os resulta difícil creer que Yo soy el pan, eso esencial para la vida, descendido del Cielo. Pues bien, no tendréis dificultad en aceptarlo cuando un día me veáis ascendiendo de vuelta al Cielo”. Es un anuncio de la Ascensión, definiendo a su Resurrección como la garantía de esas credenciales que presentaba a sus oyentes… Él no fue simplemente alguien que vivió noblemente y murió heroicamente por una causa perdida; es el único cuyas credenciales han sido confirmadas por el hecho de su resurrección.

El espíritu que da vida…
Juan 6: 63
Jesús sigue diciendo que lo único absolutamente imprescindible es el poder vivificador del Espíritu; la carne no puede hacer nada. Podemos expresarlo muy sencillamente de una manera que nos dará por lo menos algo de su significado: La cosa más importante es el espíritu en el que se realiza una acción.
El verdadero valor de una cosa depende de su finalidad. Si comemos nada más que por comer, somos unos glotones, y nos hará más daño que bien; pero si comemos para mantener la vida, para cumplir mejor con nuestro trabajo, para estar sanos, tiene sentido comer… Si uno pasa un montón de tiempo haciendo deporte sin más, está, en el mejor de los casos, perdiendo el tiempo. Pero si dedica un tiempo al deporte para mantener su cuerpo en forma y así poder hacer mejor su trabajo para Dios y sus semejantes, el deporte deja de ser algo trivial y pasa a ser importante.
Las cosas de la carne adquieren su verdadero valor del espíritu con que se hacen.
Jesús añade: “Mis palabras son espíritu y vida”. Él es el único que nos puede decir lo que es la vida, poner en nosotros el espíritu en que debe vivirse y darnos la fuerza para vivirla… Cristo es el único que puede darnos un verdadero propósito en la vida, y el poder para desarrollar ese propósito frente a la constante oposición que nos viene de dentro y de fuera.

Los que no creen
Juan 6: 64-65
Jesús se daba perfecta cuenta de que algunos, no sólo rechazarían Su ofrecimiento, sino que lo rechazarían hostilmente.
Nadie puede aceptar a Jesús a menos que le mueva el Espíritu de Dios; pero uno puede seguir resistiendo a ese Espíritu hasta llegar al punto en que ya no podrá cambiar de actitud. El que le resiste es excluido, no por Dios, sino por su misma actitud.

Reacciones ante Cristo
Juan 6: 66-71
Aquí tenemos un pasaje henchido de tragedia, porque es el principio del fin. Había habido un tiempo cuando la gente venía a Jesús en grandes multitudes. Cuando estuvo en Jerusalén para la Pascua, muchos vieron sus milagros y creyeron en su Nombre (2:23). Tantos vinieron a que los bautizaran los discípulos de Jesús que su número creaba problemas (4:1, 39, 45). En Galilea, la muchedumbre había salido en su seguimiento el día antes (6:2)…
Pero ahora el cariz había cambiado; desde ahora en adelante habría un odio creciente que culminaría en la Cruz… Juan nos introduce en el último acto de la tragedia. Son circunstancias así las que revelan los corazones de las personas y las muestran tal como son en realidad. En estas circunstancias había tres actitudes ante Jesús.
a) Hubo defección. Algunos se volvieron atrás y dejaron de andar con Jesús… Se fueron separando por varias razones.
Algunos vieron claramente hacia dónde se dirigía Jesús. Uno no se podía desafiar a las autoridades como Él lo estaba haciendo y salirse con la suya. Eran seguidores de conveniencia. Se ha dicho que el temple de un ejército se ve en cómo pelea cuando está cansado. Los que se marcharon habrían permanecido con Jesús siempre que su carrera hubiera estado en ascenso; pero a la primera sombra de la Cruz le dejaron.
Otros esquivaron el desafío de Jesús. Su punto de vista era que habían venido a Jesús para sacar algo; cuando fueron desafiados a dar se volvieron… Nadie puede dar tanto como Jesús; pero, si acudimos a Él solamente para recibir y nunca para dar, seguro que acabaremos por volverle la espalda. La persona que quiera seguir a Jesús debe tener presente que en su seguimiento hay siempre una cruz.
b) Hubo deterioro. Esto lo vemos especialmente en Judas… Jesús debe de haber visto en él un hombre que Él podía usar en su obra. Pero Judas, que podría haber llegado a ser un héroe, resultó un villano; podría haber sido un santo y se volvió un traidor…
Hay una terrible historia de un artista que estaba pintando la última Cena. Era un gran cuadro, y le llevó muchos años. Como modelo para el rostro de Cristo usó a un joven de rostro transparente en su nobleza y pureza. Poco a poco fue completando el cuadro con los rostros de cada uno de los discípulos, hasta que le llegó el día en que necesitaba un modelo para Judas, al que había dejado para el final. Salió a buscar su tipo en los barrios más bajos de la ciudad y en las guaridas del vicio. Por fin encontró a uno cuya cara era tan depravada y viciosa que cumplía los requisitos. Cuando estaba para terminar el tiempo que tenía que posar, aquel hombre le dijo al artista: “Tú ya me habías pintado antes… Yo fui el modelo para tu Cristo”… Los años habían obrado un terrible deterioro.
c) Hubo resolución… Esta es la versión que Juan nos da de la gran confesión de Pedro en Cesarea de Filipo (Marcos 8:27; Mateo 16:13; Lucas 9:18). Fue precisamente una situación así la que produjo la lealtad del corazón de Pedro. Para él, el hecho era que no había absolutamente nadie al que ir después de haber estado con Jesús. Por decirlo de alguna manera, Jesús era el único que tenía palabras de vida eterna.
La lealtad de Pedro tenía sus raíces en su relación personal con Jesucristo. Habría muchas cosas que Pedro no entendía; estaría a veces tan confuso y despistado como cualquier otro. Pero había algo en Jesús por lo que habría estado dispuesto a morir.
En último análisis, el Cristianismo no es una filosofía que podemos aceptar, ni una teoría a la que nos adherimos. Es una respuesta personal a Jesucristo. Es la lealtad y el amor que da una persona porque el corazón no le deja hacer otra cosa.




Lección nº 24:
REACCIONES Y OPINIONES FRENTE A JESÚS
Juan 7: 1-13 (y siguientes)

Los tiempos de Jesús
Juan 7: 1-9
La fiesta de los Tabernáculos caía a finales de septiembre o principios de, octubre. Era una de las fiestas de guardar, y todos los varones israelitas que vivieran a menos de veinticinco kilómetros de Jerusalén estaban obligados a asistir. Pero los judíos practicantes de más lejos también procuraban ir. Duraba ocho días en total.
Cuando Jesús llegó a su casa, sus hermanos le empujaron para que fuera a Jerusalén; pero Jesús no hizo caso de sus razonamientos, y fue en su momento.
Hay una cosa exclusiva de este pasaje que debemos advertir. Según la versión Reina-Valera (versículo 6), Jesús dice: «Mi tiempo aún no ha llegado.» Jesús hablaba a menudo acerca de su tiempo o su hora. Pero aquí hay una palabra diferente, que no usa nada más que aquí. En los otros pasajes (Juan 2:4; 7:30; 8:20; 12:27), la palabra que usa Jesús, o Juan, es hora, que quiere decir la hora señalada por Dios. Pero en este pasaje la palabra es kairos, que propiamente quiere decir estación propicia, oportunidad; es decir, el mejor momento para hacer algo… Está diciendo que ése no era el momento que podía ofrecerle la oportunidad que estaba esperando.
Esto explica por qué Jesús más tarde sí fue a Jerusalén. Mucha gente se sorprende de que Jesús dijera primero a Sus hermanos que no iría, y luego fue. Pero lo que Jesús dijo fue sencillamente: “El momento no es oportuno”. Así es que retrasó su marcha hasta en medio de la fiesta; porque el llegar cuando toda la gente ya estuviera reunida y expectante le daría una oportunidad mucho mejor que si hubiera ido al principio.
En este pasaje aprendemos dos cosas.
a) Es imposible manipular a Jesús…Era natural que le dijeran a Jesús que fuera a Jerusalén para que sus partidarios vieran lo que podía hacer. Pero Él hace las cosas, no en el tiempo de los hombres, sino en el de Dios. La impaciencia humana tiene que aprender a esperar en la sabiduría de Dios.
b) Es imposible tratar a Jesús con indiferencia. No importaba cuándo fueran a Jerusalén los hermanos de Jesús, porque no iba a pasar nada porque fueran, ni se iba a notar su presencia. Pero el que fuera Jesús era algo muy diferente. Jesús tenía que escoger su momento porque, cuando Él llega, suceden cosas.

Reacciones y opiniones frente a Jesús
Juan 7: 10-13
Jesús eligió su momento, y fue a Jerusalén… Y uno de los puntos supremamente interesantes de este capítulo son las diferentes reacciones que nos cuenta que se produjeron entre la gente.
a) Tenemos la reacción de sus hermanos (versículos 1-5).
Reaccionaron realmente burlándose y tomándole el pelo despectivamente. No creían en Él; estaban provocándole como si se tratara de un chiquillo travieso.
b) Tenemos el odio declarado de los fariseos y de los principales sacerdotes (versículos 7 y 19). No le odiaban por la misma razón; porque, de hecho, se odiaban entre sí. Los fariseos odiaban a Jesús porque pasaba por sobre sus mezquinas reglas y normas. Si Él tenía razón, ellos no la podían tener; y amaban su propio sistema más de lo que amaban a Dios. Los saduceos eran un partido político. No observaban las reglas y normas de los fariseos. Colaboraban con los dominadores romanos, y gozaban de una situación muy cómoda y hasta lujosa. No querían un Mesías; porque cuando viniera se desintegraría su posición política y se les acabarían los privilegios… Odiaban a Jesús porque interfería en sus intereses creados, que eran para ellos algo mucho más importante que las cosas de Dios.
Ambas reacciones confluían en un deseo ardiente de eliminar a Jesús (versículos 30 y 32).
c) Tenemos el desprecio arrogante (versículos 15, 47-49). ¿Qué derecho tenía este Hombre para venir a establecer su ley?
Jesús no tenía títulos académicos; no había estudiado en las escuelas rabínicas. ¿Qué persona inteligente iría a escucharle? Aquí tenemos la reacción de los intelectuales presumidos.
d) Tenemos la reacción de la multitud. Tenía dos caras; la primera era una reacción de interés (versículo 11). Jesús es la figura más interesante de la Historia… Y la segunda fue la reacción de la discusión (versículos 12 y 43). Se hablaba de Jesús; se presentaban puntos de vista acerca de Él; se debatía su persona. Aquí hay tanto de valor como de peligro. El valor es que nada ayuda a aclarar nuestra opinión tanto como contraponerla a las de los demás. El peligro es que la religión se puede convertir muy fácilmente en una cuestión de discusión y de debate que se prolonga toda la vida sin llegar a nada.

En este capítulo hay una serie de veredictos sobre Jesús.
a) Hay un veredicto de que era una buena persona (versículo 12). Ese veredicto es verdad, pero no es toda la verdad. Cuando Él habla, es Dios hablando a la humanidad; el Cristianismo no consiste en discutir sus mandamientos, sino en cumplirlos.
b) Hay un veredicto de que era un profeta (Versículo 40).
También eso es verdad. El profeta es uno que anuncia la voluntad de Dios, uno que ha vivido tan cerca de Dios que conoce su pensamiento y propósito; pero hay una gran diferencia entre un profeta y Jesús. Jesús tiene derecho a hablar, y su autoridad no es delegada, sino que le es propia.
c) Hay un veredicto de que era un loco que vivía fuera de la realidad (versículo 20). La disyuntiva es: o Jesús es la única Persona totalmente sana que ha habido en el mundo, o es un loco. Escogió la Cruz cuando hubiera podido tener el poder. Fue el Siervo doliente cuando hubiera podido ser un rey conquistador. Lavó los pies de sus discípulos cuando hubiera podido tener a toda la humanidad a sus pies. Vino para servir cuando hubiera podido someter al mundo entero a su servicio…Era al revés: Él puso la escala de valores del mundo patas arriba porque trajo a un mundo loco la suprema sensatez de Dios.
d) Hay un veredicto de que era un hereje. Las autoridades judías vieron en Él a uno que estaba desviando a la gente de la verdadera religión…Está bien claro que, si preferimos nuestra idea de la religión a la suya, nos parecerá un hereje; y una de las cosas más difíciles del mundo es el reconocer que se está en un error.
e) Hay un veredicto de que era un valiente (versículo 26). Nadie podrá jamás dudar de su coraje. Tenía valor moral para desafiar los convencionalismos y ser diferente. Le vemos aquí entrando valientemente en Jerusalén sabiendo que era para Él como la cueva de los leones
f) Hay un veredicto de que tenía la personalidad más dinámica (versículo 46): El veredicto de los alguaciles que mandaron a prenderle en el templo y volvieron con las manos vacías fue que nunca había hablado nadie como Él.
g) Hay un veredicto de que era el Cristo, el Ungido de Dios. Es un hecho innegable que Jesús no encaja en ninguna de las categorías humanas que hay disponibles; sólo la categoría de lo divino le pertenece por derecho propio.

Vemos también la reacción de temor de la multitud (versículo 13). Hablaban de Él, pero tenían miedo de hacerlo en voz demasiado alta. El miedo puede impedir que se proclamen las convicciones; pero el cristiano no debe tener miedo de decirle al mundo que cree en Jesucristo.
Y la reacción de algunos de la multitud fue la fe (versículo 31). Eran hombres y mujeres que no podían negar lo que les resultaba evidente. Oían lo que decía Jesús; veían lo que hacía; recibían el impulso de su dinamismo, y creían en Él. Cuando una persona se desembaraza de sus prejuicios y temores no tiene más remedio que acabar creyendo.
La reacción de Nicodemo fue defender a Jesús (versículo 50). En aquel concilio de las autoridades judías, la suya fue la única voz que se levantó en su defensa. Ahí está el deber de todos nosotros. Ian Maclaren solía decirles a sus alumnos cuando predicaban: «¡Decid algo bueno de Jesús!» Hoy vivimos en un mundo hostil al Evangelio de muchas maneras y en muchos sitios; pero lo sorprendente es que la gente no ha estado nunca tan dispuesta a hablar de Cristo y a discutir de religión. Vivimos en una generación en la que es fácil ganarse el título de los reyes de «Defensor de la fe.» Dios nos ha dado el privilegio de poder
ser abogados y defensores de Cristo frente a las críticas, y hasta las burlas, de los que no le conocen, pero le necesitan desesperadamente.




Lección nº 25:
LA AUTORIDAD DE JESÚS Y EL TIEMPO DE BUSCARLE
Juan 7: 13-36

La Autoridad suprema
Juan 7: 13-18
Esta sección y la siguiente deberían aparecer después de 5:47. El capítulo 5 nos relata la curación del inválido de la piscina. Jesús realizó ese milagro en sábado, y las autoridades judías lo consideraron un quebrantamiento de aquel día santo. En su defensa Jesús cita los escritos de Moisés, y dice que, si los judíos de veras supieran lo que esos escritos querían decir y los creyeran, también creerían en Él. El capítulo termina: “Si hubierais creído a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribía acerca de mí.
Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer mis palabras?” (Juan 5:47).
Si pasamos directamente de ahí a 7:15-24 obtenemos muy buen sentido. Jesús acaba de referirse a los escritos de Moisés, y los líderes judíos expresan su sorpresa diciendo: “¿Cómo es que sabe leer este sin haber estudiado?”.
La objeción que le hacían a Jesús era que era un iletrado. Jesús no había estudiado en las escuelas rabínicas. La costumbre era que no se permitía explicar las Sagradas Escrituras y hablar de la Ley nada más que a los discípulos de maestros reconocidos…Y aquí estaba ese Carpintero galileo, que no tenía estudios de ninguna clase, y que se atrevía a citar y a explicar nada menos que lo que había dicho Moisés.
Pero Jesús se presentaba como discípulo de Dios… De hecho, esta es una afirmación que hizo repetidas veces (Juan 12: 49; Juan 14:10).
Además, Jesús establece a continuación una verdad. Sólo los que hacen la voluntad de Dios pueden comprender de veras su enseñanza. Ésa no es una verdad teológica, sino universal. Aprendemos haciendo… Un médico puede aprender la técnica de la cirugía de los libros; pero eso no le hará cirujano; tiene que aprender haciendo…
Así sucede con la vida cristiana. Si esperamos hasta comprenderlo todo para ponerlo por obra, nunca empezaremos. Pero, si empezamos a hacer la voluntad de Dios hasta donde la conocemos, la verdad de Dios se nos hará más y más clara.
Recordemos que es muy probable que este pasaje debería venir realmente detrás de la historia de la curación del inválido de Betesda. Han acusado a Jesús de impiedad porque devolvió la salud a uno en sábado, y Él pasa a demostrar que estaba buscando solamente la gloria de Dios, y que no había ninguna mala intención en su obra.

Un argumento sabio
Juan 7: 19-24
Antes de empezar a considerar este pasaje en detalle; debemos aclarar una cuestión. Tenemos que darnos cuenta de que, en esta escena, tiene lugar un debate entre Jesús y los líderes de los judíos en medio de una multitud de espectadores. Jesús está justificando su acción de sanar a un enfermo en sábado, que era técnicamente un quebrantamiento de la ley tradicional concerniente a ese día.
Jesús empieza diciendo que Moisés les dio la Ley, pero que no hay ni uno entre ellos que la cumpla perfectamente… Entonces, si Él quebrantó la ley para sanar a un enfermo, ¿por qué ellos, que quebrantan la ley, están tratando de matarle?
En este punto, la gente interrumpe el debate con la exclamación: “¡Estás loco! ¿Quién es el que está pensando matarte?” La gente todavía no se ha dado cuenta del odio que sus líderes le tienen a Jesús, ni de su malvado designio de eliminarle.
Pero Jesús continúa con su razonamiento. La ley establecía que había que circuncidar a los niños al octavo día de su nacimiento (Levítico 12:3). Estaba claro que ese día caería frecuentemente en sábado; y la ley concretaba que “todo lo necesario para la circuncisión se podía hacer en sábado”.
Jesús les dice: “Vosotros decís que cumplís a rajatabla toda la ley que os ha venido por medio de Moisés que prohíbe que se haga ningún trabajo en sábado, y catalogáis como trabajo toda clase de atención médica que no sea absolutamente necesaria para salvar una vida. No obstante, permitís que se lleve a cabo la circuncisión en sábado… ¿Cómo podéis, razonablemente, culparme por darle a un hombre la salud completa de todo su cuerpo cuando vosotros os permitís mutilar cuerpos el sábado?”. Ese era una razonamiento sumamente inteligente y que se basaba en los mismos principios de la ley de Dios.
Un pasaje como este puede que nos resulte lejano; pero, cuando lo leemos, podemos admirar la clara, profunda y lógica mente de Jesús en acción, y podemos observarle saliendo al paso a los más sabios y agudos hombres de su tiempo con sus propias armas y en sus propios términos; y ver cómo los derrotaba.

Él me envió…”
Juan 7: 14, 25-30
Ya hemos visto que es probable que los versículos 15-24 deban colocarse detrás de 5:47; así que, para restablecer la conexión, pasamos del versículo 14 al 25.
La gente se sorprendió de encontrar a Jesús predicando en el recinto el templo; se sorprendieron de ver el valor con que desafiaba a las autoridades, y más aún de que le permitieran enseñar públicamente. De pronto se les ocurrió una posibilidad sorprendente: “¿Podría ser que este fuera el Mesías?”
Pero tan pronto como se les ocurrió aquella idea, la rechazaron. Y la razón era que ellos sabían que Jesús era de Nazaret, y quiénes eran sus padres, hermanos y hermanas. Su identidad no tenía ningún misterio como ellos esperaban del Mesías…
(Esta creencia era característica de una cierta actitud mental que prevalecía entre los judíos y que no ha desaparecido ni mucho menos: la que busca a Dios en lo extraordinario. La enseñanza del Evangelio es precisamente la inversa. Si Dios sólo está en lo sobrenatural, está muy poco en el mundo; mientras que, si está en las cosas normales, está siempre presente y en todo. El Cristianismo no considera este mundo como un lugar que Dios visita raras veces, sino como un mundo del que Dios no está nunca ausente)
En respuesta a estas objeciones, Jesús hizo dos afirmaciones, ambas escandalizadoras para la gente y para las autoridades:
Dijo que era verdad que sabían quién y de dónde era Él; pero era igualmente verdad que, en último término, Él había venido directamente de Dios. Y en segundo lugar, dijo que ellos no conocían a Dios, pero Él sí… Era todo un insulto el decirle al pueblo de Dios que no conocían a Dios, y una pretensión increíble la de decir que Él, Jesús, era el único que le conocía, que estaba en una relación única y exclusiva con Dios de la que no participaba nadie más.
Hasta aquí, las autoridades le habían tenido por un revolucionario que quebrantaba el sábado, lo cual era ya para ellos un crimen considerable; pero desde ahora ya no sería culpable sólo de quebrantar el sábado, sino del pecado supremo de blasfemia. Tal como ellos lo veían, Jesús hablaba de Israel y de Dios de una manera que ningún ser humano tenía derecho a emplear.

El tiempo de buscarle…
Juan 7: 31-36
Algunos de la multitud creyeron que Jesús era el Ungido de Dios, porque nadie podría hacer obras más importantes que las que estaba haciendo Jesús. Esa había sido la prueba que había usado el mismo Jesús cuando Juan el Bautista estaba en duda sobre si era Él el que había de venir o si tenían que esperar a otro (Mateo 11:1-6). El mismo hecho de que hubiera algunos que estaban vacilando en la misma línea de la aceptación movió a las autoridades a la acción. Enviaron alguaciles, probablemente la policía del templo, a arrestar a Jesús. Jesús dijo que estaría con ellos poco tiempo más, pero que llegaría un día cuando le buscaran, no para detenerle, sino para obtener lo que sólo Él podría darles, pero sería demasiado tarde.
Jesús quería decir que volvería al Padre; pero sus oyentes no le entendieron…
Hacía siglos que los judíos estaban desperdigados por todo el mundo… Se le llamó y llama “la diáspora”… Es la palabra que usa aquí la gente: “¿Será que Jesús se va a ir a la diáspora, entre los griegos?”…
Jesús dice: “Me buscaréis, pero no me encontraréis” (v. 34)… Mucho tiempo atrás, el antiguo profeta había unido las dos frases en un dicho maravilloso: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado” (Isaías 55: 6). Lo que Jesús les estaba diciendo:”Podéis despertar a un sentimiento de vuestra necesidad demasiado tarde”...




Lección nº 26:
RIOS DE AGUA VIVA
Juan 7: 37-52

La Fuente de Agua Viva
Juan 7: 37-44
Todos los acontecimientos de este capítulo tuvieron lugar durante la fiesta de los Tabernáculos; y, para entenderlos adecuadamente debemos conocer el significado y un poco del ritual de aquella fiesta.
La fiesta de los Tabernáculos era la tercera de las tres grandes fiestas judías de guardar a las que estaban obligados a asistir todos los varones que vivieran a menos de veinticinco kilómetros de Jerusalén: la Pascua, Pentecostés y Tabernáculos. Caía corrientemente a finales de septiembre, el 15 del séptimo mes hebreo. Como todas las grandes fiestas judías, tenía un doble significado.
En primer lugar, tenía un significado histórico. Recibió su nombre del hecho de que, mientras duraba, las familias salían de sus casas y vivían en chozas. El significado histórico de todo esto era recordarle al pueblo de una manera inolvidable que en su pasado habían sido peregrinos por el desierto sin techo sobre sus cabezas (Levítico 23:40-43).
En segundo lugar, tenía una significación agrícola. Era sobre todo una fiesta de acción de gracias por la cosecha. Algunas veces se la llamaba la fiesta de la cosecha (Éxodo 23:16; 34:22); y era la más popular de todas. Por esa razón, a veces se la llamaba simplemente la fiesta (1 Reyes 8:2), y a veces la fiesta del Señor (Levítico 23:39). No se daban las gracias sólo por una cosecha, sino por todas las cosas buenas de la naturaleza que hacían la vida posible y feliz. No era una fiesta sólo para los ricos, sino que se establecía que el siervo, el extranjero, la viuda y el pobre habían de participar de la alegría general.
Una ceremonia especial está íntimamente relacionada con este pasaje y con las palabras de Jesús. Seguramente la tendría en mente cuando habló, y es posible que hasta sirvió de escenario natural a Sus palabras. Todos los días de la fiesta venía al templo la gente con sus ramas de palmera y de sauce, y formaba con ellas una especie de pasillo que daba la vuelta al altar mayor. Al mismo tiempo, un sacerdote llevaba una vasija de oro de litro y medio al estanque de Siloé y la llenaba de agua. Luego volvía y entraba por la puerta del Agua mientras la gente recitaba Isaías 12:3: « ¡Sacad con gozo aguas de las fuentes de la salvación!» El agua se subía al altar del templo y se derramaba como una libación al Señor. Toda aquella ceremonia dramática era una acción de gracias por el don de Dios del agua, y una oración por la lluvia, y un recuerdo de cuando salió agua de la roca cuando el pueblo estaba en el desierto. El último día de la fiesta, esta ceremonia era especialmente impresionante, porque daban siete vueltas al altar en memoria de la marcha de siete vueltas alrededor de las murallas de Jericó, que cayeron e Israel conquistó la ciudad.
En ese contexto, y tal vez en ese mismo momento, resonó la voz de Jesús: “¡El que tenga sed; que venga a Mí a beber!” Estaba usando aquel momento dramático para trasladar el pensamiento de la gente a la sed de Dios y de las cosas eternas.
Puede que Jesús se refiera a la persona que viene a Él y le acepta: tentará en su interior un río de agua refrescante. Sería otra manera de decir lo que le dijo Jesús a la Samaritana (Juan 4:14). El sentido sería que Jesús podía dar a las personas el caudal vivificador del Espíritu Santo.
Otra interpretación es que “los ríos de agua viva correrán por sus entrañas” se refiere al mismo Jesús y a su Cuerpo, que es la Iglesia. El agua representa la purificación que recibimos en el Bautismo…Bien puede ser que Juan esté pensando en Jesús como la fuente de la que fluye la corriente purificadora.
En este pasaje hay algo sorprendente en el versículo 39: “Pues aun no había venido el Espíritu Santo”
El Espíritu Santo ha existido siempre; pero no llegó a ser una realidad en la Iglesia hasta el día de Pentecostés. Como se ha dicho acertadamente: «No podía haber Pentecostés sin Calvario.» Es necesario conocer a Jesús antes de experimentar el Espíritu.
Debe entenderse que antes, el Espíritu había sido un Poder; pero ahora es una Persona, porque ha llegado a ser para nosotros nada menos que la presencia del Señor Resucitado, siempre con nosotros.
Debemos fijarnos en cómo termina este pasaje. Algunos tomaron a Jesús por el Profeta que había prometido Moisés (Deuteronomio 18:15). Otros creyeron que era el Ungido de Dios. Y se produjo una discusión sobre si el Mesías tenía que venir de Belén o no. Esa es la tragedia: la gran experiencia espiritual acabó en la aridez de una discusión teológica.

Admiración: “Ningún hombre ha hablado así…”
Juan 7: 45-49
Aquí tenemos algunas reacciones espontáneas a Jesús.
La reacción de los alguaciles fue de sorprendida admiración. Habían acudido con la intención de arrestar a Jesús, y habían vuelto sin Él porque en la vida habían oído a nadie hablar como Él. Realmente, el escuchar a Jesús es una experiencia sin igual para cualquier persona.
La reacción de los principales sacerdotes y los fariseos fue de desprecio. Los fariseos usaban una frase para describir a la gente normal y corriente que no observaba los millares de reglitas de la ley ceremonial. Los llamaban am ha-áretz, la gente de la tierra, y los despreciaban olímpicamente. El casar a una hija con uno de ellos era como exponerla atada a una fiera salvaje.
Las masas que no conocen la Ley son malditas”... La ley rabínica decía: “Se establecen seis cosas con respecto a la gente de la tierra: no des testimonio a su favor; no aceptes su testimonio; no les confíes ningún secreto; no los nombres tutores de ningún menor; no los pongas a cargo de fondos de caridad, y no los aceptes como compañeros en ningún viaje”.
A los fariseos les estaba prohibido invitar o aceptar una invitación de ninguno de la gente de la tierra. Estaba establecido que, hasta donde fuera posible, ni se les comprara ni se les vendiera nada. En su orgullo aristocrático y soberbia espiritual, los fariseos miraban por encima del hombro a las personas sencillas. Su razonamiento era: “Ninguno de los intelectuales y piadosos ha creído en Jesús. Sólo Le aceptan los ignorantes”. Es terrible el que una persona se crea demasiado culta o demasiado buena para necesitar a Jesucristo. Y es algo que sigue pasando.

Una reacción tímida
Juan 7: 50-52
La reacción de Nicodemo fue una reacción tímida, porque no defendió abiertamente a Jesús. Sólo se atrevió a citar algunas máximas legales que eran pertinentes. La Ley establecía que todos tenían derecho a que se les hiciera justicia (Éxodo 23:1; Deuteronomio 1:16); y parte de la justicia era y es que se le permita a uno exponer su caso, y no condenarle por información de segunda mano. Los fariseos pretendían saltarse la Ley; pero está claro que Nicodemo no llevó su protesta más adelante. El corazón le decía que debía defender a Jesús, pero la cabeza le decía que no se buscara líos. Los fariseos le lanzaron unos tópicos de los suyos, y le dijeron que no podía salir ningún profeta de Galilea, y hasta se burlaron de él preguntándole si es que tenía algo que ver con esa gentuza. Y, al parecer, él no dijo nada más.
Es frecuente el que uno se encuentre en una situación en la que le gustaría defender a Jesús y confesar su fe. A menudo se hace una defensa tibia, y después hay que callarse... Pero, aunque la lealtad a Cristo pueda suponer una cruz en la Tierra, seguro que nos reportará una corona en la eternidad.




Lección nº 27:
COMPASIÓN POR UNA PECADORA Y LA LUZ DEL MUNDO
Juan 7: 53-20

Miseria y Misericordia
Juan 7: 53 - 8:11
Los escribas y fariseos se habían lanzado a buscar alguna acusación para desacreditar a Jesús; y aquí creían que le podrían colocar entre la espada y la pared de manera que no tuviera salida; así es que los escribas y fariseos le trajeron a Jesús a una mujer que había sido sorprendida en adulterio.
Desde el punto de vista de la ley judía, el adulterio era un grave delito. El adulterio era uno de los tres pecados más graves, y se castigaba con la pena de muerte (Levítico 20:10; Deuteronomio 22: 23-24)…
El dilema en que pensaban meter a Jesús era el siguiente. Si decía que la mujer tenía que ser apedreada, había dos consecuencias: La primera, que Jesús perdería su reputación de piadoso y la segunda, que entraría en conflicto con la ley romana, que prohibía a los judíos dictar y ejecutar sentencia de muerte. Si decía que había que perdonar a la mujer, dirían inmediatamente que Jesús enseñaba a quebrantar la ley de Moisés, y que estaba condonando y hasta fomentando el adulterio… Pero Él le dio la vuelta al juicio de tal manera que hizo recaer la acusación contra los acusadores.
Al principio, Jesús estaba inclinado y escribiendo en el suelo con el dedo. Algunos manuscritos añaden: “Como si no los hubiera oído”. Puede que Jesús obligara deliberadamente a los escribas y fariseos a repetir la acusación, para que se dieran cuenta del sadismo que encerraba.
Otros sugieren que Jesús estaba escribiendo en la tierra los pecados de los mismísimos hombres que habían acusado a la mujer. Puede que fuera eso. La palabra griega normal para escribir es grafein; pero aquí se usa katagrafein, que puede querer decir redactar un informe contra alguien… Fuera como fuera, los escribas y fariseos seguían reclamando una respuesta, y la recibieron. Jesús les dijo: “¡Está bien! ¡Apedreadla! ¡Pero que el que de vosotros esté sin pecado sea el que tire la primera piedra!”… Bien puede ser que la palabra para sin pecado (anamartétos) quiera decir, no sin pecado, sino sin deseo pecaminoso. Se hizo el silencio y, lentamente, los acusadores fueron desapareciendo. Y quedaron solos Jesús y la mujer. Como expresó Agustín: “Quedaron solos una gran miseria y una gran misericordia”.
Jesús dijo a la mujer: “¿No te ha condenado nadie?”; “Nadie, Señor” -contestó ella. Y Jesús le dijo-: “Entonces, Yo tampoco te voy a sentenciar ahora. Ve, y empieza tu vida de nuevo, y no peques más”
Este incidente nos presenta gráfica y cruelmente la actitud de los escribas y fariseos hacia la gente. No miraban a esta mujer como la persona que era, sino como un objeto, como un instrumento del que se podían valer para formular una acusación contra Jesús… Pero Dios usa su autoridad para hacer que las personas se hagan buenas a base de amarlas; para Dios, una persona no se convierte nunca en una cosa. Además, este incidente nos dice mucho de Jesús y de su actitud hacia los pecadores.
Él dijo “No juzguéis, y no os expondréis al juicio” (Mateo 7:1) y también dijo que el que se aventurara a juzgar a su hermano sería como el que tuviera una viga metida en el ojo y tratara de limpiar una motita que tuviera en el ojo otra persona (Mateo 7:3-5). Una de las faltas más corrientes de la vida es la de tantos de nosotros que exigimos niveles a otros que nosotros ni siquiera tratamos de alcanzar; y tantos de nosotros condenamos faltas en otros que están bien a la vista en nuestra propia vida.
Para Jesús nuestra primera reacción hacia alguien que ha cometido un error debe ser la compasión. Sencillamente, debemos aplicar a los demás la misma misericordia compasiva que querríamos que se nos mostrara si nos viéramos en una situación semejante.
Es muy importante que comprendamos exactamente cómo trató Jesús a aquella mujer. Es fácil sacar una impresión totalmente errónea, y llegar a la conclusión de que Jesús perdonó con ligereza y facilidad, como si el pecado no tuviera importancia. Lo que Él dijo fue: “Yo no te voy a condenar ahora mismo; vete, y no peques más”. Lo que hizo fue algo así como aplazar la sentencia probando a la mujer… La actitud de Jesús implicaba una segunda oportunidad. En Jesús tenemos el Evangelio de la segunda oportunidad. Él está siempre intensamente interesado, no sólo en lo que una persona ha sido, sino en lo que puede llegar a ser. También implicaba compasión. La diferencia fundamental que había entre Jesús y los escribas y fariseos era que ellos querían condenar; y Él, perdonar. Jesús miraba a los pecadores con una compasión nacida del amor…
Y también implicaba un desafío. Jesús enfrentó a esta mujer con el desafío de una vida sin pecado. Le dijo: “Vete, y no peques más”. No era un perdón fácil, sino un desafío que le indicaba a la mujer cambiar su vida… Jesús opone a una vida mala el desafío de una vida buena.

Jesús, la Luz del Mundo
Juan 8: 12-20
El escenario de esta discusión con las autoridades judías fue el lugar en que se hacían las ofrendas del templo, que estaba en el atrio de las mujeres. El atrio más exterior era el de los Gentiles; el segundo, éste, el de las mujeres, que se llamaba así porque las mujeres no podían entrar más adentro. En el lugar de las ofrendas siempre habría un constante fluir de gente entrando y saliendo. Sería el lugar ideal para conseguir una audiencia de gente piadosa para impartir enseñanza.
En este pasaje, Jesús se presenta diciendo: “Yo soy la luz del mundo”… La fiesta en la que Juan coloca estas palabras de Jesús era la de los Tabernáculos, como ya hemos visto. Pero había otra ceremonia conectada con esta fiesta: la Iluminación del Templo. Tenía lugar en el atrio de las mujeres, que estaba rodeado de unas galerías anchas, aptas para albergar gran número de espectadores. En el centro se colocaban cuatro candelabros inmensos. Cuando caía la tarde, los encendían, y se decía que lanzaban tal resplandor que iluminaba los patios de toda Jerusalén y duraba hasta el amanecer… Entonces Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo y, para todos los que me sigan, habrá luz, no sólo una noche maravillosa, sino a lo largo de todo el camino de la vida… Yo soy la Luz que dura para siempre”.
Dijo también: “El que me siga, no andará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”... La luz de la vida quiere decir o la luz que irradia la fuente de la vida, o la luz que da la vida. En este pasaje quiere decir las dos cosas. Jesús es la misma Luz de Dios que ha venido al mundo; y es también la Luz que da la vida al mundo.
En este pasaje, Jesús habla de seguirle a Él. Es una expresión que usamos a menudo, y animamos a otros a seguir a Jesús. La palabra griega para seguir es akoluthein; y sus significados se combinan para lanzar un raudal de luz sobre lo que quiere decir seguir a Jesús. Akoluthein tiene cinco sentidos diferentes pero íntimamente relacionados: Se usa para el soldado que sigue a su capitán. En las largas marchas, a las batallas o en las campañas en tierras extrañas, el soldado sigue a su capitán adonde le dirija. Se usa para un esclavo que acompaña a su amo. Dondequiera que vaya el amo, el eslavo está a su servicio. Se usa para aceptar el parecer de un sabio consejero. Cuando estamos indecisos, acudimos a un experto en la materia y, si somos sensatos, seguiremos el consejo que nos da. Se usa a menudo para el prestar obediencia a las leyes del municipio o del estado. Si hemos de ser miembros útiles de una sociedad o ciudadanos de un estado, tendremos que estar de acuerdo con cumplir sus leyes. Y se usa para el seguir el razonamiento de un maestro, o de una enseñanza… Preguntamos a veces a los que nos están escuchando: “¿Me sigues?”…»
Ser seguidores de Cristo es entregarnos en cuerpo, alma y espíritu a la obediencia del Maestro; y entrar en su seguimiento es empezar a caminar en la luz. Seguirle es andar en la luz, a salvo a lo largo de la vida y seguros de entrar después en la gloria.
Cuando Jesús se presentó como la luz del mundo, los escribas y fariseos reaccionaron con hostilidad. A ellos les parecería, y lo era en realidad, que Jesús se presentaba como el Mesías; más aún: como el que iba a hacer lo que sólo Dios podía hacer… Los judíos insistieron en que una afirmación como la que había hecho Jesús no se podía aceptar como válida porque carecía de los testigos necesarios (Deuteronomio 19:15).
Jesús contestó que su propio testimonio era suficiente. Era tan consciente de su autoridad que no le hacía falta otro testigo… Jesús estaba tan seguro de su identificación con Dios que no necesitaba de ninguna autoridad que la respaldara… Dijo además que de hecho sí tenía un segundo testigo, y ese segundo Testigo era Dios. El testimonio de Dios está en las palabras de Jesús y en sus obras…Nadie podría hacer tales cosas a menos que Dios estuviera obrando en Él.
Jesús afirmaba que los juicios que El hacía no eran meramente humanos, sino divinos, porque El era Uno con Dios.




Lección nº 28:
INCOMPRENSION, DISCIPULADO, LIBERTAD Y ESCLAVITUD
Juan 8: 21-36

Una incomprensión fatal
Juan 8: 21-30
Jesús empieza diciéndoles a sus oponentes que Él se marcha; y que, cuando se haya ido, se darán cuenta de lo que se han perdido, y le buscarán, pero será en vano.
Nos recuerda tres cosas:
a) Hay ciertas oportunidades que se presentan una sola vez, y que no se repiten. A todas las personas se les presenta la oportunidad de aceptar a Jesucristo como Salvador y Señor; pero es posible que la rechacen y la pierdan, y no vuelva a presentárseles.
b) Tenemos un espacio de tiempo en el que tenemos que hacer nuestra decisión por Cristo. El tiempo de que disponemos es limitado, y ninguno sabemos cuál es nuestro límite. Por tanto, todas las razones están a favor de que hagamos la decisión ahora.
c) Cuanto mayor sea la oportunidad, y más claramente se nos presente, mayor será el juicio por rechazarla o perderla.
Cuando Jesús habló de marcharse, estaba hablando de su vuelta al Padre y a su gloria. Allí era precisamente adonde sus oponentes no le podrían seguir; porque, por su continua desobediencia y por rehusar aceptarle, se habían excluido a sí mismos de Dios. Ellos sugirieron que a lo mejor era porque iba a cometer suicidio; según el pensamiento judío, lo más profundo del infierno estaba reservado para los que se quitaban la vida.
Jesús dijo que, si seguían rechazándole, morirían en sus pecados. Esa es una frase profética (Cp. Ezequiel 3:18; 18:18). Esto implica dos cosas:
a) La palabra para pecado es hamartía, que etimológicamente quería decir literalmente errar el tiro, no dar en el blanco. La persona que se niega a aceptar a Jesús como Salvador y Señor ha errado el blanco en la vida, muere con una vida frustrada y, por tanto, muere incapacitada para entrar en una vida superior con Dios.
b) La esencia del pecado es que nos separa de Dios. Cuando Adán, en la vieja historia, cometió el primer pecado, su primer impulso fue esconderse de Dios (Génesis 3:8-10). La persona que muere en pecado muere en enemistad con Dios… Rechazar a Cristo es ser un extraño para Dios.
Jesús traza una serie de contrastes:
Sus oponentes pertenecen a la Tierra, y Él, al Cielo; ellos son del mundo, y Él no es del mundo. Juan menciona a menudo el mundo. La palabra en griego es kosmos
El kosmos es lo contrario del Cielo. Jesús vino del Cielo al mundo (Juan 1:9). Fue enviado por Dios al mundo (Juan 3:17). Él no es del mundo; Sus oponentes sí lo son (Juan 8:23). El kosmos es la vida cambiante y pasajera que vivimos ahora; es todo lo que es humano, en oposición a lo divino.
Sin embargo, el kosmos no está separado de Dios. Lo primero y principal es que es creación de Dios (Juan 1:10). Fue por la Palabra de Dios por quien fue hecho el mundo. Aunque son distintos, no hay una sima infranqueable entre el Cielo y el mundo.
Más que eso: el kosmos es el objeto del amor de Dios (Juan 3:16). Por muy diferente que sea de todo lo que es divino, Dios no lo ha abandonado nunca; es el objeto de su amor y el destinatario de su más precioso regalo.
Pero, al mismo tiempo, hay algo que no es como es debido en el kosmos. Padece ceguera: cuando vino el Creador al mundo, el mundo no le reconoció (Juan 1:10). El mundo no puede recibir al Espíritu de la verdad (Juan 14:17). El mundo no conoce a Dios (Juan 17:25). Hay, además, una hostilidad hacia Dios y su pueblo en el kosmos. El mundo odia a Cristo y a sus seguidores (Juan 15:18-19). De su hostilidad, los seguidores de Cristo no pueden esperar más que problemas y tribulaciones (Juan 16:33).
Algo ha estropeado al mundo, y es el pecado. Eso es lo que separa de Dios a la humanidad, y lo que la ciega a Dios; es el pecado lo que es fundamentalmente hostil a Dios.
A este mundo que se ha descarriado ha venido Cristo… Pero una persona puede rechazar una cura. El médico puede que le diga al paciente que hay un tratamiento que le puede devolver la salud; puede que le diga que, de hecho, si no acepta el tratamiento, la muerte es inevitable. Eso es precisamente lo que está diciendo Jesús: “Si no queréis creer que Yo soy el que soy, moriréis en vuestros pecados”.
Sabemos perfectamente cuál es la enfermedad que aqueja y destruye al mundo, y la cura eficaz que se nos ofrece. Nosotros seremos los únicos responsables si nos negamos a aceptarla.

El Discipulado: seguir a Jesús
Juan 8: 31-32
Pocos pasajes del Nuevo Testamento contienen una descripción tan completa del discipulado.
a) El discipulado empieza por creer. Su comienzo es el momento en que una persona acepta como verdadero lo que Jesús dice; todo lo que nos dice acerca del amor de Dios, todo lo que nos dice acerca del horror del pecado, todo lo que nos dice acerca del verdadero sentido de la vida.
b) El discipulado quiere decir mantenerse constantemente en la palabra de Jesús…
-Implica escuchar constantemente la palabra de Jesús. El cristiano es una persona que está escuchando la voz de Jesús toda la vida, y que no hará ninguna decisión hasta haber oído lo que tiene que decir.
-Implica aprender constantemente de Jesús. El discípulo (mathétés) es literalmente un aprendiz, que es lo que quiere decir la palabra en el original. El cristiano tiene que estar aprendiendo de Jesús más y más toda la vida.
-Para permanecer fieles a la palabra de Jesús tenemos que estudiarla constantemente y pensar en lo que Él dijo hasta apropiarnos del todo su significado.
-Implica obedecer constantemente la palabra de Jesús. No la estudiamos simplemente por interés académico o para degustarla intelectualmente, sino para descubrir lo que Dios espera de nosotros.
c) El discipulado conduce al conocimiento de la verdad. El aprender de Jesús es aprender la verdad. «Conoceréis la verdad,» dijo Jesús. En la verdad de Jesús vemos las cosas que son importantes y las que no lo son.
d) El discipulado conduce a la libertad. “La verdad os hará libres”. En su servicio está la verdadera libertad.
Seguir y servir a Jesús nos trae la libertad del miedo. El que es discípulo de Cristo ya no va solo por la vida, sino siempre en compañía de Jesús, y eso destierra el temor…Nos trae la también libertad del ego. El poder y la presencia de Jesús pueden re-crear a una persona hasta el punto de hacerla completamente nueva. Y nos trae la libertad del pecado: muchas personas han llegado al punto de pecar, no porque quieren, sino porque no lo pueden evitar. Sus pecados los dominan de tal forma que, por mucho que lo intenten, no se pueden desligar de ellos. El discipulado rompe las cadenas que nos atan al pecado y nos permite ser las personas que sabemos que debemos ser.

Libres o esclavos
Juan 8: 33-36
Lo que dijo Jesús de la libertad molestó a los judíos. Pretendían que no habían sino nunca esclavos de nadie. En un sentido, está claro que aquello no era verdad. Habían vivido como esclavos en Egipto, habían estado sometidos a varios imperios, habían estado exiliados en Babilonia, y entonces estaban bajo el dominio de Roma.

Cuando los judíos decían que no habían sido esclavos de nadie estaban confesando un artículo fundamental de su credo nacional: mantenían una independencia de espíritu que hacía que se sintieran libres aunque materialmente fueran esclavos.
Pero Jesús estaba hablando de otra esclavitud. “El que comete pecado -les dijo-, es esclavo del pecado”. La verdad es que el pecador nunca Hace su voluntad, sino la del pecado.
Entonces Jesús hace una advertencia velada: la palabra esclavo le recuerda que, en cualquier casa, hay una enorme diferencia entre un esclavo y un hijo. El hijo es un residente permanente de la casa, mientras que al esclavo se le puede echar en cualquier momento… Jesús les está diciendo a los judíos: “Tened cuidado; por vuestra conducta os estáis poniendo en el nivel del esclavo, y a éste se le puede arrojar de la presencia del amo en cualquier momento.»
Aquí hay una para los judíos y para nosotros también.




Lección nº 29:
HIJOS DEL DIABLO
Juan 8: 37-45

La auténtica filiación
Juan 8: 37-41
En este pasaje, Jesús asesta un golpe de muerte a una pretensión que era de suprema importancia para los judíos. Abraham era para ellos la más grande figura de la historia de la religión; se consideraban seguros y a salvo en el favor de Dios simplemente por ser descendientes de Abraham.
Los judíos se creían literalmente a salvo simplemente por ser descendientes de Abraham.
Algunos tratan de vivir a costa de una historia y una tradición. Muchas iglesias tienen un sentido injustificado de su propia importancia porque hubo un tiempo en que tuvieron un ministerio famoso. Hay muchas congregaciones que viven del capital espiritual del pasado; pero si no se hace más que sacar y nunca meter, es inevitable que acaba por agotarse.
No hay persona, iglesia o nación, que pueda vivir de las rentas del pasado. Y eso era lo que pretendían los judíos. Jesús es contundente con una actitud así. Declara en efecto que el verdadero hijo de Abraham es el que actúa de la manera que actuaba Abraham. Esto es exactamente lo que había dicho antes Juan el Bautista (Mateo 3:9; Lucas 3:8). Era también el razonamiento que habría de usar Pablo una y otra vez. No son la carne y la sangre las que hacen que uno sea verdadero descendiente de Abraham, sino la calidad moral y la fidelidad espiritual.
Este tema particular Jesús lo relaciona especialmente con una cosa. Están buscando la manera de matarle. Eso es justo lo contrario de lo que hizo Abraham. Cuando recibió la visita de un mensajero de Dios, con su acogida y hospitalidad hizo que se sintiera bienvenido (Génesis 18:1-8). Abraham había recibido al mensajero de Dios; los judíos de entonces estaban tratando de matar del Mensajero de Dios. ¿Cómo se atrevían a llamarse hijos de Abraham cuando su conducta era diametralmente opuesta?
Al traer a la memoria la historia del Génesis, Jesús se presenta implícitamente como el Mensajero de Dios. Presenta sus credenciales aún más explícitamente: “Yo hablo lo que he visto en la presencia del Padre”. Lo fundamental acerca de Jesús es que Él trajo a la humanidad, no sus propias opiniones, sino el Mensaje de Dios. Él no era simplemente un hombre que les decía a los demás lo que pensaba de las cosas, sino el Hijo de Dios que comunicaba a la humanidad el pensamiento de Dios. Jesús nos presenta la realidad tal como Dios la ve.
Al final de este pasaje llega una afirmación sobrecogedora. “Lo que hacéis vosotros -dice Jesús- son las obras de vuestro padre”. Acaba de decir que Abraham no es su padre. Entonces, ¿quién es su padre? Hay un momento de suspenso. Se aclara en el versículo 44: su padre es el diablo. Los que habían presumido de ser hijos de Abraham tienen que enfrentarse con la devastadora acusación de que son hijos del diablo. Sus obras han revelado su verdadera filiación; porque la única manera de probar que se es hijo de Dios es en la conducta.

Hijos del diablo
Juan 8: 41-45
Jesús acababa de decirles a los judíos que, por su vida y su conducta y su reacción a Él, habían dejado bien claro que no eran hijos de Abraham. Entonces ellos presentaron una pretensión todavía mayor: que eran hijos de Dios. Encontramos en todo el Antiguo Testamento la afirmación de que Dios era de una manera especial el Padre de su pueblo Israel (Éxodo 4:22; Deuteronomio 32:6; Isaías 63:16; 64:8; Malaquías 2:10). Así que los judíos pretendían que Dios era su Padre.
Nosotros - decían con orgullo - no somos hijos adulterinos”... En el Antiguo Testamento, una de las más preciosas descripciones de la nación de Israel era como la Esposa de Dios. Por eso, cuando Israel se apartaba de Dios para ir tras dioses extraños, los profetas llamaban a su infidelidad adulterio espiritual. Cuando la nación era infiel, se decía que eran “hijos de prostitución” (Oseas 2:4). Así que, cuando los judíos le dijeron a Jesús que ellos no eran hijos adulterinos, lo que querían decir era que no formaban parte de una nación de idólatras, sino que siempre habían adorado al Dios verdadero.
Presumían de no haberse apartado nunca de Dios, una presunción en la que sólo un pueblo inmerso en un sentimiento de propia justicia podría caer.
Pero también es posible que, cuando los judíos se expresaron así, se referían a algo mucho más personal. No cabe duda de que, desde tiempos muy antiguos, los judíos difundieron una horrible calumnia contra Jesús. Los cristianos afirmaban que Jesús había nacido milagrosamente de la bienaventurada Virgen María; y los judíos inventaron que María había sido infiel a José, que su amante había sido un legionario romano y que Jesús había sido el hijo de aquella unión adulterina. Es posible que esta calumnia subyaga en esta controversia; como si los judíos estuvieran echándole en cara a Jesús que con qué derecho les hablaba, precisamente Él, en esos términos.
La respuesta de Jesús a la pretensión de los judíos fue que era falsa; y la prueba era que, si Dios hubiera sido realmente su Padre, le habrían amado y recibido a Él.
Aquí tenemos otra vez el pensamiento clave del Evangelio de Juan: la prueba de una persona es su reacción a Jesús. Encontrarse cara a cara con Jesús es enfrentarse a un juicio, porque Él es la prueba de Dios para saber cómo es cada cual.
La bien trabada acusación de Jesús prosigue. Él pregunta: “¿Por qué no entendéis lo que os estoy diciendo?”… Y la respuesta es terrible: no porque fueran intelectualmente torpes, sino porque eran espiritualmente ciegos. Se negaban a oír y se negaban a entender.
Entonces llega la acusación certera: el verdadero padre de los judíos es el diablo. Jesús escoge dos de sus características:
a) El diablo es típicamente un asesino. El diablo consiguió que entrara el pecado en el mundo, y con él la muerte (Romanos 5:13). Si no hubiera habido tentación, no habría habido pecado; y si no hubiera habido pecado, no habría habido muerte. Por tanto, en cierto sentido, el diablo es el asesino de toda la raza humana.
El hecho es que Cristo conduce a la vida, y el diablo a la muerte. El diablo asesina la bondad, la castidad, el honor, la honradez, la belleza y todo lo que hace maravillosa la vida; asesina la paz mental y la felicidad y hasta el amor. Le es propio al mal el destruir; y le es propio a Cristo el traer la vida, y vida en abundancia. En aquel preciso momento, los judíos estaban conspirando para matar a Jesús; estaban siguiendo el camino del diablo.
b) Al diablo le es propio el amar la falsedad. Todas las mentiras son inspiradas por el diablo y le hacen el juego al diablo. La falsedad odia siempre la verdad y trata de destruirla.
Cuando se encontraron Jesús y los judíos, lo falso se encontró con lo verdadero, y era inevitable que lo falso tratara de destruir lo verdadero.
Jesús acusó a los judíos de ser hijos del diablo porque sus pensamientos se proyectaban a la destrucción de lo bueno y al mantenimiento de lo falso. La persona que trata de destruir la verdad está haciendo la obra del diablo.




Lección nº 30:
LA VIDA Y LA GLORIA PREEXISTENTE
Juan 8: 46-59

Una acusación terrible y una respuesta llena de fe
Juan 8: 46-50
Jesús empieza con un gran desafío: “¿Hay alguien aquí – demanda - que puede apuntar con el dedo a algo malo que haya en Mi vida?” (v. 46) Pero por mucho, que indagaran, ninguno podía formular una acusación contra El. Después de darles tiempo, Jesús habló otra vez: “¿Admitís –les dijo- que no me podéis acusar de nada? Entonces, ¿por qué no aceptáis lo que os digo?”. Y de nuevo se produjo un silencio incómodo. Luego Jesús contesta a su propia pregunta: “No aceptáis Mis palabras -les dijo - porque no sois de Dios”.
Los judíos se creían un pueblo muy religioso; pero, como se habían aferrado a su propia idea de la religión en vez de a la de Dios, se habían descarriado hasta tal punto que habían perdido a Dios. Se encontraban en la terrible situación de pretender servir a un Dios al que no conocían.
El que se les dijera que eran unos extraños para Dios los hería en lo más vivo. Entonces lanzaron sus acusaciones contra Jesús y acusaron a Jesús de samaritano y de poseso. Al llamarle samaritano le acusaban de ser enemigo de Israel, porque había una enemistad a muerte entre los judíos y los samaritanos y, sobre todo, de ser un hereje, porque eso había llegado a significar para ellos la palabra samaritano.
La respuesta de Jesús fue que, lejos de ser un servidor del diablo, su único propósito era honrar a Dios, mientras que la conducta de los judíos era un constante deshonrar a Dios. Dice en efecto: “No soy Yo el que tiene un demonio, sino vosotros”.
Y entonces aparece el resplandor de la auténtica fe de Jesús.
Él dice: “Yo no estoy buscando los honores que me pueda dar este mundo… Pero hay Uno que pondrá en su día las cosas en su sitio y asignará a cada persona el honor que le corresponda…”
De una cosa estaba seguro Jesús: a fin de cuentas, es Dios el que protege el honor de los suyos. En el tiempo, Jesús no experimentó más que dolor y deshonor y rechazamiento; en la eternidad, recibió la gloria que recibirán en su día todos los que obedecen a Dios.
Jesús tenía el optimismo inconquistable que nace de la fe suprema, el optimismo que tiene sus raíces en la fidelidad y la justicia de Dios.

La Vida y la Gloria
Juan 8: 51-55
Jesús presenta aquí su concepto de que el que guarde su Palabra nunca conocerá la muerte. Esto escandaliza a los judíos…Abraham murió, y los profetas lo mismo; ¿y no habían guardado en su tiempo y generación la Palabra de Dios? ¿Quién es este Jesús para colocarse por encima de los grandes de la fe? Fue el literalismo de los judíos lo que les bloqueó el entendimiento. Jesús no estaba pensando en la vida y en la muerte físicas. Quería decir que, para la persona que le acepte plenamente, la muerte habrá perdido su finalidad; porque habrá entrado en una relación con Dios que ni el tiempo ni la eternidad podrán interrumpir; la muerte es sólo la entrada a una comunión más plena con Dios.
De ahí pasa Jesús a hacer una gran afirmación: Todo verdadero honor debe venir de Dios. No es difícil honrarse a uno mismo; tampoco es tan difícil recibir honores de los demás, porque el mundo honra a los que tienen alguna clase de éxito… Pero el verdadero honor es el que sólo la eternidad puede revelar, y los veredictos de la eternidad no son como los del tiempo.
A continuación, Jesús hace dos afirmaciones que son el mismo fundamento de su vida.
a) Se atribuye un conocimiento exclusivo de Dios. Afirma conocerle como nadie más le ha conocido ni le conocerá jamás… No decirlo porque el hacerlo sería faltar a la verdad. La única manera de llegar a un conocimiento pleno de la mente y el corazón de Dios es por medio de Jesucristo; sólo en Él se encuentra el todo completo de la verdad, porque sólo en Él vemos a Dios como es en realidad.
b) Se atribuye una obediencia única a Dios. Mirar a Jesús es poder decir: “Así es como Dios quiere que yo viva”. Contemplar su vida es decir: “Esto es servir a Dios”.
Sólo en Jesús vemos lo que Dios quiere que sepamos, y lo que Dios quiere que seamos.

La preexistencia divina de Jesús
Juan 8: 56-59
Este es un pasaje brillante… Cuando Jesús les dijo a los judíos que Abraham se había deleitado al ver su día, estaba hablando de una manera que ellos podían entender. Los judíos tenían muchas creencias acerca de Abraham: Abraham estaba viviendo en el Paraíso, y podía ver lo que estaba sucediendo en la Tierra. Jesús usó esta manera de hablar en la parábola del Rico y Lázaro (Lucas 16:22-31). Esta sería la manera más sencilla de interpretar este dicho.
Pero esa no es la interpretación correcta. Jesús dijo que “Abraham se deleitó al ver mi día”, en el pasado. Los judíos interpretaban muchos pasajes de la Escritura de una manera que explica esto. Tomaban la gran promesa que Dios le hizo a Abraham en Génesis 12:3, y decían que, cuando se le hizo aquella promesa, Abraham sabía que quería decir que el Mesías de Dios iba a venir de su descendencia, y se regocijó de la magnificencia de la promesa… Así podemos ver claramente que los judíos creían que Abraham había visto, de alguna manera y durante su vida, la historia de Israel y la venida del Mesías. Así que, cuando Jesús dijo que Abraham había visto su día, estaba presentándose claramente como el Mesías.
Los judíos, aunque debieran haber mantenido el debate a un nivel más alto, tomaron las palabras de Jesús literalmente. Ya hemos visto que esta es la manera en que Juan nos presenta las conversaciones de Jesús hasta llegar a la verdad final. “¿Cómo es que Tú - le preguntaron a Jesús - puedes haber visto a Abraham si no tienes ni cincuenta años?”… Esa era la edad a la que se retiraban los levitas de su servicio (Números 4:3). Se comprende que le estaban haciendo burla; porque habría sido igualmente absurdo el suponer que hubiera conocido a Abraham aunque hubiera tenido una edad mucho mayor…
Y fue entonces cuando Jesús hizo la afirmación más alucinante: “Yo soy de antes que Abraham”. Lo que Jesús quería decir es que Él es antes del tiempo.
Está claro que no era que Él, la persona humana de Jesús, había existido siempre. Sabemos que Jesús nació en Belén. Aquí se refiere a otra cosa… No hay más que Uno en todo el universo que sea eterno, y ese Uno es Dios. Lo que Jesús está diciendo aquí es nada menos que su vida es la vida de Dios…
En Jesús vemos, no simplemente a un hombre que nació, vivió y murió; vemos al eterno Dios, el Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, Que era ya antes que empezara el tiempo y que será cuando el tiempo ya no sea más: que siempre es.
En Jesucristo se ha presentado a la humanidad el Dios eterno.




Lección nº 31:
UN MILAGRO Y UN DESAFÍO (Primera Parte)
Juan 9: 1- 41

Jesús y un ciego de nacimiento
Juan 9: 1-5
Este es el único de los milagros que se nos narran en los evangelios en el que se dice que se trataba de una dolencia de nacimiento.
Cuando le vieron, aprovecharon la oportunidad para presentarle a Jesús un problema que los judíos llevaban mucho tiempo discutiendo, y que sigue siendo enigmático. Los judíos consideraban que el sufrimiento seguía al pecado como el efecto a la causa hasta tal punto que suponían que tenía que haber habido algún pecado donde había sufrimiento. Así es que Le dirigieron a Jesús la pregunta que consideraban clave: “Este hombre -Le dijeron- está ciego ¿Es su ceguera debida a su propio pecado, o al de sus padres?”
¿Cómo podría ser debida a su propio pecado, si era ciego de nacimiento? Los teólogos judíos proponían una de dos posibles respuestas a esa pregunta.
En tiempos de Jesús, los judíos creían en la preexistencia del alma. Realmente, esta idea la había tomado de los griegos; entre otros, de Platón. Creían que todas las almas existían antes de la creación de la raza humana en el huerto del Edén, o que estaban en el séptimo cielo o en una cierta cámara, esperando la oportunidad para entrar en un cuerpo. Los griegos habían creído que esas almas eran buenas, y que era la entrada en el cuerpo lo que las contaminaba; pero había algunos judíos que creían que las almas eran ya buenas o malas antes del nacimiento. Por eso algunos judíos creían que la aflicción de una persona, aunque fuera de nacimiento, podía venirle de un pecado que hubiera cometido antes de nacer.
La alternativa era que los males que se padecían desde el nacimiento los causaba el pecado de los padres. La idea de que los niños heredan las consecuencias del pecado de sus padres está entretejida en todo el Antiguo Testamento (Éxodo 20:5; 34:7; Números 14:18; Salmo 109:14; Isaías 65:6-7). Una de las ideas características del Antiguo Testamento es que Dios siempre castiga los pecados de los padres en los hijos. Cuando pecamos, ponemos en movimiento una cadena de consecuencias sin fin.
En este pasaje encontramos dos grandes principios eternos.
a) Jesús no contesta directamente a la pregunta, ni trata de desarrollar o explicar la relación que existe entre el pecado y el sufrimiento. Dice que la aflicción de aquel hombre le vino para que hubiera una oportunidad de demostrar lo que Dios puede hacer. Para Juan, los milagros son siempre una señal de la gloria y el poder de Dios. Los autores de los otros evangelios parece que tenían otro punto de vista, y los veían como una demostración de la misericordia de Jesús; pero no tenemos por qué verlo como una contradicción. En el fondo está la suprema verdad de que la gloria de Dios se muestra en su compasión, y que Él no revela nunca su gloria más plenamente que cuando revela su piedad.
Cualquier clase de sufrimiento es una oportunidad para que se muestre la gloria de Dios en nuestras vidas. Jesús pasa a decir que Él y sus seguidores deben hacer la obra de Dios mientras haya tiempo para hacerla. Dios ha dado a la humanidad el día para trabajar y la noche para descansar; cuando se acaba el día, también se acaba el tiempo de trabajar. Para Jesús era verdad que tenía que darse prisa con el trabajo que Dios le había confiado porque faltaba poco para la noche de la Cruz.
Jesús dijo: “Mientras esté en el mundo, Yo soy la luz del mundo”.
Cuando Jesús dijo eso no quería decir que el tiempo de su vida y obra eran limitados, sino que nuestra oportunidad de recibirle sí es limitada. Se refiere a aprovechar por sus contemporáneos su presencia entre ellos…
A toda persona le llega la oportunidad de aceptar a Cristo como su Salvador, su Maestro y su Señor; y, si no se aprovecha, puede que no vuelva a presentarse.

El método para un Milagro
Juan 9: 6-12
Este es uno de los dos milagros en los que se nos dice que Jesús usó su saliva para efectuar una cura. El otro es el del sordo y tartamudo (Marcos 7: 33). Esto nos parece extraño, desagradable y antihigiénico; pero en el mundo antiguo era muy corriente.
La saliva, especialmente la de alguna persona distinguida, se creía que tenía propiedades curativas. El uso de la saliva era muy corriente en el mundo antiguo. Hasta ahora, cuando nos quemamos un dedo, nos lo chupamos instintivamente…
El hecho es que Jesús usó los métodos y las costumbres de su tiempo. Era un médico inteligente que tenía que ganarse la confianza de sus pacientes. No es que Él creyera esas cosas, sino que despertaba la expectación haciendo lo que el paciente esperaría que hiciera un médico.
Después de untar los ojos del ciego con su saliva, Jesús le mandó a lavarse al estanque de Siloé. Era éste uno de los lugares más conocidos de Jerusalén, que data de cuando Ezequías se dio cuenta de que Senaquerib estaba a punto de invadir Palestina y decidió abrir un túnel o conducto en la roca sólida desde una fuente de agua en las afueras hasta la ciudad (2 Crónicas 32:2-8, 30; Isaías 22:9-11; 2 Reyes 20:20).
El estanque o piscina de Siloé era el lugar de la ciudad al que confluía el túnel que traía el agua desde esa fuente… Era un depósito de siete por diez metros. Así fue como obtuvo su nombre: lo llamaron Siloé (que, como se ha dicho, quería decir enviado) porque el agua se enviaba por aquel conducto a la ciudad. Jesús envió al hombre a lavarse en el estanque; y éste se lavó y recibió la vista.
Después de curarse tuvo algunas dificultades para convencer a la gente de la realidad de su curación; pero mantuvo con toda firmeza su testimonio de que Jesús había sido el que había realizado el milagro.
Jesús sigue haciendo cosas que les parecen a los incrédulos demasiado maravillosas para ser verdad.

Los prejuicios y la valentía del sanado
Juan 9: 13-16
Aquí surge el inevitable problema. Era un sábado el día en que Jesús hizo el barro y curó al ciego. No cabía duda de que Jesús había quebrantado la ley del sábado que los escribas tenían tan sistematizada, y de tres maneras diferentes.
Al hacer el barro había sido culpable de trabajar en sábado, porque la cosa más sencilla constituía un trabajo ese día… Uno no podía cortarse las uñas, ni el pelo de la cabeza o de la barba. Estaba claro que a los ojos de una ley así, hacer barro era quebrantar el sábado.
También estaba prohibido curar en sábado. Se podía prestar atención médica solamente si la vida estaba en peligro; pero, aun entonces, tenía que limitarse a mantener vivo al paciente o evitar que se empeorara, sin hacer nada para mejorarle.
Y estaba establecido específicamente: “En cuanto a la saliva de la mañana, no se permite ni ponerla en los párpados”…
Los fariseos eran el ejemplo típico de esas personas que, en cualquier generación, condenan a todos los que tienen una idea de la religión distinta de la suya. Pensaban que la suya era la única manera de servir a Dios. Pero había algunos entre ellos que pensaban de otro modo, y declaraban que nadie que hiciera las cosas que hacía Jesús podía ser un pecador.
Entonces llevaron al que había estado ciego toda la vida, y le interrogaron. Cuando le preguntaron qué opinión tenía de Jesús, contestó sin la menor vacilación: para él, Jesús era un profeta. En el Antiguo Testamento, a un profeta se le sometía a prueba exigiéndole que realizara algún milagro.
Entre otras cosas, este hombre era un valiente. Sabía muy bien lo que los fariseos pensaban de Jesús. Sabía muy bien que, si se ponía de su parte, le excomulgarían. Pero dio su testimonio y adoptó su postura.




Lección nº 32:
UN MILAGRO Y UN DESAFÍO (Segunda Parte)
Juan 9: 1-41

El desafío a los fariseos
Juan 9: 17-34
Con diestras y reveladoras pinceladas, Juan da vida ante nosotros a los distintos personajes.
a) Está el ciego mismo. Empezó molestándose por la insistencia de los fariseos y les dijo: “Yo sólo sé que ahora veo”… Es el sencillo hecho de la experiencia cristiana que muchos creyentes puede que no sepan expresar en lenguaje teológico correcto lo que creen de Jesús, pero pueden testificar de lo que Jesús ha hecho por sus almas.
b) Están los padres del ciego. Está claro que no querían colaborar, pero era porque tenían miedo. Las autoridades de la sinagoga disponían de un arma terrible, que era la excomunión, por la que se excluía de la sociedad del pueblo de Dios a una persona (Esdras 10:8).
Había dos clases de excomunión. Una era la proscripción, que suponía la expulsión de la sinagoga de por vida. Otra sentencia de excomunión era la que podía durar un mes u otro período establecido. Lo terrible de tal situación era que se apartaba a la persona, no sólo de la sinagoga, sino hasta de Dios. Por eso los padres de este hombre respondieron que su hijo ya era suficientemente mayor para dar testimonio ante la ley y cuenta de sí mismo.
c) Están los fariseos. En un principio no se habían creído que el hombre había estado ciego… De ahí pasaron a intimidar al hombre: “¡Da gloria a Dios! -le dijeron-. ¡Sabemos que ese Hombre es un pecador!
¡Da gloria a Dios!” era la frase que se usaba en los interrogatorios con el sentido de: “¡Di la verdad, en la presencia y en el nombre de Dios!”.
Se pusieron furiosos porque no podían oponer nada al razonamiento del hombre, que estaba de acuerdo con la Escritura: “Jesús ha hecho una obra maravillosa; esto demuestra que Dios le oye…” El hecho de que Dios no oye la oración de una mala persona es una de las ideas fundamentales del Antiguo Testamento (Job 27:9; Salmo 66:18; Isaías 1:15). Por el contrario, creían que Dios oye siempre la oración de los que son buenos (Salmo 34:15; Proverbios 15:29). El que había estado ciego hizo un razonamiento que los fariseos no podían contradecir.
Ante aquellas razones, primero, le lanzaron toda clase de improperios; luego pasaron a insultarle, acusándole de haber nacido en pecado, lo que equivalía a acusarle de pecado prenatal. Y en tercer lugar, recurrieron a las amenazas. le dieron orden de que se marchara de su presencia; es decir que, como no le podían rebatir, le echaron.

Jesús se revela y condena a los fariseos
Juan 9: 35-41
Esta sección empieza con dos grandes verdades espirituales: Jesús buscó al hombre. Como dijo Crisóstomo: “Los judíos le echaron del templo; pero, el Señor del Templo, le encontró”. Jesús es siempre leal con el que le es leal; y Jesús mismo le reveló a este hombre su verdadera identidad como Mesías. La lealtad nos conduce a la revelación; es a la persona que le es leal a la que Jesús se revela más plenamente.
Juan termina con dos de sus pensamientos característicos.
a) Jesús vino a este mundo para juicio. Siempre que una persona se encuentra cara a cara con Jesús, obtiene un veredicto sobre sí misma. Si no ve en Jesús nada que desear, nada que admirar, nada que amar, entonces se ha condenado a sí misma. Si ve en Jesús a Alguien admirable, Alguien a Quien responder, Alguien a Quien aspirar, entonces está en el camino hacia Dios.
La persona que es consciente de su propia ceguera, que anhela ver mejor y conocer mejor, es la que puede recibir la vista y penetrar en mayores profundidades de la verdad. El que piensa que ya lo sabe todo, que no se da cuenta de que no puede ver, es el que es ciego de verdad, sin esperanza y sin posibilidad de ayuda. Sólo el que se da cuenta de su propia ceguera puede aprender a ver. Sólo el que se da cuenta de su propio pecado puede recibir el perdón.
b) Cuanto más conocimiento tenga una persona, más digna de condenación es cuando ve la bondad y no la reconoce. Si los fariseos se hubieran criado en la ignorancia, no se los habría podido condenar. Su condenación fue la consecuencia del hecho de que sabían tanto y presumían de ver tan bien, y sin embargo dejaron de reconocer al Hijo de Dios cuando vino a este mundo. La ley de que la responsabilidad es la otra cara del privilegio está escrita en la vida.

Una lección que aprender
Juan 9: 1-41 (repaso)
Antes de dar por terminado nuestro estudio de este capítulo maravilloso, veremos el más precioso progreso en el conocimiento de aquel hombre que había estado ciego hasta que se encontró con Jesús. Pasó por tres etapas, cada una más elevada que la anterior.
a) Empezó llamando a Jesús un hombre (versículo 11). Empezó por creer que Jesús era un hombre maravilloso. Jamás había conocido a nadie que pudiera hacer la clase de cosas que Jesús hacía e hizo con él; empezó por creer en Jesús como el más grande de los hombres.
b) De ahí pasó a llamar a Jesús profeta (versículo 17). Un profeta es alguien que trae a las gentes el mensaje de Dios. Profeta es la persona que vive en comunión con Dios y ha penetrado en sus consejos. Cuando leemos la sabiduría que hay en las palabras de Jesús, no podemos por menos de decir: “¡Este es un Profeta!”… Si ha habido alguna vez un hombre que merezca ser llamado profeta, ese Hombre es Jesús.
c) Por último, el que había estado ciego llegó a confesar que Jesús era el Hijo del Hombre, es decir, el Mesías esperado.
Llegó a la convicción de que las categorías humanas no eran suficientes para identificar a Jesús, y por eso le rindió honores divinos.
Una de las cosas maravillosas que pasan con Jesús es que, a medida que le vamos conociendo más, nos parece más grande. El problema con muchas relaciones humanas es que a menudo, cuanto más conocemos a una persona, más fallos y debilidades le descubrimos. Pero con Jesús nos ocurre exactamente lo contrario: cuanto más le conocemos, más maravilloso nos parece; y eso será cierto, no sólo en el tiempo, sino en la eternidad.




Lección nº 33:
EL BUEN PASTOR
Juan 10: 1-15

El Pastor y sus ovejas
Juan 10: 1-6
No cabe duda de que la descripción de Jesús como el Buen Pastor es la más apreciada y conmovedora de la piedad cristiana… Judea era un país mucho más pastoril que agricultor; y era inevitable, por tanto, que la figura más frecuente y representativa de las tierras altas de Judea fuera la del pastor. Su vida era muy dura. Nunca se vería un rebaño pastando sin pastor, y este no se podía distraer ni un momento. Como había poca hierba, las ovejas siempre iban deambulando; y, como no había vallas de protección, había que estar vigilando constantemente las ovejas. La misión del pastor era, no sólo constante, sino peligrosa; porque, además, tenía que proteger el rebaño de los ataques de las fieras, especialmente los lobos, y de las incursiones de ladrones y bandidos.
En el Antiguo Testamento, Dios se representa a menudo como pastor, y el pueblo como su rebaño (Salmo 23:1; 77:20; 79:13; 80:1; Isaías 40:11)… Esta representación pasa al Nuevo Testamento. Jesús es el Buen Pastor (Mateo 18:12; Lucas 15:4; Mateo 9:36; Marcos 6:34; Lucas 12:32; 1 Pedro 2:25; Hebreos 13:20).
Lo mismo que en el Antiguo Testamento, los líderes de la Iglesia son los pastores, y los creyentes son el rebaño. El deber del líder es alimentar al rebaño del Señor… Pablo exhorta a los ancianos de Éfeso a que se cuiden de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo los ha puesto de supervisores (Hechos 20:28). La última orden de Jesús a Pedro fue que alimentara a sus ovejas y corderos (Juan 21:15-19).
La palabra pastor debe traernos a la mente la imagen de la vigilancia, paciencia y amor de Dios; y debe recordarnos nuestro deber para con nuestros semejantes, especialmente si tenemos alguna responsabilidad en la Iglesia de Cristo.
En otros países, las ovejas se crían para carne; pero en Palestina era sobre todo para lana, lo que hacía que las mismas ovejas pasaran años con el mismo pastor, que las conocía a todas por sus nombres. A menudo los nombres eran descriptivos… El pastor iba delante, y las ovejas le seguían. El pastor tenía que pasar el primero para comprobar que el camino era seguro; y, a veces, había que animar a las ovejas para que le siguieran. Es totalmente cierto que las ovejas conocen y entienden la voz de un pastor oriental, y que no obedecen la voz de un extraño.
H. V. Morton, un viajero incansable, cuenta una escena que presenció en una cueva cerca de Belén. Dos pastores habían refugiado sus rebaños allí durante la noche. ¿Cómo iban a separar ahora los rebaños?
Uno de los pastores se puso a cierta distancia, e hizo su llamada peculiar, que sólo sus ovejas conocían, y al poco tiempo tenía todo su rebaño reunido alrededor de sí, porque conocían su voz.

La Puerta de las ovejas
Juan 10: 7-10
Los judíos no comprendieron el sentido de la historia del Buen Pastor, así es que Jesús, sencilla y claramente, se la aplicó a sí mismo… Empezó diciendo: “Yo soy la puerta”. En esta alegoría, Jesús habla de dos clases de refugios de ovejas. En los pueblos había corrales comunales donde se metían todos los rebaños de los vecinos cuando volvían a casa por la noche. Estaban protegidos por una puerta recia de la que solamente el portero tenía la llave. Era a esa clase de refugio a la que se refería Jesús en los versículos 2 y 3. Pero, cuando el tiempo lo permitía y las ovejas no volvían por la noche al pueblo, se recogían en rediles al aire libre, que eran y son refugios cercados con un vallado de estacas y redes, con una abertura por la que entran y salen las ovejas; es decir, sin puerta propiamente dicha. Lo que sucedía era que, por la noche, el mismo pastor se tumbaba o acurrucaba en la abertura de forma que ninguna oveja podía salir sin pasar por encima de su cuerpo. Literalmente: el pastor era la puerta. Eso era lo que Jesús tenía en mente… A través de Él, y sólo a través de Él, podemos tener acceso a la presencia de Dios (Efesios 2:18).
Jesús abre el camino hacia Dios. Hasta que vino Jesús, se podía pensar en Dios sólo -en el mejor de los casos- como un extraño, o -en el peor de los casos- como un enemigo. Pero Jesús vino para enseñarnos cómo es Dios, y para abrirnos el camino hacia El. No hay otra puerta por la que podamos tener entrada a la presencia de Dios.
Para describir algo de lo que quiere decir esa entrada a Dios, Jesús usa una frase hebrea bien conocida. Dice que, por Él, podemos entrar y salir. El poder ir y venir sin impedimento era la manera judía de describir una vida totalmente segura y a salvo. Cuando uno puede entrar y salir sin miedo en su casa o en su país, eso quiere decir que hay paz, que las fuerzas de la ley y del orden funcionan y que se goza de completa seguridad (Deuteronomio 28:6; Salmo 121:8).
Una vez que descubrimos, por medio de Jesucristo, cómo es Dios, adquirimos un nuevo sentido de libertad y de seguridad. Si sabemos que nuestra vida está en las manos de un Dios así, las preocupaciones y los temores desaparecen.
Jesús dijo que los que habían venido antes eran ladrones y bandidos. Por supuesto que no se estaba refiriendo a la gran sucesión de los profetas y héroes, sino a los aventureros que surgían cada dos por tres en Palestina prometiéndoles a los que los siguieran una edad de oro.
Jesús se presenta como el que ha venido para que tengamos vida, y para que la tengamos en más abundancia. La frase griega quiere decir una superabundancia de algo. Ser seguidor de Jesús, saber quién es y lo que representa, es tener superabundancia de vida.

El Buen Pastor y el asalariado
Juan 10: 11-15
Este pasaje traza el contraste entre un buen pastor y un mal pastor, entre un pastor fiel y uno infiel. El pastor era en Palestina totalmente responsable de las ovejas. Si algo le sucedía a una, él tenía que demostrar que no había sido por su culpa. David le dijo a Saúl que, cuando estaba cuidando de las ovejas de su padre, tenía que pelear con leones y con osos (1 Samuel 17:34-36)… Para el pastor era la cosa más natural del mundo el tener que exponer su vida para defender su rebaño. El pastor auténtico no vacilaba nunca en arriesgar y aun dar su vida para salvar a sus ovejas de cualquier peligro que las amenazara.
Pero, por otra parte, había pastores no fiables. La diferencia era esta: el que era pastor de veras lo era de nacimiento. Salía con el rebaño tan pronto como podía cumplir con su deber. Las ovejas eran sus compañeras y amigas, y era para él era natural el pensar en ellas antes que en sí mismo. Pero el pastor improvisado hacía el trabajo, no por vocación, sino como una manera de ganar dinero, y para sacar lo más posible. Puede que se echara al campo porque en el pueblo no tenía otro trabajo. No sentía ningún aprecio por la responsabilidad de su tarea. No era más que un asalariado… Zacarías señala como característica del falso pastor que no intenta reunir las ovejas dispersas (Zacarías 11:16).
Lo que Jesús quería decir era que el que trabaja sólo por lo que pueda sacar, no piensa más que en el dinero; pero el que trabaja por amor, piensa en aquellos a los que está tratando de servir. Jesús, el Buen Pastor que amaba tanto a sus ovejas, daría un día su vida para salvarlas.
Fijémonos en un par de puntos antes de dar por concluido el estudio de este pasaje. Jesús se describe a sí mismo como el Buen Pastor. Ahora bien: en griego hay dos palabras que se traducen por bueno. Está la palabra agathós, que simplemente describe la cualidad moral de una persona o cosa que es buena; y está la palabra kalós, que añade a la bondad una cualidad encantadora que hace a la persona que la posee atractiva y simpática. En este pasaje, cuando Jesús se describe como el Buen Pastor, la palabra que usa es kalós. En Él hay más que eficacia y fiabilidad: hay un encanto que cautiva el alma. En la figura de Jesús como el Buen Pastor se reflejan su gracia y simpatía al mismo tiempo que su fuerza y eficacia.
El segundo punto es el siguiente. En la parábola, el rebaño es la Iglesia de Cristo; y la amenaza un doble peligro. Siempre es probable que el enemigo aceche desde fuera: los lobos, los ladrones y los merodeadores; pero es igualmente probable que los problemas se produzcan en el interior, por los falsos pastores. La Iglesia corre un doble peligro. Siempre está bajo fuego enemigo desde fuera; pero a menudo sufre la tragedia de una mala dirección, del desastre de pastores que ven su vocación como una carrera y no como un camino de servicio. El segundo peligro es, con mucho, el peor de los dos; porque, si el pastor es fiel y bueno, se tiene una defensa fuerte frente a los ataques del exterior; pero, si el pastor es infiel y un asalariado, los enemigos del exterior se pueden introducir y hacerle mucho daño al rebaño.
La primera necesidad esencial que tiene la Iglesia en todos los tiempos es una dirección pastoral que siga el ejemplo de Jesucristo.


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